Toda el alma de fiesta

Los festejos de Carnaval, una celebración que cobra relevancia en el mundo entero como el momento en que se subvierten las normas tradicionales de la sociedad, en un marco de alegría y desenfado, encuentra en la Argentina expresiones que varían de acuerdo a las tradiciones, identidad e historia de cada lugar.

Así como los festejos de Gualeguay, Gualeguaychú o Corrientes expresan, dentro de su singularidad y de su propia historia, cierta mixtura con la tradición carioca, los carnavales del norte del país tienen un contenido y una exteriorización diferentes.

Expresan costumbres, ritos, creencias y pasiones vinculadas con un pasado prehispánico que también se observan en regiones de Bolivia y Perú.

En este marco, los pueblos del interior del país, algunos con más tradición que otros, organizan corsos, bailes y distintos festejos que celebran el Carnaval, una fiesta que aunque no distingue clases sociales es profundamente popular, y se nutre de pasiones imposibles de explicar.

Buenos Aires no escapa a esta generalidad. Los orígenes de los festejos se remontan a la época colonial, con una población negra que le dio una característica particular, por sus danzas y tambores, a la que confluyó más tarde el humor y la estética de los inmigrantes europeos. Y aunque cerca del Carnaval porteño está el de Montevideo, con confluencias culturales semejantes, ambas orillas construyeron realidades diferentes, ya que en la costa oriental suenan los tambores con “la llamada” del carnaval mientras las murgas, con su distintivos coros, expresan la fuerte influencia española en ese género.


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