Uber en éxtasis
En una semana asistimos a dos materializaciones del capitalismo más descarnado, disfrazadas de beneficios para los consumidores y placeres para los participantes. Ambos episodios sucedieron en Buenos Aires. El primero fue la adopción de la ilegalidad por parte de Uber, una empresa que ofrece un servicio que compite, en el caso porteño, con los tradicionales taxis negros y amarillos. Periodistas y especialistas explicaron que esa empresa, que ya funciona en unas quinientas ciudades del mundo, sigue siempre la misma estrategia de marketing: funciona inicialmente sin autorización, aprovechando la conectividad de las redes (el servicio se contrata por internet). Rompe las reglas, genera una confrontación con los choferes profesionales y el gobierno local. Gracias a ella obtiene publicidad y luego negocia tras afincarse por la fuerza. Muchos de los argumentos a favor se basan en un individualismo cavernícola: la satisfacción del consumidor y la libertad de empresa.
Columnistas under thirties (o sea, escolarizados a partir de la década de 1990) argumentaron, por ejemplo, que “por qué particulares tenían que aceptar que el Estado les cobrara regulaciones para ser choferes profesionales de taxis”, que era positivo “que la ley de oferta y demanda regulara los precios de los viajes” y que “lo bueno es que gente que quiere hacer una diferencia y tiene un vehículo puede mejorar sus ingresos con una ocupación eventual”. Seguridad y respeto por la ley: 0. Precarización disfrazada de comodidad y satisfacción del consumidor: 1. Autoexplotación de alguien que sigue trabajando después de dejar de trabajar y a la vez amenaza el trabajo de un semejante. Todo salpimentado con la necesidad de no negar los cambios y rendirse al progreso.
Sentí la misma indignación que, a mis diez años, me produjo leer al asqueroso Mister Bounderby en Tiempos difíciles, la novela de Dickens. Todo avalado por la pedagogía del señor Gradgrind, el maestro que transformaba un caballo bonito que galopa en un cuadrúpedo útil, como los obreros sólo eran brazos. Hoy parece que tenemos que ser un conglomerado de deseos que satisfacer, y nada debe interponerse entre quienes nos ofrecen los medios para realizarlo y nosotros.
La segunda postal, más grave, es la muerte, el pasado viernes 15 de abril, de cinco jóvenes de entre 17 y 25 años (otros cinco están graves) en Time Warp, una fiesta electrónica en Costa Salguero, un complejo VIP. Aparentemente fallecieron (al momento de escribir esto aún no conocemos los resultados de las autopsias) por una letal combinación de drogas sintéticas, calor, deshidratación y aturdimiento. “La hipocresía y la ignorancia matan tanto como la sustancia”, dijo a “Página 12” Félix Crous, titular de la fiscalía Adjunta de Narcocriminalidad.
Detengámonos en el primer punto, el de la hipocresía. El padre de una de las víctimas señaló, en la puerta del hospital Fernández, que nunca pensó que se enteraría allí de que su hijo “explotaba de drogas”. Nadie está exento, y esto no es una crítica a ese pobre padre, con quien me solidarizo por tener hijos adolescentes yo también, sino un señalamiento por un dejar hacer que tiene que ver con una profunda desrresponsabilización y un doble estándar. Que vayan a “fiestas cerradas” es tranquilizador, pero allí suceden estas cosas. Eventos como Time Warp son “cool”: el consumo se tolera porque no es para todos (entrada $ 500 a $ 1.000, un agua mineral hasta $ 50, más los tragos y las drogas). Es decir, acceder a ellas es un símbolo de distinción, una señal más de la pertenencia a un estrato social superior. Si logramos que nuestros hijos estén allí, podemos estar tranquilos. Entre la “gente como uno” no tiene por qué sucederles nada, hasta que les sucede. Estos comportamientos están estimulados por la lógica del consumo. Los megaoperativos televisivos son en las villas y contra el paco, allí parece estar la única amenaza para la sociedad.
Es una lógica implacable. Los organizadores “cumplieron con todos los requisitos para la habilitación”: tenían la ambulancia y los médicos que correspondían para obtenerla. Sin embargo, terminaron llamando al SAME, el servicio público. Alguien facturó un montón, pero los costos los pagaron las víctimas y la estructura estatal de seguridad; en definitiva, hubo que apelar al sistema público. Que no se metan en nuestros negocios, pero que se hagan cargo de las consecuencias.
Dos de los jóvenes aparecieron muertos dentro de los salones. Autodestruidos en su frágil individualidad: el capitalismo al extremo. La fiesta siguió en torno a ellos. Este juego del Gran Bonete se corta por lo más delgado: los jóvenes, a los que la sociedad debe proteger. Es una mala metáfora que, la noche de la tragedia, la policía bonaerense confiscara drogas sintéticas cuyo destino era la fiesta embarcadas en un micro escolar. Los jóvenes son los más expuestos a este proceso de desmantelamiento de responsabilidades y ruptura de barreras.
Time Warp tiene varios significados: túnel del tiempo, alguien que se quedó en el pasado… pero también la convivencia en un momento de épocas distintas. Aprovechemos el viaje. En la tradición, hace milenios Dios aceptó la prueba de fe de Abraham e impidió que sacrificara a su hijo transformándola en mandato: cuidar a los jóvenes. Pero el futuro trae escenas de un tiempo en el que las sociedades aceptan la antinatural convivencia con el sacrificio de sus propios hijos. El triunfo de Mister Bounderby.

Opiniones
Federico Lorenz
@FedeLorenzyClio
“Hoy parece que tenemos que ser un conglomerado de deseos que satisfacer, y nada debe interponerse entre quienes nos ofrecen los medios para realizarlo y nosotros”.
Datos
- “Hoy parece que tenemos que ser un conglomerado de deseos que satisfacer, y nada debe interponerse entre quienes nos ofrecen los medios para realizarlo y nosotros”.
En una semana asistimos a dos materializaciones del capitalismo más descarnado, disfrazadas de beneficios para los consumidores y placeres para los participantes. Ambos episodios sucedieron en Buenos Aires. El primero fue la adopción de la ilegalidad por parte de Uber, una empresa que ofrece un servicio que compite, en el caso porteño, con los tradicionales taxis negros y amarillos. Periodistas y especialistas explicaron que esa empresa, que ya funciona en unas quinientas ciudades del mundo, sigue siempre la misma estrategia de marketing: funciona inicialmente sin autorización, aprovechando la conectividad de las redes (el servicio se contrata por internet). Rompe las reglas, genera una confrontación con los choferes profesionales y el gobierno local. Gracias a ella obtiene publicidad y luego negocia tras afincarse por la fuerza. Muchos de los argumentos a favor se basan en un individualismo cavernícola: la satisfacción del consumidor y la libertad de empresa.
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