El fuego arrasó con su producción, pero una idea a tiempo salvó el negocio: la transformación de una histórica chacra de la Patagonia
En 1992, un incendio destruyó por completo el galpón y la producción de la familia Scuadroni. Lejos de abandonar, la histórica chacra de Río Negro se reinventó a través de la tecnología de conservación, la energía solar y el recambio generacional, administrando hoy más de 22 cámaras frigoríficas y 90 hectáreas de chacras.
Cuando Luis Scuadroni habla de la chacra, habla de toda una vida. De la suya, de la de su padre y también de la de sus hijos, que hoy continúan una historia familiar atravesada por el trabajo y el sueño de reinventarse en la Patagonia.
Todo empezó con Victorino Scuadroni, padre de Luis e hijo de inmigrantes italianos y españoles que llegaron a la Argentina escapando de la guerra. Victorino arribó a Regina cuando tenía apenas cinco años en 1930 y creció viendo cómo su familia intentaba abrirse camino en una tierra completamente distinta a la que habían dejado en Europa.
La primera imagen que conserva Luis sobre aquellos años es la del esfuerzo. “Compraron un pedazo de tierra y la emparejaron”, recordó sobre los inicios familiares en diálogo con Río Negro Rural. Eran tiempos en los que todo era manual y su padre trabajaba “con dos caballos y el rastrón a mano”.

La familia comenzó plantando tomate. Después llegaron las primeras hectáreas de manzana y pera, mientras la fruta viajaba en tren hacia Buenos Aires. “Plantó tomate cinco o seis años y después se dedicó a los frutales”, contó Luis sobre el camino que terminó consolidando a la chacra dentro de la producción regional.
Con el tiempo, Victorino levantó un galpón de empaque donde empezó a trabajar toda la familia junto a unas 20 personas más de la zona. Pero el rumbo cambió abruptamente en 1985. Victorino murió y Luis quedó al frente de todo con apenas 25 años. “Me quedé con mi mamá trabajando”, dijo el fruticultor al recordar aquellos años en los que tuvo que hacerse cargo de la producción y sostener la chacra familiar.
El incendio que cambió la vida de una familia fruticultora de la Patagonia
A comienzos de los 90 llegó uno de los golpes más duros para la familia. Una noche, mientras todos dormían, el galpón donde conservaban su producción se incendió por completo. “No alcanzamos a salvar nada”, recordó Luis. El fuego destruyó máquinas, bins y buena parte de la estructura de trabajo que habían construido durante décadas.
Sin embargo, poco antes del incendio Luis ya había empezado a desarrollar otra idea. En 1989 el fruticultor incursionó en la conservación por frío y se compró dos pequeñas cámaras frigoríficas para guardar fruta propia y mejorar la conservación de la producción.
Aquella apuesta terminó convirtiéndose en el nuevo eje de la empresa familiar. Después del incendio, Luis decidió avanzar definitivamente con el frío. “Empecé a hacer más cámaras y me dediqué al servicio”, explicó. Los vecinos comenzaron a llevarle fruta para conservación y el emprendimiento fue creciendo cámara tras cámara.
Hoy, la empresa familiar Eco del Valle SRL es llevada adelante por Luis, su esposa Adriana Vecchi y sus hijos. Cuentan con 22 cámaras frigoríficas y capacidad para conservar cerca de 9 millones de kilos de fruta. Pero detrás de esa estructura hay un trabajo permanente que muchas veces no se ve.
Cámaras frigoríficas
- 1000
- es el total de bins de fruta aproximado que cada cámara frigorífica puede almacenar. Cada bin carga alrededor de 400 kilos de peras o manzanas destinadas a conservación y comercialización.
“Uno piensa que el frío es guardar fruta y listo”, explicó Rodrigo Scuadroni, hijo de Luis y parte de la tercera generación familiar. “Pero tenés que controlar temperatura, humedad, oxígeno, es estar constantemente vigilando. Antes de ingresar a las cámaras frigoríficas, la fruta atraviesa distintos controles y tratamientos para garantizar su conservación durante meses. Se mide la presión, se mide el azúcar que tiene. Después se realizan tratamientos para evitar hongos, pudrición o cambios de color durante el almacenamiento”, detalló.
Actualmente la empresa trabaja unas 90 hectáreas y proyecta volver a poner en funcionamiento el galpón de empaque, pero con un enfoque más moderno, equipado con maquinaria automatizada para clasificar fruta y comercializar producción propia.
La reinvención de una chacra histórica de la Patagonia norte: cámaras de frío y energía solar
Rodrigo tiene 31 años y, aunque intentó estudiar lejos de la chacra, terminó regresando. Pasó por Neuquén, probó otra rutina, pero nunca logró despegarse del campo familiar. “Me atraía más estar acá que encerrado”, contó sobre la decisión de volver definitivamente a la producción frutícola.
La vuelta de la nueva generación también trajo otra mirada sobre el negocio. Luis había vendido parte de las hectáreas cuando sus hijos se fueron a estudiar porque pensó que la historia familiar podía terminar ahí. Pero ocurrió lo contrario: los hijos regresaron porque querían seguir vinculados a la chacra, a las peras, las manzanas y al trabajo que vieron toda la vida dentro de la familia.
Con esa nueva etapa empezaron a aparecer proyectos que hace algunos años parecían lejanos para muchos productores del Alto Valle. Hace cuatro años instalaron más de 100 paneles solares para reducir el enorme costo eléctrico que demanda el frigorífico, una estructura que funciona prácticamente todo el año conservando fruta.
“Nos estamos ahorrando aproximadamente un 8% del consumo de electricidad”, explicó Rodrigo, uno de los impulsores del sistema energético. El proyecto no terminó ahí: ahora buscan avanzar con un sistema bidireccional que les permita inyectar energía sobrante a la red durante los meses en los que el frigorífico trabaja menos.
La inversión no es menor. Luis contó que el frigorífico llegó a pagar millones de pesos mensuales de electricidad en temporada alta. Por eso, además de la producción de fruta, la familia empezó a pensar en eficiencia energética, automatización y nuevas tecnologías para sostener una actividad que exige cada vez más eficiencia y menos exposición al riesgo climático.
También avanzan con nuevas variedades de manzanas, renovación de cultivos y colocación de malla antigranizo. Muchas de las chacras viejas fueron arrancadas para plantar fruta con mejor color y mayor valor comercial. “La gente ya no mira tanto el gusto, mira el color y la presentación”, explicó Luis sobre la transformación que atraviesa la fruticultura.
La decisión de colocar malla llegó después de uno de los temporales de este año. El granizo arrasó buena parte de la producción familiar y dejó pérdidas millonarias. “En diez minutos perdimos todo el esfuerzo de un año”, lamentó Rodrigo.
Los Scuadroni no se rindieron y apostaron por tecnología, energías renovables, nuevas variedades y una futura línea de empaque automatizada para comercializar directamente su producción. Para Rodrigo, la única manera de resistir en la actividad es adaptarse constantemente. “Hay que seguir innovando, seguir progresando y buscar soluciones”, sostuvo.
Luis acompaña esa transición desde la experiencia acumulada durante décadas. Dice que sus hijos tienen más estudio, pero enseguida agrega algo que resume la lógica de toda una vida de trabajo en la chacra: “Uno tiene práctica, uno mira las plantas y sabe cómo tratarlas».
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