Sociedad democrática, sociedad decente

“La memoria y lo judío están invariablemente entrelazados. La literatura judía destaca que, cuando en términos teológicos se dice ‘yo creo’, en realidad se está diciendo ‘yo recuerdo’. Toda memoria se construye desde un presente hacia el futuro. Y la memoria es un deber militante que nos intima y reclama. La memoria inquiere, demanda, surge de una necesidad que debe incomodarnos. La memoria nos conduce a la pregunta: ¿qué hago ahora con mi vida y con qué valores me comprometo; qué es lo que me resulta trascendente, qué es lo importante y qué debo dejar de lado? La memoria frena la muerte y afirma la vid, y me liga a la humanidad. La memoria detiene cualquier abuso de poder, otorga espíritu de resistencia y dignifica. Y lo más importante, nos rescata de la humillación.

“Cuando una sociedad deja de ver a cualquiera de sus integrantes como un ser humano poseedor de una memoria, se transforma en una sociedad que humilla. Una sociedad que humilla es una sociedad que ha perdido decencia. Así lo afirma el filósofo Avisha Margalit, cuando sostiene la existencia de una categoría superadora de la sociedad democrática: la sociedad decente. Sociedades democráticas son aquellas en que la gente puede llegar a tratarse entre sí con dignidad. Sociedades decentes, aquellas en las que no solamente los individuos se tratan con dignidad, sino que también se comportan así las instituciones y los poderes, entre ellos la Justicia. La memoria colectiva que desemboca en justicia consolida las sociedades decentes. Una sociedad que no logre este objetivo está desconociendo la dignidad de las personas, porque simple y esencialmente las humilla por obra de la amnesia social.

“Parapetarse en la barricada del recuerdo que demanda es colocarse en la trinchera del vigor y la energía que nos invita a salir al encuentro, que también es acción y debate. Estar en esa trinchera es transformar la memoria en denuncia y la denuncia en discurso político, ya que es absolutamente indigno sostener que el reclamo de justicia pueda ser un gesto neutro, edulcorado, disecado. La experiencia histórica nos enseña que los actos neutros representan una condición antiintelectual, en el sentido más profundo del término, ya que terminan abonando el terreno para actos funcionales al oscurantismo reaccionario, que beneficia a los victimarios y a sus cómplices. Por eso, vaciar de política la memoria es también una postura política, que pone en práctica sofismas de ciudadanía barata que ni siquiera se aproximan a la nostalgia, mero mecanismo melancólico para que todo siga igual. Este libro pretende colocar un ladrillo en los cimientos de la memoria”.

(Reflexión de Daniel Goldman en el prólogo del libro “Ser judío en los años setenta”, trabajo recientemente editado por Siglo XXI del que Goldman es coautor junto con Hernán Dobry).


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