Una elite rebelde



Mientras que en Chile los estudiantes protestan en las calles porque a su entender el sistema imperante en su país no les brinda una “educación de calidad” que les permitiría abrirse camino en un mundo competitivo, aquí suelen hacerlo por virtualmente cualquier motivo, acaso porque, según afirmó hace tiempo el ministro responsable, Alberto Sileoni, la toma de colegios “es un triunfo de la democracia y un triunfo de la educación”. Aunque parecería que al darse cuenta de lo desopilantes que eran tales declaraciones el funcionario cambió de opinión, muchos estudiantes se han negado a acompañarlo. Finalmente, al cabo de diez días la protesta se levantó. Luego de poco más de un año de tranquilidad relativa, en la capital federal se ha puesto de moda nuevamente la democracia escolar antes reivindicada por el ministro al rebelarse los alumnos del colegio más prestigioso, y en teoría más exigente, del país, el Nacional de Buenos Aires, contra un intento de reformar el currículo reduciendo la cantidad de bachilleratos previstos de 158 a 10, medida que a juicio de los especialistas en la materia puede considerarse razonable. Sea como fuere, lo que al comienzo pareció ser nada más que una manifestación más de la tradicional, y por lo tanto previsible, rebeldía juvenil adquirió un cariz mucho más grave cuando presuntos alumnos del colegio de elite por antonomasia irrumpieron en la vecina iglesia San Ignacio de Loyola, la más antigua de la ciudad, provocando destrozos y embadurnando consignas como “La única iglesia que ilumina es la que arde”. Según el rector del colegio, Gustavo Zorzoli, de resultar culpables los cinco estudiantes acusados de perpetrar el ataque vandálico, no vacilaría en expulsarlos. Ya antes de producirse la profanación de la iglesia, la beligerancia de los estudiantes del Nacional era motivo de viva preocupación. Tanto conservadores como progresistas la condenaban ya que, como todos subrayaban, los protagonistas de la toma del colegio disfrutaban de un privilegio negado a la inmensa mayoría de sus contemporáneos, pero lejos de pensar en retribuirlo, han optado por hacer gala de sus supuestos sentimientos “revolucionarios”. En opinión de exalumnos del colegio como Martín Lousteau, sería comprensible lo que hicieron si tuviera “vinculación con cuestiones propias de la institución”, pero por no ser éste el caso carece de lógica. Según el exministro de Economía del gobierno de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, la situación que se vivió fue “un ejemplo más de la degradación cultural del país”. También ha ocasionado preocupación la actitud asumida por los padres de los revoltosos que, con escasas excepciones, parecieron haber hecho suya la tesis de quienes creen que apoderarse de colegios es un “triunfo de la democracia”. Que el sistema educativo nacional se encuentra en crisis ha sido evidente desde hace muchos años. Como dio a entender Lousteau, la causa principal no consiste en la falta de recursos materiales sino en “la degradación cultural” de la que un síntoma es el desprecio que sienten demasiadas personas destacadas por normas que son imprescindibles para el desarrollo pleno de las capacidades de cada uno y, huelga decirlo, para la convivencia civilizada. En demasiados ámbitos predominan la agresividad y la intolerancia sectaria. Asimismo, la convicción de que la educación es un derecho no ha supuesto que todos se hayan resuelto a aprovechar las oportunidades disponibles sino que, antes bien, ha generado un clima dominado por el facilismo, razón por la que abundan los padres que se ensañan con docentes que a su entender son demasiado exigentes. Una consecuencia previsible de la mezcla tóxica de la intolerancia estimulada por facciones políticas y el facilismo que se ha difundido por el país en los años últimos ha sido el retroceso llamativo del nivel educativo alcanzado por nuestros jóvenes en comparación con los de otros países latinoamericanos, además, claro está, de sus coetáneos de Asia oriental y Europa. Modificar esta situación lamentable requeriría un esfuerzo muy grande por parte de muchas personas, sobre todo de las que tienen el privilegio de estudiar en colegios públicos de elite como el Nacional, pero a juzgar por la conducta que manifestaron durante diez días los alumnos de aquella institución supuestamente modélica, nuestra “clase dirigente” está preparándose para un futuro de mediocridad.

Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 5.124.965 Director: Julio Rajneri Codirectora: Nélida Rajneri de Gamba Vicedirector: Aleardo F. Laría Rajneri Editor responsable: Ítalo Pisani Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA - Domingo 29 de septiembre de 2013


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