Salvador Dalí: La imaginación al poder

Un genio torturado, un excéntrico memorable, un alma sensible. Conviven en Salvador Dalí mil personajes, mil caras de un mismo ser, rebelde entre los rebeldes que hizo del arte y de su vida un emblema de la imaginación al poder. Controvertido y polifacético, será amado y odiado con igual intensidad, pero jamás ignorado.

Transgresor constante, sería injusto recordar sólo por su extravagancia a este creador inagotable que hizo un culto de la creatividad y lo onírico.

La locura será para el surrealista «un derecho legítimo del hombre» y así quedará plasmado a lo largo de su pintura.

«El desarrollo de su método paranoico crítico, que lo llevará a explotar los más diversos campos de su vida psíquica, fue una contribución verdaderamente revolucionaria al surrealismo, así como la piedra angular de su obra y el factor que dominaría su evolución artística», se encargarán de destacar quienes conocen su obra.

La metafísica, la religión, el psicoanálisis, el deseo y el tiempo constituyen algunas de las muchas obsesiones de un Dalí torturado por sus propios pensamientos que será tildado de loco por los sectores más conservadores.

Iconoclasta incansable, no dudará en desafiar a quienes lo acusan de de vehemente.

«El payaso no soy yo sino esta sociedad monstruosamente cínica y tan puerilmente inconsciente, que juega al juego de la seriedad para disimular su locura. No lo repetiré bastante: yo no estoy loco. Mi lucidez ha alcanzado un nivel de calidad y concentración que no existe en este siglo ninguna otra personalidad más heroica y más prodigiosa, excluyendo a Nietzche, no se encuentra un equivalente en los otros. Mi pintura es testimonio de ello», diría en mayo de 1978 cuando fue aceptado en la Academia de Bellas Artes de París.

Junto con su afán de exhibicionismo convive cierto grado de compromiso político en este catalán que se encargará de inmortalizar en sus telas la catástrofe de la guerra. En 1937 los alemanes bombardean Almería. Dalí publicará «La metamorphose de Narcisse» y un poema paranoico que ilustra su cuadro a doble imagen del mismo título.

Aunque no sólo la crueldad de la guerra será testigo de su genialidad. La infancia del pintor quedará para siempre impregnada en sus cuadros. Cuentan sus biógrafos que Dalí fue enviado al Colegio Hispano-Francés de la inmaculada Concepción en 1910. Allí los compañeros lo hicieron eje de sus burlas arrojándole insectos, especialmente saltamontes, que luego se convertirían en su símbolo de horror que plasmaría en su época surrealista.

Tan intenso como su arte, el amor llegará en 1929, cuando Dalí viaja a París para encontrarse con el pintor Joan Miró y el grupo surrealista. Allí conocería a la rusa Helena Demitrievna Diakonova Daulina, más conocida como Gala. El flechazo entre Gala y Dalí será instantáneo. Ella es once años mayor que Dalí, lo que no les impedirá contraer matrimonio en 1934. Gala se convertirá en una de sus principales musas inspiradoras y compañera inseparable de un Dalí que sublimará su amor en incontables retratos.

Es ingenuo creer que existe un solo Dalí. Para rechazo de muchos, también aparecen en el surrealista el devoto admirador de Hitler y las tendencias monárquicas, el perverso polimorfo, el del desenfreno sin límite.

Tal vez el más amado será el de la mirada desafiante, el de un cinismo perverso y un rechazo antisocial hacia todo lo establecido: un símbolo de la revolución al servicio de la creatividad. Una exaltación de los sentidos. Un elogio de la locura imaginativa o la fantasía al poder.

Milena Delgado


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