Una cuestión de legitimidad

Por James Neilson

Aunque George W. Bush se hubiera conformado con reemplazar a Saddam Hussein por un dictador un tanto menos sanguinario, se ha visto obligado a insistir en que la guerra contra su viejo enemigo está inspirada en la voluntad de transformar a Irak en una democracia participativa moderna en la que todos los distintos grupos étnicos y religiosos disfrutarían de los mismos derechos. Para convencer a los norteamericanos mismos, y ni hablar de los europeos y otros, tuvo que jurar que lo que tiene en mente es una liberación destinada a rescatar a los iraquíes de las garras de un tirano, no una invasión motivada por la codicia tradicional o por el deseo de castigar al sujeto que había intentado asesinar a su padre. Muchos creen que el objetivo que Bush ha esbozado es absurdamente ambicioso, que por ser los iraquíes totalmente incapaces de convivir de modo civilizado, el resultado será un período de caos que fabricará a «mártires» en cantidades industriales. Sin embargo, virtualmente nadie, ni siquiera los comunistas chinos, dice que la meta declarada de Bush es mala porque el autoritarismo personalista o el totalitarismo ideológico o clerical es intrínsecamente mejor que la democracia. Con toda seguridad abundan los que piensan así, pero en vez de denunciar la democracia como tal acusarán a Estados Unidos de hipocresía, de arrogancia y de pisotear la ley internacional.

Es que en el mundo actual sólo la democracia otorga legitimidad. Reivindicar la supremacía de una oligarquía, por esclarecida y benigna que fuera, no es considerado respetable. Si bien en algunos lugares los gobernantes siguen atribuyendo su resistencia a continuar conculcando las libertades cívicas propias de la democracia a su apego a «valores asiáticos» o sea, a sus prejuicios personales, a las doctrinas de Karl Marx o a los mensajes que les habrá enviado el Señor, parecen saber que pocos las tomarán en serio, razón por la cual no les gusta para nada que sus opiniones sean ampliamente difundidas.

Ahora bien: en la Argentina, como descubrieron los Saadi en Catamarca, un intento en un distrito feudal de violar de manera impúdica y sistemática las reglas democráticas suele conducir a «la intervención», mientras que los atropellos perpetrados por Luis Barrionuevo dieron pie a un escándalo monumental. De recaer en las viejas modalidades un país latinoamericano, los demás se agitan y en ocasiones amenazan con sancionarlo, como ha sucedido en el caso del Paraguay. En el otro lado del Atlántico, una de las condiciones inmodificables para aspirar a formar parte de la Unión Europea consiste en ser debidamente democrático. Además, las pautas propenden a volverse cada vez más severas. Es decir que poco a poco han estado expandiéndose las fronteras de la democracia debido a las presiones de los ya democratizados. En este contexto, en el curso de su larga gestación, la campaña contra Saddam dejó de ser un operativo «policial» sencillo encaminado a desarmarlo, para convertirse en la fase inicial de un esfuerzo gigantesco por transformar a todo el Medio Oriente, seguido, es de suponer, por Pakistán, en una zona en la que una dictadura tradicional fuera tan insólita como hoy en día sería en América Latina.

Así las cosas, no es demasiado sorprendente que el comienzo de este nuevo capítulo de la biografía de la «comunidad internacional» haya incluido la crisis más grave que han experimentado las Naciones Unidas desde su nacimiento en los días finales de la Segunda Guerra Mundial. La verdad es que no deberían llamarse «Naciones Unidas» sino «Gobiernos Unidos». Según los criterios actualmente vigentes, gobierno no es sinónimo de nación y, de todos modos, las dictaduras nunca son representativas: si lo fueran, celebrarían elecciones. Conforme a la forma de pensar de una proporción creciente de quienes mandan en el mundo, pues, la mayoría de los integrantes de la Asamblea General de la ONU, y por lo menos un miembro permanente del Consejo de Seguridad, sólo se representan a ellos mismos.

