“Perrhijos” y “gathijos”, una tendencia que disputa el modelo tradicional de familia

Una pareja del Alto Valle se divorció y acordó un régimen de cuidado para sus mascotas. Esta práctica cada vez más frecuente ¿De qué sociedad nos habla?

“Así de alto”, Jorgelina Bizai extiende su mano izquierda y marca un metro sobre el suelo, “pesa 45 kilos y está conmigo desde hace 9 años”. La socióloga habla de Roberto, su perro, un Pastor belga con orejas erguidas y pelo negro. Es tan fiel, que cuando se separó, abrió la puerta del auto, y sin que lo llame, ni que se lo pida, Roberto eligió irse con ella.

Para Jorgelina, Roberto es parte de su familia. Lo mismo le pasa a parejas jóvenes, adultas, con o sin hijos. Los perros, los gatos, hoy son parte del círculo íntimo. ¿De qué sociedad nos habla esta afectividad?
No fue la primera, pero si una de las últimas que el Poder Judicial de Río Negro registró. Una pareja del Alto Valle, en diciembre del 2023 logró llegar a un acuerdo en una instancia de mediación para el cuidado de lo que antes se llamaban mascotas.

La historia es simple: una pareja, tras años de convivir decidió separarse. No tenían hijos ni hijas, pero sí un vínculo muy especial con sus dos gatos y un perro. Los cinco conformaron una dinámica familiar. Al divorciarse, surgió la pregunta: ¿Quién se queda con los animales? ¿Quién paga el alimento?

La audiencia de mediación empezó a las 8:30 y terminó a las 9. Esta instancia, llamada Método Autocompositivo por Resolución de Conflicto, ya instalado y cada vez más frecuente en Río Negro y Neuquén permite que los protagonistas de un conflicto puedan llegar a un acuerdo dentro del marco de la ley. En este caso el divorcio fue vía judicial, pero todo lo que posiblemente puede generar un conflicto, como la división de bienes, se acordó en mediación. “Esta instancia genera que se encuentren soluciones sumamente creativas”, explica Marcela Marin delegada de Comunicación del Poder Judicial de Río Negro, “porque cada parte, propone y encuentra soluciones que tal vez no se le ocurren a un juez o a una jueza que impone una decisión”.

Ahí entonces, con abogados presentes, resolvieron la separación de un terreno, la distribución de sus ahorros, sus vehículos, y también quién quedaba al cuidado de sus animales. Y acordaron: el perro y los gatos se quedarán en lo que fue la casa familiar, y quien se muda, abastecerá de alimentos mes por medio.

Lo particular de esta mediación fue que en el acta acuerdo quedó escrito “cuota alimentaria a favor de seres vivos no humanos” y “cuidado personal de seres vivos no humanos”. En este caso, especifica Marin: “si fueran hijos y no perros y gatos, el acta diría “cuidado personal de los hijos”, porque la figura legal es cuidado personal y en materia de alimentos la cita legal es “cuota alimentaria”. Y profundiza: “el acta los identifica con la denominación jurídica más moderna: “seres vivo no humanos”, que eso jurídicamente está buenísimo, porque el animal adquirió un derecho que quedó plasmado en un acta, que homologado, es una sentencia judicial. Entonces, si la persona que se comprometió a pagar el alimento no lo hace, la otra tiene derecho a reclamar judicialmente”.

“Asistimos a una reconfiguración de la idea de familia” asegura la socióloga Jorgelina Bizai.

La pregunta punza de nuevo: ¿Considerar a perros y gatos como parte de la familia es síntoma de esta época? Jorgelina Bizai está sentada en un bar de Cipolletti. De fondo se escucha bossa nova. El mozo trae el menú en código QR impreso y un vaso de agua de cortesía. “Estamos asistiendo a grandes fenómenos en esta contemporaneidad”, explica, “uno tiene que ver con la reconfiguración de la idea de familia, una idea tradicional que el propio sistema nos impone y que va perdiendo solidez, producto de los feminismos y de las demandas del colectivo LGBT”.

Ahora llama al mozo. Hace su pedido y como buena docente universitaria, saca apuntes. “En la disputa de la hegemonía con esa familia nuclear fueron apareciendo otros formatos de familia posible: familias ensambladas, extendidas, monoparentales. Y aparecen las mascotas en tanto seres sintientes, considerados miembros de la familia”.

