Unicos en su estilo

Columna semanal

La Peña

El sello de las personas es tan único como los recuerdos con los que cada uno eligió quedarse. Nos han dejado aromas y sabores que sólo nos recuerdan a ellos, es como que no habrá nadie más que pueda hacerlos igual.

No sé qué cosa le ponían, cuánto lo cocinaban ni qué secreto escondían en cada comida o en cada postre, pero tuvieron la magia, porque para mi eso es un poco de magia, de hacerlo único. Tan único que pasaron décadas en algunos casos sin que nadie los superara.

Claro, no se trata de que fueron los mejores, porque tal vez todos piensen lo mismo si los vinculan con sus afectos, pero sí está claro que para nosotros eran incomparables.

No comí jamás una torta simple como la que solía hacer mi abuela para cada uno de los cumpleaños de sus nietos. Jamás pudo regalarnos nada más que una torta, pero les puedo asegurar que era lo más esperado por cada uno de los nietos. Bizcochuelo casero con nueces y una capa que nunca supe de qué era, pero que parecía azúcar dura. Un lujo. Nunca pude olvidar esas tortas, su aroma, sus formas ni toda la ceremonia que implicaba que la abuela Alejandrina llegara apenas nos levantábamos el día de nuestros cumple, caminando lento y con la torta en ambas manos. Y siempre en su rostro un gesto que lo decía todo, es lo que puedo.

Nos sentíamos por ese día los más privilegiados, ese día, aunque la compartiéramos, la torta era nuestra, tan nuestra como la misma abuela.

Supongo que mi madre aprendió de ella a hacer un postre de origen español que nos hacía bastante seguido. Lo llamábamos postre planchado. Era una especie de flan de vainilla y bañado con caramelo, al cual por arriba le pasaban una plancha caliente de esas con carbón. Quedaba una capa como si fuera un cristal de color miel, que hacía que ese postre formara parte de nuestros preferidos.

Una tía, la tía Negra, a la cual muchos jamás conocieron por su nombre, hacía las mejores nueces confitadas del pueblo. Y era un clásico que cada vez que se ponía a trabajar en eso me llamara para que le ayudara a batir el fondant, tarea que se hacía sobre una mesada de mármol. Era fondant casero, llevaba un largo rato de batir y batir con una cuchara. En realidad mi ayuda no era importante, me llamaba porque las primeras nueces que salían de la tanda eran para mi. Nuez de la cosecha nueva, dulce de leche repostero y bañadas con fondant. Una delicia y una tradición que se elabora en cada casa de mi pueblo y que sobrevivió al paso del tiempo.

Una abuela prestada, porque en realidad no era mi abuela, era la abuela de mis hijos, hacía un dulce de leche oscuro, con pequeños grumitos que jamás encontré en otro lado. Una maravilla que sólo ella, la abuela Angélica podía hacer. Alcanzaba con un par de litros de leche para que los convirtiera en un manjar. Ni hablar de sus logros a la hora de las pastas, que eran decididamente incomparables.

Alguna vez les conté los secretos de la morcilla que solía hacer mi abuelo Fermín. También resultó a lo largo de los años un producto único. Tenían ese sabor que le da personalidad a las comidas y que las hacen únicas e imposibles de conseguir en otro lado.

Una panadería ubicada a media cuadra de casa hacía unos bizcochos de grasa que jamás encontré en otro lado. Eran redondos como una marinera, con una masa de varias capas, pero no de hojaldre, salados. Comerlos calentitos era lo más delicioso. Los llamábamos los bizcochos de Cocoro, porque así le decían al panadero. Con el tiempo y con los cambios generacionales, la panadería conservó intacto ese producto, que a lo largo de los años fue como una especie de sello o distinción para ellos.

Hay muchos más en la mente y en los afectos, tan únicos como cada cosa guardada en nuestra memoria.

Jorge Vergara

jvergara@rionegro.com.ar


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