De establecer un gobernador provincial una dictadura en su distrito, matando a todos sus rivales y afirmándose elegido por el 100% de la ciudadanía, a nadie en el resto del país se le ocurriría aprobar sus pretensiones. En seguida se pondrían en marcha los mecanismos que lo llevarían a la cárcel. En la «comunidad internacional», en cambio, las credenciales de auténticos monstruos se ven aceptadas sin chistar porque son tantos, que cuestionar su derecho a declararse los representantes legítimos de sus dominios haría de las Naciones Unidas una organización limitada a la mitad o menos de sus integrantes actuales. Sin embargo, de redundar las dificultades provocadas por la embestida contra Saddam en el colapso total de la ONU que algunos están vaticinando, sería factible que su eventual reemplazo sí se mostrara dispuesto a limitar el ingreso a los gobiernos representativos. Al fin y al cabo, el clima de opinión mundial ya no es el que era sesenta años atrás.

Si bien por ahora tal cambio parece poco probable, de adquirir la democracia cierta masa crítica, algo que sucedería de prosperar una revolución o un programa de reformas estructurales en China, sería casi inevitable que las dictaduras se vieran consideradas como parias vergonzosos. Como ya hemos visto en América Latina, cuando de la forma de gobernar un territorio se trata, los demócratas no suelen tolerar a quienes desprecian a sus propios conciudadanos, actitud que ha sido potenciada por la militancia evangélica de muchas organizaciones defensoras de los derechos humanos, de la libertad de prensa y otras «conquistas» relativamente recientes.

Claro, las grietas que amenazan con destruir a las Naciones Unidas que conocemos no fueron causadas por un enfrentamiento entre las democracias por un lado y las dictaduras por el otro, sino por el conflicto desatado por Francia contra Estados Unidos, país que a juicio de los galos es demasiado poderoso para el bien del género humano. En esta oportunidad, Francia más sus aliados como Rusia y Alemania optaron por defender el principio tradicional según el que nadie debería intervenir en los asuntos internos de un país soberano, lo que, en buen romance, supone que un dictador tendría el derecho soberano a exterminar a millones sin que otros levantaran un dedo para ayudarlos. Aunque la postura asumida por Jacques Chirac, Gerhard Schröder y Vladimir Putin les mereció plena aprobación de sus compatriotas que la vieron como una negativa noble a participar en una guerra norteamericana, la dinámica propia de la democracia significará que andando el tiempo más franceses, alemanes e incluso rusos propenderán a estar en favor de la intervención «humanitaria», la que, mal que les pese a algunos políticos y empresarios, a menudo los pondrán al lado de «la gente» contra un régimen no representativo que la oprima. Ultimamente, el panorama se ha visto distorsionado por el poder omnímodo de Estados Unidos, pero extrañaría que los franceses se acostumbraran a solidarizarse automáticamente con cualquier dictadura que se vea amenazada por Washington.

Tanto la doctrina de Franklin Delano Roosevelt de que por bestial que fuera un dictador latinoamericano convendría apoyarlo siempre y cuando colaborara con Estados Unidos como sus variantes europeas y orientales ya se han visto desactualizadas. Los costos supuestos para Estados Unidos por el regocijo que manifestaron ciertos funcionarios en Washington cuando creían que el populista venezolano Hugo Chávez había sido derrocado por golpistas les habrán enseñado a muchos «realistas» que en esta parte del mundo los eventuales beneficios de apadrinar a quienes apuestan a la violencia serán muy inferiores a las desventajas. Cuando de su propio continente se trata, los europeos occidentales han llegado a la misma conclusión y es de suponer que, terminada la guerra en Irak, aportarán cuanto puedan a la democratización por entender que cualquier otro arreglo sería contraproducente. Se trata de un proceso que será difícil frenar en una época signada por las comunicaciones ubicuas e instantáneas, uno que con toda seguridad llevará a la transformación, exitosa o desastrosa, no sólo del Medio Oriente sino también de la ONU que en sus fases iniciales se ha asemejado demasiado a un parlamento en el que algunos escaños están ocupados por personas decentes y otros por sujetos culpables de crímenes de lesa humanidad inenarrablemente horrendas.


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