Llega el mozo y la interrumpe. Corre las hojas escritas a puño y letra y le hace lugar para que deje lo pedido. “Esto está en relación”, retoma, “con otro fenómeno: las nuevas formas de afectividad, vinculadas a los afectos, a las emociones y a la sociabilidad en la sociedad de hoy”.

Las nuevas afectividades a las que se refiere Jorgelina están en comunión con la red que armamos, con quiénes establecemos relaciones y con quienes nos vinculamos. “Hay fenómenos que van a ir consolidando esta tendencia”, dice y revuelve la espuma del Vanilla Latte, “por ejemplo: la aparición de categorías para referirnos a las mascotas como seres sintientes y como personas no humanas, que en muchos casos va acompañado de una legislación o de un marco legal”.

Le da un sorbo y saborea la leche, la vainilla y el café. “También hay todo un mercado que está destinado a los perros y a los gatos. La mercantilización de la vida de las mascotas creció en forma impresionante, que va ligado al consumismo que se consolidó desde los 90´”. Y esto, también va de la mano del reconocimiento de perros y gatos dentro del mundo humano: por ejemplo, la aparición de hospedajes y restaurantes “pet frendly” o las redes sociales como vidriera de la vida en comunión con animales.
Tener un perro o un gato a cargo implica responsabilidades. Pero ¿La tendencia de tener los llamados “perrhijos” o “gathijos” es consecuencia de las crisis económicas? ¿Es más barato convivir con un animal que educar a un hijo/a?¿Es comparable? Jorgelina, busca en sus apuntes y saca unas fotocopias del libro de la socióloga franco israelí Eva Illouz “Intimidades congeladas”.

“Esta socióloga”, marca con su índice derecho las letras impresas, “habla de que la configuración actual del capitalismo es emocional, y piensa que lo que hacemos cuando nos relacionamos y nos vinculamos es llevar al plano de lo íntimo, de lo doméstico, de los vínculos la relación costo/beneficio propia del mercado. Es decir, todo lo analizamos en términos de cuánto me cuesta esta relación”. Hace una pausa, piensa y sigue: “si la realidad que vivimos es ésta”, señala con el índice el libro fotocopiado, “si este es el mundo y la contemporaneidad actual, no me extraña que digamos que estemos monetizando en esos términos utilitarios y pragmáticos todo el tiempo nuestra forma de vida”.

Le da otro sorbo al Vanilla Latte y cierra esa idea: “desde este punto de vista es más fácil, cuando vos tenés una mascota y te vas de vacaciones, dejarlo en una guardería o a un amigo. Por este motivo, creo que hay una tendencia fuerte en las generaciones más jóvenes de 20 o 30 años, de no querer tener hijos, de no querer reproducir el estereotipo de familia de sus padres, de sus abuelos. Las nuevas generaciones tienen otra concepción de familia por la dependencia y la responsabilidad que eso implica”.

Nuestra contemoraneidad se caracteriza por tener “nuevas formas de afectividad”, explica Bizai.

Pero, hay quienes creen que construir una familia con perros y gatos es algo menor, sin valor, hasta incluso infantil. “Nadie hay en este mundo”, dice Jorgelina, “en pleno siglo 21 que pueda convertirse en el juez, en la verdad absoluta, para decir que estilo de vida es más digno. En el mundo actual justamente lo más rico, lo más potente es ser diverso, es bancar esa diferencia”.

“En definitiva”, corre primero los apuntes, “siempre volvemos a la pregunta de origen: ¿Cómo construimos comunidad? ¿Con quienes lo hacemos?”, ahora deja de lado la taza ya vacía del Vanilla Latte, “esa pregunta nos retrotrae a la idea del lazo social del sociólogo francés Émile Durkheim, de un orden que nos une, que nos integra”. Buscaba lo que se anotó entre sus papeles: “en el diccionario la palabra comunidad dice que significa cualidad de común, conjunto de personas que viven juntos, que tienen los mismos intereses o que viven bajo las mismas reglas”. Levanta la mirada y agrega: “para algunos esa idea de comunidad será más vinculada a lo político, a los sindical, a los colectivos feministas. Otros más replegados, al núcleo familiar. Y otra vez volvemos a la idea de familia: familias ¿con quiénes? comunidad ¿con quiénes?”.

Jorgelina sonríe, aunque esta preocupada por el impacto que puede llegar a tener en la sociedad el proyecto de Ley Ómnibus enviado por Javier Milei al Congreso. Se levanta de la mesa y saluda al mozo. Afuera se encontrará con el calor del verano patagónico. Son las 17:45 y en su casa, la espera Ricardo.


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