Una parte del mundo



Según el presidente Mauricio Macri, merced al fallo de la Cámara de Apelaciones de Nueva York que, al ratificar la orden del juez Thomas Griesa, puso fin a quince años de aislamiento financiero, “la Argentina ha vuelto a ser parte del mundo”, lo que, espera, le permitirá conseguir créditos a tasas de interés razonables, además de las inversiones cuantiosas que serían necesarias para que se levante la alicaída economía nacional. Con todo, aunque es claramente positivo que el país haya dejado atrás el default, la “normalidad” así recuperada no será gratuita. Para aprovechar debidamente las oportunidades brindadas por la posibilidad de acceder a los mercados de capitales luego de una larga ausencia, tanto el gobierno nacional como los provinciales y municipales tendrán que manejar sus gastos con más realismo de lo que ha sido habitual en el pasado, resistiéndose a caer en la tentación de acumular deudas que ni ellos ni sus sucesores estarían en condiciones de saldar. No les será fácil; virtualmente todos los políticos del país, para no hablar de los sindicalistas, comentaristas mediáticos más influyentes y clérigos, se han acostumbrado a subordinar todo lo demás a sus propios sentimientos presuntamente solidarios, como si creyeran que calificar de “social” un gasto adicional sería suficiente como para hacerlo económicamente innocuo. Por desgracia, no es así: en el universo gélido de los números, el que hayan sido buenas las intenciones de los responsables de desatar un proceso inflacionario no cambia nada.

En diversas ocasiones, la Argentina ha optado por alejarse financieramente del resto del mundo porque la clase dirigente, con el aval de sectores ciudadanos muy amplios, se negó a someterse a la disciplina del mercado. Lo hizo de forma insólitamente explícita el entonces presidente Néstor Kirchner al elegir entregar al Fondo Monetario Internacional casi 10.000 millones de dólares para librarse de su tutela ya que, como tantos otros políticos, imaginaba que los economistas locales serían más que capaces de confeccionar una alternativa superior a la propuesta por “la ortodoxia” vigente en los países ricos. Aún más voluntarista, si cabe, resultaría ser su esposa y sucesora, Cristina Fernández de Kirchner, cuyo gobierno adoptó una estrategia basada en la idea de que, por ser en su opinión tan antipáticos los principios reivindicados por los comprometidos con la economía de mercado, le sería mejor hacer todo al revés, de ahí la “bomba de tiempo” que los macristas están tratando de desactivar con la eventual ayuda del “mundo”.

Aunque la mayoría de los diputados y senadores votó a favor de medidas destinadas a facilitar la reconciliación con los largamente desdeñados mercados de capitales, una minoría conformada por kirchneristas e izquierdistas se les opuso bajo distintos pretextos, entre ellos el peligro que, andando el tiempo, plantearía el sobreendeudamiento. Si bien es legítimo cuestionar la sinceridad de populistas que se afirman preocupados por el riesgo de que el país termine declarándose nuevamente en default, convendría tomar muy en serio sus advertencias. Por distintas razones, aquí es tradicional exagerar la capacidad económica nacional. No es que el país carezca de recursos materiales y humanos, sino que a partir de las décadas iniciales del siglo pasado sus gobernantes no han sabido aprovecharlos, con el resultado de que la Argentina se ha dejado superar no sólo por muchos países de Europa y algunos de Asia Oriental que antes eran más pobres, sino también por vecinos como Chile y Uruguay. Ya es casi rutinario que una etapa de optimismo, cuando no de euforia, se vea seguida por una crisis devastadora. Aun cuando los macristas hayan acertado y que, luego de salir del default, pronto cubra el país una marejada de inversiones productivas que, entre otras cosas, sirvan para ahorrarles la necesidad de intensificar los ajustes que ya están en marcha, no habría garantía alguna de que el crecimiento así posibilitado continuara por mucho tiempo. Para que ello sucediera sería preciso que los políticos, empresarios y otros de cuyas decisiones el futuro económico dependerá aprendieran algo de un pasado en que han abundado los fracasos espectaculares y escaseado los períodos signados por el progreso sostenible, pero hasta ahora no se ven señales de que muchos hayan modificado sus propios puntos de vista.


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