Voluntarismo político e ineficiencia económica

Aleardo F. Laría

Un rasgo característico del populismo es su despreocupación por atender las incidencias que sus políticas coyunturales tienen en el largo plazo. Es algo conocido y sobre lo que existe abundante literatura. Menos abordado ha sido el tema del voluntarismo político, es decir la convicción de que los problemas son siempre políticos y la ciencia lúgubre de la economía tiene necesariamente que adaptarse a cualquiera de aquellos magnos objetivos. El olvido de las reglas básicas del funcionamiento de la economía explica el notorio fracaso de los modelos populistas, como el venezolano, y el peligroso acercamiento a esa experiencia que intenta vanamente hacer el cristinismo. Hace pocos días el inefable presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, dispuso por decreto el adelantamiento de las Navidades para estimular el decaído ánimo de los venezolanos frente a la escasez crónica de productos de primera necesidad que registra la economía. Maduro, en un encuentro político en Caracas, señaló que el objetivo de su gobierno “es la suprema felicidad de todo el pueblo” sin que para ello le importe recibir las burlas de la “burguesía apátrida”. Inspirado por el mismo voluntarismo, Maduro anunció la creación del “Viceministerio para la Suprema Felicidad del Pueblo”. Mientras Maduro elucubra estas extravagantes soluciones, la economía venezolana sigue sumida en un verdadero caos. La inflación es la más alta de la región, superando hasta a la argentina. Las escasas reservas del Banco Central impiden cubrir las importaciones más necesarias. El cepo cambiario venezolano es tan caprichoso como el implantado por Moreno en nuestro país. Los artículos de primera necesidad, entre ellos el papel higiénico, escasean. Frente a la inseguridad de un régimen que ha aplicado el “¡exprópiese!” no existen inversores dispuestos a correr riesgos. La última acción de Maduro ha consistido en entrar con la milicia armada en unos grandes almacenes para poner presos a los gerentes y obligarles a vender los electrodomésticos a mitad de precio. Miles de personas se han agolpado en las puertas de los establecimientos para aprovechar la ganga y en ocasiones directamente para saquearlos. Maduro, como acostumbra, no ha dudado en echarle la culpa a la oposición por los saqueos, olvidando que él personalmente incitó al hecho cuando convocó a los venezolanos a “dejar los anaqueles vacíos”. La política económica que ha venido aplicando el cristinismo –última etapa del kirchnerismo– no difiere demasiado del modelo venezolano. Desde que el gobierno tomó por asalto el Banco Central, se ha venido emitiendo sin respaldo para financiar el creciente gasto público. El resultado es un proceso inflacionario con tendencia a una lenta pero inexorable aceleración. Ya no hay equilibrio fiscal, ni superávit externo ni tipo de cambio competitivo, las señales de identidad con las que Kirchner quiso identificar su modelo. El dólar registra un atraso cambiario similar al del período de la convertibilidad, con las conocidas consecuencias que esto tiene para el empleo. Los economistas más sólidos afirman que sin programa antiinflacionario no hay solución posible. Esto supone asumir la necesidad de restablecer el equilibrio entre las variables que se han desacomodado. Los populistas denominan a esta operación “ajuste” y la demonizan como una actuación innecesaria y perversa, de lo que no quieren hacerse responsables. Ese voluntarismo de pensar que basta la voluntad política para evitar que el agua de un recipiente continuamente alimentado no se rebalse, no es producto de la ingenuidad. En realidad, constituye un ejercicio de puro cinismo porque reposa simplemente en la expectativa de que el denostado ajuste quede a cargo del gobierno siguiente. Un ejercicio de irresponsabilidad que es otra seña de identidad del populismo. Como siempre acontece, frente a desequilibrios económicos pronunciados se pueden adoptar dos estrategias diferentes. Una consiste en realizar un ajuste gradual, convocando al conjunto de sectores económicos y sociales –incluyendo al gobierno– a comprometerse en un acuerdo antiinflacionario, del tipo que hizo famoso a los Pactos de la Moncloa. La otra posibilidad es optar por un reacomodamiento traumático de las variables, algo que en principio parece poco recomendable por los costos sociales que implica, pero que igual puede sobrevenir como consecuencia de la indecisión y postergación indefinida de las medidas adecuadas. Los ajustes, si no se realizan a tiempo, termina haciéndolos la realidad, “por las malas”. El voluntarismo político, que ignora las tendencias fundamentales de la economía, es muy popular, dado que instala la ilusoria creencia de que resulta posible sortear lo inevitable. De igual modo, el atraso cambiario, que nos hace más ricos en dólares, es inmensamente popular, porque nos brinda una confortable sensación de poderío. Son las políticas propias del populismo y se compadecen con una democracia adolescente, que ignora la necesidad de contar con un pensamiento riguroso y poco dispuesto a las concesiones demagógicas. Los corifeos del gobierno –es cierto que cada vez con menos entusiasmo– siguen proclamando que los ajustes son las recetas de neoliberales recalcitrantes. El pensamiento maniqueo, que divide a los seres humanos en almas nobles y psicópatas irrecuperables, confía en que los buenos relatos pueden llegar a torcer las tendencias inexorables de la economía. Secretamente elevan sus rezos para que el próximo tifón no los sorprenda al frente de la nave. Sin embargo, como los designios del Señor son inescrutables, no hay certezas de que la tormenta no se descargue antes de que finalice el 2015.


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