El argentino detrás de la casita de Bad Bunny y un homenaje a las abuelas latinas: «Ella fue todo en mi vida»

Federico Laboureau es el director creativo y production designer que transformó sus recuerdos en la escenografía más comentada del show del cantante en el Super Bowl y dialogó en exclusiva con este medio.

Por Martina Sehmsdorf

Cuando a Federico Laboureau le llegó la propuesta, pensó en su abuela. En ella y en todas las abuelas. En esas casas donde los platos decorativos cuelgan de las paredes, las muñequitas de porcelana ocupan los estantes y los libros se apilan en bibliotecas que parecen no tener fin. Mujeres a las que les cuesta desprenderse de las cosas, no por simple apego, sino porque entienden su hogar como un tesoro: un espacio donde cada objeto guarda una historia y, sin proponérselo, construye un reflejo íntimo y profundo de la identidad latina.

Con esos recuerdos en su cabeza, el director creativo y production designer nacido en Buenos Aires empezó a trabajar en lo que meses después se transformaría en una de las escenografías más comentadas del show de Bad Bunny en el Super Bowl. Una “casita” que no solo funcionó como set, sino como declaración cultural.

Archivo.

A principios de diciembre lo convocaron. Firmó numerosos acuerdos de confidencialidad. Presentía que era algo grande, pero no sabía exactamente de qué se trataba. “Entendía que era un proyecto importante porque me hicieron firmar un montón de papeles, pero no sabía que iba a ser esto”, cuenta el director de arte.

La indicación inicial fue concreta: debía ser la casa de una abuela puertorriqueña. Pero Laboureau decidió no quedarse en una representación literal ni estereotipada y recurrió a sus propios recuerdos. «Empecé a buscar referencias de cuando vivía con mi abuela, ella me crió«, relata. Se llamaba Beba y en esa casa pasó gran parte de su infancia.

La experiencia migrante también fue parte. Pensó en cómo, cuando uno vive fuera de su país, la familia se transforma en una red ampliada de amigos de distintos lugares. “Hay muchas similitudes en ese amor de abuela y en esa decoración”, sostiene. Venezuela, Colombia, Costa Rica, Argentina, Puerto Rico: en todas esas casas aparecen estampitas, flores artificiales, figuritas de porcelana, manteles tejidos, bibliotecas repletas y televisores antiguos. Esa estética compartida fue el verdadero punto de partida.

La casita de Bad Bunny se conoció por primera vez en el video de su canción Debí Tirar Más Fotos. Laboureau pensó que ese universo podía servirle de inspiración, pero finalmente decidió hacer una reinterpretación propia de la casa de una abuela puertorriqueña, atravesada por su estilo personal.

Federico junto a su abuela Beba, su inspiración. Foto: Gentileza.

Había un factor clave: la acumulación. «Cuanto más viejo te ponés, más acumulador sos”, dice entre risas. Pero no habla de desorden. En estas casas, la acumulación funciona como un archivo emocional. Por eso prefiere llamarlo “caos visual organizado». «Es caótico, pero armónico», describe. Le interesa la abundancia, la superposición de capas, las texturas y los objetos que construyen identidad.

No tomó elementos directos de otras representaciones del artista. “Mi impronta personal es ser colorido, ser un unicornio, meter color, textura y tirarle todo”, afirma. Envió el boceto con sus referencias desde el primer momento y defendió esa visión frente a un equipo enorme, con múltiples miradas y opiniones. «No puedo creerlo, es la réplica de la casa de mi abuela«, le dijeron.

El proceso no terminó en esa primera idea. “Los renders representan la estructura, pero no el 100% de lo que fue”, aclara. «Muchos elementos se sumaron después, durante la construcción real: piezas encontradas, muebles intervenidos, detalles que no estaban en el plano inicial pero que aportaron autenticidad.

El render de la casita. Foto: Gentileza.

La casita no debía sentirse como un set. No debía ser perfecta, y para el director de arte eso era fundamental. Las paredes, por ejemplo, le parecían demasiado nuevas y limpias. Necesitaban vida. Propuso intervenirlas, darles textura, para que no parecieran recién pintadas. «Hay que avejentarlas un poco. Me decían que estaba perfecto, pero justamente, los latinos no somos perfectos».

También incorporó el rosa, un color que ama, a través de objetos decorativos: cortinas, estantes, pequeños acentos. En cámara puede no percibirse todo porque el show es vertiginoso, pero cada rincón estuvo pensado en detalle.

Hubo elementos innegociables: «En la lista de más de una abuelita estaba el costurero. En una esquina había una silla con el costurero que era una lata de galletitas que tiene toda abuela. Flores de plástico (era mi pelea eterna con mi abuela) los platos colgados con ganchito en la pared, las figuritas de porcelana bien kitsch, las muñequitas bien barroquitas, la televisión de tubo y libros viejos», relata Laboureau.

Incluso incluyó un aire acondicionado de caja con un ventilador al lado. Cuando alguien preguntó por qué, tuvo que explicarlo: “Porque así somos… si se rompió el aire no se arregla, ponés un ventilador al lado”. Esa lógica práctica, esa imperfección cotidiana, también es cultura.

Federico junto al equipo y Bad Bunny. Foto: Gentileza.

En el Super Bowl fue la primera vez que el público vio el interior de la casita. «Más allá de las felicitaciones, me llegaron mensajes de que literalmente la gente sentía que había entrado en la casita», cuenta. «‘La casita me representa’, me decían. Y no solo puertorriqueños: me lo dijo gente de toda Latinoamérica. ‘Esa casita podría haber sido la de mi abuela'», relata.

«Así somos los latinos: precisamente imperfectos, y con nuestras imperfecciones nos hacemos amar«, dice Laboureau. En un contexto político tenso en Estados Unidos, mostrar una casa latina con orgullo y con color también fue un gesto cultural.

El director creativo vincula esa capacidad con su identidad argentina. Habla de resiliencia, de reinventarse frente a las crisis, de crear con lo que hay. “Tenemos una capacidad de reinventarnos, de no tener miedo a nada”, sostiene. Esa lógica la aplica tanto en grandes producciones como en proyectos propios.

Así es la casita por dentro. Foto: Gentileza.

La casita fue una manifestación íntima. Un homenaje no solo a las abuelas puertorriqueñas, sino a las abuelas latinoamericanas. A esas mujeres que guardan caramelos en frascos, que atesoran cartas, fotos, manteles y recuerdos.

“Mi abuela fue todo en mi vida”, dice Laboureau sobre Beba, la persona que hizo de su hogar un santuario de recuerdos y es fuente de inspiración.

Lo que el mundo vio en uno de los escenarios más grandes del planeta no fue simplemente una escenografía. Fue una casa que respiraba cultura latina y generó una identificación colectiva, dejando una marca imborrable en millones que se vieron reflejados en ella.


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Cuando a Federico Laboureau le llegó la propuesta, pensó en su abuela. En ella y en todas las abuelas. En esas casas donde los platos decorativos cuelgan de las paredes, las muñequitas de porcelana ocupan los estantes y los libros se apilan en bibliotecas que parecen no tener fin. Mujeres a las que les cuesta desprenderse de las cosas, no por simple apego, sino porque entienden su hogar como un tesoro: un espacio donde cada objeto guarda una historia y, sin proponérselo, construye un reflejo íntimo y profundo de la identidad latina.

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