«¿Qué te ata?»: La pregunta que lanzó a Guillermo y Marcela desde Neuquén a navegar por el mundo
El ingeniero en petróleo y la docente decidieron desatar amarras para viajar en familia durante un año. A bordo de su velero, recorrieron 35 países, cruzaron el Atlántico, desafiaron huracanes y se adentraron hacia lo desconocido.

«¿Qué te ata?», le preguntó su psicóloga a Guillermo Albizúa. El hombre que había hecho una carrera como ingeniero en petróleo dentro de la industria hidrocarburífera, primero en Neuquén y luego en Bolivia, se encontraba ante un camino incierto. Tenía que elegir qué iba a hacer ahora que su empresa entraba en crisis y se abría un plan de desvinculación. Hacía ya algunos años se le había despertado un sueño al que algunos llamaban «locura»: viajar por el mundo en velero.
No estaba seguro de adentrarse en ese nuevo proyecto o ir por el «plan B», «laburar un tiempo con los árabes, hacer plata unos años y volver». Pero la psicóloga sabía que en él había un «anhelo», un deseo que perseguir y lo impulsó a tomar el «plan A». «Me dijo de una manera muy profesional y académica que era un cagón. Nunca me lo habían dicho así de claro», contó Guillermo entre risas.
Fue el empujón que necesitaba para decidirse y su compañera de toda la vida, Marcela De Matteis, se unió a la aventura. Así se sumergieron en un viaje interoceánico que los llevó por 35 países, por el que atravesaron huracanes y tormentas, noches en vela, cielos estrellados, atardeceres alucinantes y conocieron personas increíbles.

El inicio de la aventura: Estados Unidos, el Caribe y el un huracán inesperado
El punto de inflexión llegó en el 2022. Cuando Guillermo y Marcela definieron que se dejarían llevar por las olas, pusieron el plan en marcha. Vendieron lo que pudieron, alquilaron su casa en Bolivia y con la indemnización y sus ahorros, compraron «El Inga», un robusto velero Hallberg-Rassy 42F de fabricación sueca, un verdadero «Mercedes Benz de los barcos de crucero».
Albizúa ya tenía una vasta experiencia en navegación. Desde sus inicios en el remo y su paso por veleros más pequeños en Argentina –el H20 y un Tritón 28–, fue cultivando una pasión que lo llevó a obtener las más altas titulaciones náuticas, incluyendo el codiciado Piloto de Yate de la Prefectura Naval Argentina. Este título, que lo habilitaba para la navegación astronómica y transoceánica, era la llave para concretar la travesía.
El sueño de Guillermo se convirtió en una aventura familiar: por todo un año «El Inga» fue el hogar de la pareja y de sus dos hijos, Iñaki (24) y Joaquín (21).
El puerto de salida al mundo fue Estados Unidos. Guillermo partió primero para preparar el barco en Maine. Marcela y Joaquín se le unieron en diciembre de 2022 en Newport, Rhode Island. Así comenzó el viaje, con un pequeño detalle que no tuvieron en cuenta: hacían menos 20°C y aún no funcionaba la calefacción.
«Esa parte estuvo dura», acotó la mujer, pero no duró mucho. Ya en Florida se sumó Iñaki y la familia continuó navegando la costa este de Estados Unidos en busca del calor, soportando condiciones extremas y aprendiendo a vivir a bordo.
Fue en las Bahamas, con sus aguas turquesas y sus temperaturas caribeñas, donde realmente empezó «la parte buena». «Creo que fue el mejor mar”, afirmó Marcela. Allí se instalaron a disfrutar durante tres meses, aunque no todo era ideal: tuvieron que sortear la escasez de agua dulce y el alto costo de vida. Guillermo, con su ingenio, puso en marcha la desalinizadora del barco y resolvieron ese problema.
Su viaje por el Caribe los llevó por diversas islas, aunque algunas decidieron evitarlas por seguridad. No entraron a República Dominicana y pasaron de largo por Puerto Rico, debido a trámites migratorios. Gozaron de las Islas Vírgenes y recalaron en San Martin. Ahí se enfrentaron a uno de sus mayores desafíos: un huracán inesperado.

Guillermo recordó la tensión de esperar el ojo del huracán. «Pusimos 50 metros de cadena y pasó el ojo. Nos comimos la calma y esa parte es jodida», relató el capitán y graficó: «Es como que estás sentado en el banquillo, lo tenés a Tyson enfrente y sabés que va a sonar la campana, va a salir y te va a doler».
La estrategia fue «correr el temporal». Cuando se enteraron de que se acercaba, la decisión fue inmediata: «Este barco zarpa a las 5 de la tarde», sentenció Albizúa. Navegaron cuatro días sin pausa hacia el sur buscando refugio en Bequia, en las Granadinas. Protegidos tras un cerro, soportaron vientos de 50 nudos y una lluvia torrencial. «Sentimos una ola rara, ondulante y después entró a bailar», describió Marcela, pero gracias a la rápida reacción y a la robustez de «El Inga», la familia y la embarcación salieron ilesos.
La travesía continuó hacia el sur y luego viró al oeste. La navegación bordeando Venezuela fue otro momento de alta tensión, pero esta vez no por el clima, sino por las advertencias de «piratería». Lo hicieron en «modo sigiloso», con luces e instrumentos apagados y en silencio.
Al llegar a las aguas de Aruba y luego a Colombia, el ciclo familiar comenzó a cerrarse. Iñaki desembarcó en Cartagena en noviembre y Joaquín hizo lo propio en Panamá un mes después para continuar con los estudios universitarios en Córdoba. El sueño compartido de un año se había cumplido.
Cruzar el Atlántico rumbo a Europa: el nuevo desafío de Guillermo y Marcela
Para Guillermo y Marcela, sin embargo, el viaje estaba lejos de terminar. Después de un breve receso en Argentina para pasar las fiestas, la pareja regresó a Panamá en marzo de 2024. El barco ahora se sentía más grande. «Nos preguntamos: ¿seguimos o no seguimos? Y sí, seguimos», confesó Marcela, quien a pesar de extrañar a su perra y su tierra, sentía que la aventura debía continuar.
El nuevo objetivo era ambicioso: llevar a «El Inga» hasta Europa. El trayecto incluyó escalas en Jamaica y Gran Caimán, donde tuvieron que sacar la máquina de coser para reparar velas rotas en plena navegación, una parada técnica en Guatemala y un desvío inesperado a Cuba para arreglar el timón de viento. Pero el verdadero reto fue el cruce del Atlántico.

