Una derrota dolorosa



Lo mismo que su marido fallecido, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner se ha acostumbrado a ubicar en puestos clave a mediocridades que claramente no están a la altura de sus responsabilidades, de tal modo asegurando que sus subordinados obedezcan sin chistar todas sus órdenes y, desde luego, subrayando su propia supremacía, ya que ningún integrante de su entorno podría hacerle sombra. Un resultado del estilo de gobernar autocrático así supuesto ha sido el virtual desmantelamiento del Ministerio de Economía, repartición cuyo titular formal se limita a desempeñar las funciones de un subsecretario, dejando todas las decisiones importantes en manos de la presidenta y del favorito de turno. Otro fue el nombramiento de Amado Boudou como vicepresidente de la Nación. Parecería que Cristina lo eligió por suponer que tener como acompañante a un peso liviano sin ninguna base de sustentación propia le ahorraría problemas en el futuro. De ser así, se equivocó: Boudou ya ha contribuido mucho más que cualquier dirigente opositor a socavar el prestigio de la presidenta. Además de figurar, merecidamente o no, a ojos de muchos como el símbolo máximo de la corrupción gubernamental, Boudou provocó la salida abrupta de la Procuración General de la Nación de Esteban Righi, un veterano de la izquierda peronista que nadie había acusado de deslealtad para con la presidenta pero que no defendía al vicepresidente con el entusiasmo exigido, y el intento fallido de reemplazarlo por Daniel Reposo, un personaje presuntamente más leal aún que Righi pero, por desgracia, sin las calificaciones que se suponen necesarias para ser jefe de los fiscales. Aunque hasta la noche del jueves pasado Cristina se afirmaba muy impresionada por la trayectoria de Reposo, eran cada vez menos los que compartían su punto de vista. Si bien distintos legisladores oficialistas optaron por anteponer su voluntad de servir a la presidenta a sus propias dudas en cuanto a la idoneidad del candidato, sus esfuerzos por ayudarlo a superar los muchos obstáculos en su camino resultaron vanos. Luego de la difusión de detalles sobre “los errores de tipeo” con los cuales Reposo trató de mejorar un currículum vítae penosamente inadecuado y su intento malogrado de defenderse ante los legisladores, se hizo evidente que su candidatura no prosperaría, razón por la que terminó dándose por vencido, culpando, como buen oficialista, a los medios del grupo Clarín y el matutino porteño La Nación de haber organizado una campaña en su contra. ¿Tendrá mejor suerte la sustituta elegida por la presidenta, Alejandra Gils Carbó? Es probable que sí, ya que, a diferencia de Reposo, la candidata combina “la lealtad” con una trayectoria profesional respetable. De todos modos, no cabe duda de que Cristina ha sufrido una derrota dolorosa. La clase política acaba de recordarle que hay un límite a las arbitrariedades que está dispuesta a tolerar, que si bien la mayor parte sigue apoyándola, no quiere permitirle hacer cualquier cosa que se le antoje. Puede que Cristina haya entendido pronto que Reposo no reunía ni la experiencia ni las cualidades precisas para ser procurador general, pero por haberlo nombrado se sintió obligada a continuar impulsando su candidatura, puesto que el tema ya se había transformado en una cuestión de poder, de una lucha entre su propia voluntad y la de quienes se animaban a oponérsele. Pues bien, en esta ocasión perdió. En otras circunstancias, el paso en falso que dio al postular a Reposo no tendría demasiada importancia, pero en las actuales podría resultar significante, ya que los kirchneristas están batiéndose en retirada en varios frentes al multiplicarse los problemas económicos, proliferar las acusaciones de corrupción y producirse esporádicas protestas callejeras contra su gestión. En otras latitudes los mandatarios, entre ellos el presidente norteamericano Barack Obama, saben muy bien que en una democracia perder votaciones en el Congreso o ver fracasar la candidatura a un puesto importante de un aliado es normal, pero Cristina, habituada como está a “la hegemonía” en un país de tradiciones caudillistas, sabe que tiene que ganar todas las batallas de este tipo ya que, caso contrario, el poder que ha construido podría desmoronarse en un lapso sumamente corto.


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