Una dictadura con cómplices

La presidenta Cristina Fernández de Kirchner se siente tan preocupada por el escaso respeto de los hondureños por ciertas formalidades democráticas que ha reprobado, públicamente, a su homólogo norteamericano Barack Obama por no asumir una actitud igualmente rigurosa. Asimismo, nunca deja pasar una oportunidad para recordarnos que es una defensora acérrima de los derechos humanos. Sería de suponer, pues, que Cristina estaría entre las críticas más severas de la dictadura militarizada cubana de los comandantes Fidel y Raúl Castro donde manifestarse a favor de la democracia es considerado un delito, donde hay centenares de presos políticos, la tortura es rutinaria y las condiciones en las cárceles son atroces. ¿Lo está? Claro que no. Como el brasileño Luiz Inácio “Lula” da Silva y otros mandatarios latinoamericanos e ibéricos, la presidenta está más que dispuesta a pasar por alto las violaciones sistemáticas de los derechos más fundamentales por parte del régimen cubano. Si bien, luego de la muerte del albañil Orlando Zapata Tamayo, un preso de conciencia que falleció después de una huelga de hambre de 86 días, hasta el presidente del gobierno español José Luis Rodríguez Zapatero finalmente se sintió obligado a pedirle a Raúl Castro que dejara en libertad a los demás presos políticos, parecería que el episodio no conmovió a Cristina. Puede que andando el tiempo pronuncie algunas palabras de circunstancia por entender que le convendría mostrar un mínimo de coherencia, pero es evidente que, lo mismo que Lula, otro crítico vehemente de la voluntad de los hondureños de poner fin a un embrollo institucional mediante elecciones, preferiría no tener que decir nada. En el mundo democrático, la muerte de Orlando Zapata ha tenido un impacto muy fuerte. No es que haya servido para desenmascarar al régimen cubano, ya que ni siquiera los admiradores más entusiastas de la desastrosa “revolución” liderada por los hermanos Castro ignoraban que es una tiranía despiadada, sino que ha puesto en apuros a los muchos políticos e intelectuales “progresistas” que se han acostumbrado a hacer gala de la indignación que dicen sentir por lo hecho años atrás por dictaduras militares derechistas, pero se niegan a protestar contra los abusos perpetrados actualmente por lo que por ahora cuando menos es la única dictadura totalitaria del hemisferio occidental. En algunos casos, la hipocresía así manifestada podría imputarse a motivos comerciales, ya que abundan los empresarios que creen ver oportunidades para lucrar en la paupérrima economía cubana, pero en los de personas como Lula y Cristina parece ser una consecuencia del estrabismo ideológico, del temor a verse convertidas en blanco de la hostilidad de la extrema izquierda y de la noción de que por “solidaridad latinoamericana” tengan que apoyar al régimen cubano contra Estados Unidos. Desde su punto de vista, el que los Castro simbolicen la resistencia contra el imperialismo yanqui es más que suficiente como para justificar su indiferencia frente a los sufrimientos de los demás cubanos. Lo entiendan o no, Cristina, Lula y otros políticos de la región están actuando como cómplices de un régimen que encarna todo cuanto dicen odiar: el militarismo, el desprecio por la democracia y por los derechos humanos, la ausencia de libertad intelectual, la desigualdad entre una elite poderosa que vive cómodamente y una mayoría condenada a la miseria. El apoyo que tales dirigentes brindan a los Castro, y a los carceleros y torturadores que los sirven, ha contribuido mucho a prolongar la vida de una dictadura que ya ha durado más de medio siglo sin que se le haya ocurrido permitir elecciones libres. Es posible que ellos no sean conscientes de la importancia del papel que desempeñan, pero los jerarcas del régimen no tienen dudas al respecto. Desde 1959 han invertido una cantidad enorme de recursos en relaciones públicas con el propósito de conseguir “la solidaridad” de intelectuales, periodistas, sindicalistas y, por supuesto, políticos en otras partes del mundo, de esta manera asegurándose el respaldo de una especie de legión extranjera propagandística dispuesta a defender su legitimidad “revolucionaria”, esfuerzo éste que, por aberrante que parezca, se ha visto coronado por el éxito.


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