Una especie de desgaste

LA SEMANA EN BARILOCHE

El contacto que suele entablar un gobernante con sus representados en la fiesta de aniversario en una ciudad es, por tradición o hábito, la oportunidad para desgranar los proyectos que espera desarrollar en esa comunidad.

En general consiste en una enumeración de obras públicas que -antes o después del discurso- aparece acompañada de la entrega de subsidios, vehículos o alguna modesta inauguración.

Bariloche cumplió 112 años el último sábado y volvió a tener como invitado al gobernador Alberto Weretilneck. Una presencia que sus antecesores radicales retaceaban con excusas de lo más variadas.

Pero ese mérito no disimula la devaluación que alcanzó al ritual de las promesas, despojado ya del énfasis de otros años, dada la sucesión acumulativa de incumplimientos.

Esta vez Weretilneck apenas firmó un convenio para ampliar el cementerio y otro para poner en marcha las obras de la planta depuradora provisoria que deberá atender parte de la demanda insatisfecha en materia de tratamiento de efluentes cloacales. La ampliación definitiva (también anunciada muchas veces) todavía está en carpeta.

El contraste es notorio con su discurso de 2012, cuando describió un plan de obras para Bariloche por 158 millones de pesos (claro que muchas de ellas canalizaban aportes nacionales), entre las que aparecía con “alta prioridad” el segundo módulo de la planta depuradora, además de nuevas escuelas y la comisaría del barrio San Francisco.

También mencionó aquella vez las tres rotondas en el camino a Catedral, que se construyeron, aunque en plazos mucho más largos que los convenidos. Y de hecho todavía no están terminadas.

Un año después el mandatario provincial firmó el decreto que habilitaba el desembolso nacional para el segundo módulo de la planta. Desde entonces, el proyecto está en el mismo punto. Si no retrocedió.

También firmó un “acta compromiso” que exigía el BID para otorgar el crédito destinado a modernizar la calle Mitre. Otra iniciativa de la que se habla hace más de cinco años y que no fue más allá de los diseños y simulaciones por computadora.

La sensación es que el despliegue de anuncios y compromisos, a modo de obsequios, ganan titulares pero ya no generan el entusiasmo esperable.

Algo parecido ocurre con el empecinamiento en convocar a la opinión pública para difundir la firma del convenio de una obra, y luego el llamado a licitación, y después a la presentación de ofertas, y la apertura de sobres, y días después el acto de adjudicación, como ocurrió por ejemplo con la “repotenciación” del gasoducto cordillerano.

Esa secuencia comenzó en octubre pasado y hace pocos días hace pocos días se produjo el primer anticipo financiero que habilita el comienzo de las obras, con pocas chances de que estén listas para el invierno, como se había prometido.

La experiencia de la planta de tratamiento provisoria demuestra que el simple anuncio de un cronograma no es garantía alguna sobre la proximidad de la obra tangible. Y tampoco lo es la licitación. Ni siquiera la adjudicación.

Es curioso que los gobernantes de turno no aprovechen las fiestas de aniversario de un pueblo para dar cuenta (por ejemplo) de su política tributaria, para explicar y defender su modelo de gestión en salud, o su concepto sobre la seguridad y el servicio policial.

En esos mensajes no suele haber espacio para la reflexión autocrítica, salvo alguna expresión genérica sobre la “deuda” que el Estado tiene con la comunidad agasajada y que más temprano que tarde se propone saldar.

En su defensa, hay que decir que el federalismo puramente formal que rodea a las inversiones de cierta envergadura conspira contra cualquier compromiso serio. Las partidas que el presupuesto municipal destina desde hace años a Obras Públicas son apenas simbólicas.

Y el gobernador Weretilneck admitió el lunes último ante la Cámara Argentina de la Construcción que las demandas desatendidas abundan, pero “hay acciones que a los municipios les quedan grandes y hay muchas otras que a las provincias también las exceden”.

Resulta entonces que cuanto más directo es el contacto de un gobierno con la gente menor es su autonomía para dar respuestas. Dada esa paradoja, no está mal renegar de las desmesuras y optar por el realismo.

Aunque el replanteo podría servir también para que la obra pública deje de ser el punto de referencia del mensaje de cumpleaños y los gobernantes los empleen para exponer otros aspectos clave de sus políticas para la ciudad.

* dmarzal@rionegro.com.ar

Daniel Marzal


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