Terciopelo rojo y cuerdas de arena

Adriana Varela sabe de seducción y de ternezas. La gente fue un mar que se retiró en palmas vivas.

NEUQUEN (AN).- En la penumbra de cualquier ubicación, un alma sentía junto a una mujer. Un bandoneón se estiraba y picaba en cada tecla, para volver en cuerdas de bajo o de bordona y en vientos de flauta y saxo.

Ella desde su iluminada posición, sin hacer alardes, era esa «garganta de arena» que le reclamaba un espectador. Una mujer segura de que tiene una sensualidad que llega junto con la voz, y un estilo que se emparenta con el maestro al que nombra muchas veces y le canta, como para que no queden dudas de que algún día sus vidas se cruzaron. Polaco-Varela-Goyeneche-Adriana en ese orden o indistintamente. Canta jugando, zigzagueando con la línea abstracta que separa a la papusa brava o al compadrito de cara cortada de un navajazo, con la diva que «es» en estos tiempos.

Sabe manejar su seducción -es más, sabe que es seductora- y la despliega hasta en los movimientos más insignificantes. Su cuerpo dice, como dicen sus manos delgadas, sus blanquísimos y esculpidos hombros y las piernas perfectas que apenas deja ver, cuando sentada canta dos obras. Lució el sábado en el cine Español, una figura menuda, en un traje largo, negro, con una especie de chaleco muy rojo de terciopelo y unas altísimas botas de encaje punzó.

Es del tango, con voz áspera, de agallas, una personalidad especial que parece blusear cuando se le deja abierto algún respiro, la rendija por la que a Adriana se le cuelan los ancestros de su pasión rockera y del jazz que no ha abandonado.

Tiene una mirada penetrante que clava en la nada. Oscura, directa. Los ojos negros. Y desde allí va diciendo, re-marcando, engolosinándose en cada verso, como si el sabor de lo escrito se le hiciera agua en la boca, para después hacerse agua en los paladares de los que la escuchan.

Digamos del concierto en general. Un producto acabado, de excelencia porque cada maestro en su instrumento pudo dar muestras de clases magistrales. En esto, era como tenerlos retenidos, una potencia enorme individual que se sojuzgaba a los requerimientos del grupo, en un todo. Y también en su todo y en conjunto puestos en valor, para darle el cetro a la cantante.

Magníficos: Horacio Avilano en guitarra (con quien hizo un contrapunto de voz y cuerdas fastuoso), Ricardo Fioro en bandoneón, Marcelo Macri en piano, Marcelo Torres en bajo y Bernardo Baraj en saxo y flauta.

La gente era un mar de gente, de arriba abajo gente, en los desniveles y por los pasillos. Gente y gente «que no se esperaba ver para este tango». -¿Cómo que no se esperaba, si a Adriana la aman todas las generaciones? ¿Si en Neuquén pululan los tangueros, los talleres y las noches-tango? -Claro… pero no a todos les cae bien la Varela, como no cae la Graña o la Merello.

Palabras más o menos, llegaban como al descuido, cuando en la larga espera para salir del cine, se iba retirando la marejada ya en calma, tras haberse encrespado toda la noche en palmas vivas.

Beatriz Sciutto


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