Desde las Bermudas hasta las Islas Azores y finalmente a Galicia, España, la pareja se enfrentó a la inmensidad del océano en soledad. Fueron días de guardias rotativas de tres horas durante la noche, de vigilar el horizonte buscando ballenas y de confiar ciegamente en el otro. «Ahí es donde la relación suma años. Esos tres años de viaje valen por diez de matrimonio, estás 24/7 dependiendo de tu compañero», reflexionó Guillermo.
Esta vivencia transformó la visión de la pareja sobre lo material. Al desarmar su casa para emprender la travesía, Marcela se dio cuenta de cuánto acumularon innecesariamente. «Acumulás zapatos, carteras, perfumes, un montón de cosas y, al final, no ves que la felicidad está en las cosas simples, en compartir, descubrir nuevos lugares. Viajar, para mí, es lo más lindo de la vida», enfatizó.
Hoy, el velero descansa en el puerto de Vigo, mientras sus tripulantes recargan energías en Neuquén. No saben si volverán a zarpar pronto o si echarán raíces un tiempo, pero tienen la certeza de haber respondido a esa pregunta inicial: «¿Qué te ata?». Ya nada los ancla, salvo el deseo de seguir eligiendo su propio rumbo.

Aventura en el continente blanco: la travesía Antártica de Guillermo
Más allá de la épica navegación en «El Inga», Guillermo Albizúa vivió otra experiencia marítima que marcó su espíritu: una expedición a la Antártida Argentina a fines de 2024. Ganó un concurso organizado por una empresa de navegación de un viejo amigo, Federico, con quien había compartido su primera travesía oceánica de Punta del Este a Santos, Brasil. Fue ese primer viaje el que encendió la chispa y lo impulsó a formarse en navegación.

La aventura antártica partió de Ushuaia, hizo escala en Puerto Williams y Puerto Toro (Chile), para luego navegar tres días a través del temido Paso Drake. Durante tres semanas, Guillermo y la tripulación exploraron el majestuoso archipiélago antártico, visitando bases como Bravo. El regreso fue desde la Isla San Jorge, con un vuelo a Punta Arenas que puso fin a la expedición.
«El paisaje es increíble», aseguró Guillermo. Señaló que el famoso Perito Moreno «se queda chico» ante la magnitud de los glaciares y formaciones de hielo del continente blanco. Esta experiencia, que según indicó suele tener un costo cercano a los 20.000 dólares, fue para él un regalo de la vida.
Una historia de amor que nació en la Patagonia y navegó por el mundo
La travesía de Guillermo y Marcela no comenzó en altamar, sino en tierra firme, hace ya 30 años. Inició en Centenario en 1994, cuando la vida los cruzó en un boliche, «Chocolate». Por aquel entonces Marcela era una joven docente de 23 años y Guillermo un estudiante de ingeniería de 20 oriundo de Conesa.
Forjaron un noviazgo que, como ellos mismos dicen, se transformó en «toda una vida juntos». A lo largo de los años, su relación se adaptó a las distintas localidades de Argentina donde los llevó la carrera de Guillermo. Incluso su boda, en Rincón de los Sauces, estuvo marcada los ritmos de la industria: un almuerzo íntimo y sin grandes festejos, para luego seguir con sus obligaciones.

Vivieron 11 años en Bolivia y una crisis económica hizo tambalear las estructuras de aquella vida construida alrededor del trabajo. «Yo creo que todo aquel que se compra un velero en el fondo quiere descolgarse del mundo en algún momento y decir: ‘bueno señores, me toca hacer uso de mis libertades‘», reflexionó el ingeniero. Y así lo hizo.
El sueño de Guillermo de navegar por el mundo pronto se convirtió en un proyecto de los dos. Ella, que al principio «no le tenía fe», fue quien lo impulsó a tomar la decisión definitiva: «Si querés lo del barco es ahora». Juntos, enfrentaron la incertidumbre, vendieron sus posesiones y se dejaron llevar por el océano.
Hoy, después de recorrer 35 países, más 30 años y haber criado dos hijos, se miran complicidad. Aunque intentan evitar «ser cursis», demuestran que el amor no solo resiste el paso del tiempo y los desafíos de la vida, sino que también es capaz de desplegar las velas hacia lo desconocido y construir, día a día, una nueva aventura.

"¿Qué te ata?", le preguntó su psicóloga a Guillermo Albizúa. El hombre que había hecho una carrera como ingeniero en petróleo dentro de la industria hidrocarburífera, primero en Neuquén y luego en Bolivia, se encontraba ante un camino incierto. Tenía que elegir qué iba a hacer ahora que su empresa entraba en crisis y se abría un plan de desvinculación. Hacía ya algunos años se le había despertado un sueño al que algunos llamaban "locura": viajar por el mundo en velero.
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