«Una mano» cruel

La escuela detecta las adicciones en los adolescentes, pero no tiene con quién encauzar la rehabilitación.

El consumo de drogas en los adolescentes es mayor de lo que se presume y se inicia a edad muy temprana. Sin embargo, la escuela aparece como un lugar de detección del problema y no de tráfico ni de alto consumo in situ. Lo que ocurre en la escuela es el iceberg de cuestiones que aparecen como emergentes, tales como agresiones verbales y físicas, peleas entre patotas, faltas que son medidas con falsificaciones del boletín, robos reiterados porque necesitan dinero rápido para comprar y consumir. Cuando se «tira del ovillo» de estos emergentes, a través de entrevistas con los chicos implicados en este tema, tarde o temprano aparecen razones vinculadas a la droga. Para asombro de docentes y padres miembros de los Consejos de Convivencia que actúan en estos casos, los chicos conocen y dicen sin problemas las conexiones del circuito del que ellos son parte. Hubo presentaciones de autoridades educativas a la Justicia -sobre todo de supervisores de Cipolletti- y consultas a Asesoría sobre qué corresponde hacer en estas circunstancias. A veces son los padres los que se acercan a la escuela a explicar que la conducta de su hijo o las faltas a clase se deben a que son adictos. Otras veces tienen la sospecha pero no se atreven a aceptarlo: es muy doloroso.

Mientras tanto, cuando con intervención del Equipo Técnico de Apoyo Pedagógico se busca atención profesional en Salud Mental, área Adolescencia, por ejemplo, el turno viene para dentro de un mes -si el caso revierte urgencia, claro está-. Y no hablamos de una tratamiento específico para adicciones. En Cipolletti, donde «nadie deja de pensar en crímenes tan cruentos pudieron haber ocurrido sin anular la sensibilidad con la droga» (textual de una docente de esa ciudad) solo la escuela actúa para prevenirlo, bien en soledad.

Los docentes han participado de distintos talleres y algunas escuelas desarrollan proyectos específicos preventivos, pero no hay una institución pública ni privada en la zona que va desde Roca a Cinco Saltos que se ocupe de los chicos en riesgo, antes que sean adictos. Y mucho menos de tratamientos de los que ya están en la droga. El problema se le planteó incluso al intendente Arriaga en su momento. Pero no hubo más intervención que implementar en la ciudad dos talleres de la provincia para 40 chicos y sus padres.

A esto hay que sumarle que nadie da explicaciones de adónde va el presupuesto que otorga la Ley Provincial de Prevención del Alcoholismo y Adicciones ni de qué programas son los que implementa su órgano de aplicación, que debería estar integrado por representantes de Educación, de Salud Pública, de Minoridad y Familia, entre otros.

No olvidemos que con una población escolar adolescente de unos 5.000 alumnos, la cantidad de los que están en riesgo es aún mucho mayor. Así y todo pareciera que la escuela es una de las poquitísimas instituciones que se preocupa. El hospital no tiene recursos, la Justicia no concreta actuaciones, las municipalidades también acusan falta de dinero y recursos humanos, los practicantes de la carrera de Psicología de la zona no abordan el problema porque es demasiada complejidad para la formación de sus pasantes… nadie nada.

Conclusión: la escuela detecta el problema pero no tiene con quién encauzar la rehabilitación. Tampoco la escuela puede ponerse en el papel de «vigilante», coinciden en decir casi todos los docentes entrevistados por este diario, «esa no es su misión». Lo único posible y verdaderamente útil es enseñar actitudes, agregan («que no se transmite y comparte con el discurso ni el autoritarismo controlador»), resignificar el sentido de los límites. Y esto implica, parecería, el necesario surgimiento de interlocutores con los que los adolescentes se involucren afectivamente, sobre todo si los afectos con los padres están quebrados.

Patético pero real: ¡qué solos están los chicos, por momentos! Solo la droga suele acercársele y no para darles «una manito», justamente.


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