Un largo aprendizaje
Nadie puede dudar de que la municipalización del cerro Catedral y la nueva concesión otorgada a la empresa CAPSA fueron para Bariloche los temas excluyentes de la agenda pública en lo que va del año.
No erran los que dicen y repiten que el complejo de esquí ubicado a 19 kilómetros de esta ciudad constituye un factor clave de su oferta turística y tendrá influencia decisiva en la evolución de su economía. Y también, directa o indirectamente, en la posibilidad de mejorar la calidad de vida de sus habitantes.
Pero más allá de las acaloradas discusiones en los medios y en los honorables cuerpos legislativos de la ciudad y la provincia, el conflicto por el futuro del cerro nunca llegó a prender en la sociedad.
El desfile de opiniones registró la voz de las cámaras empresarias, los colegios profesionales, algún sindicato directamente interesado y, obviamente, los partidos políticos. Produjo solicitadas, fatigó micrófonos y también desentumeció a jueces y fiscales que deberán dar trámite a los recursos presentados para frenar la «adecuación contractual».
Con todo, la calle no entró en calor y el barilochense de a pie estuvo lejos de sentirse contagiado por la agitación de la clase dirigente.
Podrán decir los que juntaron firmas en el Centro Cívico que hubo miles de adherentes al petitorio para que el futuro del cerro se defina en Bariloche. Pero sabrán seguramente que con el compromiso módico de una firma es poco factor de presión, y que esa misma gente está a años luz de salir a la calle a movilizarse.
Algunos llegaron a trazar un paralelo entre la reivindicación por el Catedral y la que levantó la población de Esquel contra el proyecto de explotación de oro a cielo abierto. En aquella localidad la movilización masiva de los vecinos forzó un plebiscito, en el que triunfó ampliamente el «no» al emprendimiento.
Tal vez la comparación no sea del todo válida. Aún así, la apatía y el desinterés registrado en Bariloche con un tema que condicionará la economía de la ciudad en los próximos 20 años es un síntoma preocupante.
También es significativa la soledad en la cual sesionan los concejales. Años atrás, cuando el Deliberante funcionaba en Rolando al 600, más cerca del corazón geográfico de la ciudad, las sesiones eran seguidas por 10, 15 y hasta 30 vecinos, interesados por algún tema del orden del día.
Luego los ediles se reunieron durante largo tiempo en un recinto tan estrecho que sólo entraban los concejales y el personal legislativo. Desde hace un par de meses, por iniciativa del presidente del cuerpo, Marcelo Cascón, las sesiones se realizan en la amplia y accesible sala de prensa de la intendencia. Pero igual nadie se ha interesado todavía en asistir, escuchar, silbar, aplaudir. Romper el silencio.
Un abismo separa a los representantes de sus representados. Y que estos últimos perciben la dinámica de los cuerpos deliberantes como una gran ficción que no roza siquiera la vida cotidiana de la gente. «Más allá de las firmas y de algún que otro gesto movilizador, la participación es tibia y siempre interesada. Cada uno defiende su quintita», reflexionó días atrás una concejal. Es evidente que, fuera de la campaña, los políticos no hacen mucho por mejorar el vínculo entre el conjunto de la sociedad y la toma de decisiones sobre la cosa pública.
La desconfianza y la lejanía de la gente -en opinión de otra concejal- es una resultante de la crisis del sistema político que comenzó el 19/20 de diciembre de 2001. La sensación es de que algo está por nacer pero no cuaja nunca, y que «la subcultura del aguante» sigue prevaleciendo sobre el impulso de influir y transformar. Claro que esa resignación también tiene mucho que ver con la sordera impenitente de los que deciden.
El debate por Catedral no es más que otra ronda cerrada de las corporaciones, mientras el ciudadano común se mantiene en la vereda.
Daniel Marzal
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