De un estudio contable exitoso en Buenos Aires al reencuentro con pinceles en San Martín de los Andes
Darío Mastrosimone es un pintor impresionista porteño que se reencontró con su vocación artística a los 35 años.
Cada mañana, cuando Darío se encierra en su atelier, deja que el jazz o el rock sinfónico invada el ambiente y simplemente se dispone a pintar. A veces, se basa en las fotografías que almacena en su computadora de jineateadas, arreos o alguna montaña; otras simplemente se deja llevar por los apuntes que tomó. Este hombre de 61 años se abstrae por completo en lo que reconoce es «su mundo paralelo» en San Martín de los Andes.
Darío Mastrosimone nació en Buenos Aires en 1964 y desde muy pequeño le gustó pintar. «Siempre fui el típico gordito, retraido y tímido. Cuando terminé el secundario, les confesé a mis padres que me tentaban las Bellas Artes y con todo el cariño del mundo, me sugirieron ‘una carrera decente’. De hecho, me advirtieron: ‘Te vas a morir de hambre’«, recuerda risueño Darío. Corría el año 1981, época de dictadura y se asomaba el conflicto en Islas Malvinas.
Optó por estudiar Ciencias Económicas en la Universidad de Buenos Aires aunque no abandonó por completo los talleres de pintura. Por eso, más de una vez cayó en la facultad cargando óleos y dibujos.
Darío se casó, tuvo tres hijos, se recibió y encaró una carrera exitosa como contador primero realizando auditorías para un estudio contable y luego, con un socio. «Llegué a tener el estandard que todos buscan. Era un tipo exitoso, pero por dentro, sentía una angustia enorme por hacer lo que no me gustaba», cuenta y agrega: «Estrés, corridas, declaraciones juradas y Afip. Eso era mi vida«.
Pero los 35 años lo marcaron con la muerte de su padre, su suegro y una perra que lo había acompañado los últimos años. Admite que, en ese momento, tomó «conciencia de la finitud». «Entendí que estaba viviendo mal, no me gustaba lo que hacía, no le dedicaba tiempo a mis hijos y entré en crisis. Cuando empecé terapia, el psiquiatra me advirtió que era una bomba a punto de explotar y que necesitaba un cable a tierra», recuerda. Le recomendó volver a pintar y así, retomó los talleres, la participación en concursos y las visitas a museos.
Y de repente, otro quiebre. Fue cuando vio el cuadro de un pintor que no conocía y se fascinó por la paleta que usaba, su forma de expresarse y el hecho de pintar con espátula. Se propuso conocer a Georg Miciu, un rumano que vivía en San Martín de los Andes.

«Nos hicimos amigos, íbamos a pintar juntos al bosque y el resto del año nos compartíamos lo que pintábamos. En una ocasión, me lleva a su atelier. Tenía 9 hijos: uno de ellos también era pintor, una hija tocaba el piano, otra bordaba y otra amasaba pan. Era un clima idílico y descubrí que se podía vivir de otra manera. En dos días debía volver a Buenos Aires a hacer declaraciones juradas«, cuenta.
Miciu le sugirió «quemar las naves» en Buenos Aires y vivir de la pintura. Así empezó a planear el traslado a San Martín de los Andes, junto a Paula, su esposa. El plan era concretarlo en dos o tres años. Pero en una semana lograron encontrar un comprador para su casa y consiguieron rápidamente otra en la localidad neuquina. Por otro lado, los niños ya estaban por terminar el año lectivo. «Se alinearon los planetas y empezamos otra vida«, reconoce y acota: «Fue difícil al principio porque uno está acostumbrado a la seguridad económica. Pero todo se empezó a acomodar y logré vivir del arte pintando lo que me gusta».

En su primer asado, menciona, quemó todas sus tarjetas de contador. De ahí en adelante, «todo fluyó»: salvó su matrimonio, sus hijos crecieron con otro ritmo de vida más saludable y de hecho, en esa localidad cordillerana, nació su cuarto hijo.

Darío se abocó a la pintura impresionista: pinta al aire libre y representa la Patagonia. Dibuja caballos, montañas, a sus hijos, el entorno donde vive y reconoció, es liberador. «Trabajo con espátulas sobre óleos. Me enfoco en el manejo de la luz. Busco una visión más poética», sintetiza. Recuerda que cuando en Buenos Aires, dibujaba un árbol, por ejemplo, pintaba sus raíces enroscadas, oscuras. «Era una pintura tétrica porque uno pinta lo que vive. Eso psicológicamente se nota. En San Martín todo era más etéreo, con otros colores. Tu estado de ánimo se refleja en la tela«.

Darío admite que Miciu -que hoy, está retirado y vive en un campo en Catamarca- fue su inspirador y de él logró captar no solo la técnica, el manejo de la espátula y la teoría del color sino la esencia espiritual, la paz y la belleza de los paisajes.
«Fue él quien me convenció de este cambio de vida, de dejar Buenos Aires y me dio un respaldo. Él me dio a conocer como su discípulo y de alguna manera, me abrió las puertas del mercado comercial«, indica.
Su incursión en el mundo del arte fue en las muestras de la Sociedad Rural de Neuquén y luego en Buenos Aires. «Terminé conociendo gente amante del arte, que coincide en temas rurales, de hacienda», detalla. Se define como «sistemático» ya que se levanta temprano y pinta en base a alguna muestra cercana ya que participar, implica entre 20 y 25 cuadros y se debe preveer con varios meses de anticipación. Por lo general, busca temas rurales, pero también pinta a sus hijos o los coches.
«Doy gracias a Dios que me dio la posibilidad de cambiar de vida. De vez en cuando, tengo pesadillas vinculadas al estudio contable. Cuando me despierto y recuerdo que tengo un atelier, pienso en lo afortunado que soy. Desde 2008 vivo de vacaciones«, concluye.

Las obras de Darío se pueden ver en su atelier de Callejón de Gingins y Torres y, en la Galería Rubí, en San Martín de los Andes. También en las galerías Marier y Los Coleccionistas, en Buenos Aires. O a través de la página web www.dariomastrosimone.com o en las redes sociales.

Cada mañana, cuando Darío se encierra en su atelier, deja que el jazz o el rock sinfónico invada el ambiente y simplemente se dispone a pintar. A veces, se basa en las fotografías que almacena en su computadora de jineateadas, arreos o alguna montaña; otras simplemente se deja llevar por los apuntes que tomó. Este hombre de 61 años se abstrae por completo en lo que reconoce es "su mundo paralelo" en San Martín de los Andes.
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