Yanina Rosenberg lanza libro con relatos que rodean lo extraño
La escritora en los cuentos que integran “La piel intrusa”, abundan la extrañeza y la desolación y los personajes desconectados que llegan a hacer cosas impensadas.
Para dar cuenta de la multiplicidad del yo, de las impensadas y hasta siniestras facetas que conviven en una persona, a la escritora Yanina Rosenberg le gusta plantear escenarios cotidianos que se trastocan para dar paso a un orden fantástico y hostil: así se vinculan los cuentos que componen “La piel intrusa”, donde una mujer puede mutar en árbol o una madre pierde a su hija y la ve replicada en todos los departamentos vecinos.
Rosenberg, nacida en 1980, construye historias donde abundan la extrañeza y la desolación: en cuentos como “Evelina”, “El peor castigo”, “Guazuvirá” o “El estimulante sabor de la libertad” los vínculos se resquebrajan y los personajes resbalan por tramas que estratégicamente dejan afuera aquello que en el tratamiento tradicional del género podría haber evolucionado hasta un desenlace dramático.
Guiados por esa suerte de realismo viscoso que transita la escritora, los relatos de “La piel intrusa” -galardonados por la Fundación El Libro por un jurado integrado por Abelardo Castillo, Luisa Valenzuela, Antonio Skármeta, Pablo De Santis y Daniel Divinsky- tematizan el desencuentro de las parejas y deconstruyen la idea del instinto materno para plantear una exploración oscura de la maternidad y de los mandatos de género.
P- La mayoría de los personajes que aparecen en los relatos están interconectados por la soledad, el desencuentro y hasta la violencia ¿El hilo conductor es una mirada sombría sobre el mundo y las relaciones?
R- Es cierto que muchos de mis personajes se sienten solos, perdidos incluso en sus lugares más cotidianos. En un día común y corriente, de repente todo empieza a parecerles extraño. Es como si, de la nada, se desconectaran de la realidad. Los hombres están desconectados de las mujeres por una cuestión de roles de género. Las madres están desconectadas de sus hijos, y los padres de la paternidad. También hay parejas desconectadas por evoluciones personales, e incluso hay personajes desconectados de su propia evolución. Es como si, en cada paso de esa constante evolución, los personajes se trasladaran a un mundo completamente nuevo, a una realidad distinta que no llegan a comprender porque ya enseguida tienen que subir un nuevo escalón en su evolución. El mundo va más rápido que ellos, y ellos no entienden lo que ven, o no llegan a ver. Es tal la desconexión que por momentos se sorprenden antes ciertas reacciones propias. Están dentro de pieles que desconocen, que los llevan a hacer cosas terribles.
P- ¿Son cuentos que con su carga hiperbólica buscan sacar a la luz el componente “inquietante” de las realidades que habitamos?
R- Lo cotidiano está compuesto por lo que vemos y también por una materia oculta que no tenemos a simple vista, que se ve según el enfoque de la luz como las pelusitas que flotan en el aire. Estamos rodeados de mundos paralelos que andan alrededor nuestro esperando el momento indicado para salir. En cada movimiento se abre un universo de fisuras por donde lo extraño puede meter las manos. Una hija nos grita y nos humilla en medio de un subte repleto, acusan a nuestro hijo de haber querido prenderle fuego a un compañero en el colegio, nuestros amigos desaparecen después de un examen en la facultad: son esos momentos, esas situaciones límite las que abren la puerta a lo inquietante, a eso que no estamos acostumbrados a ver. Lo extraño es la mejor vía de escape para una realidad que no queremos aceptar.

P- ¿Qué autores fueron fundamentales a la hora de trabajar lo siniestro y lo oculto?
R- De John Cheever me gusta su oscuridad disfrazada de luz. Esos personajes impecables por fuera pero corroídos por dentro. Aunque para espolear mi lado fantástico suelo recurrir a los clásicos como Cortázar, Bioy, Quiroga y, más acá en el tiempo, Etgar Keret. Su habilidad para crear es tan grande, que sus mundos resultan más verosímiles que la propia realidad.
P- ¿Cómo se conjugan tu profesión de farmacéutica con la literatura? ¿Hay un punto de contacto o retroalimentación entre ellas?
R- Se complementan mucho más de lo que cualquiera podría creer. En especial en la idea de ver más allá de lo que vemos. Las ciencias exactas, con sus teorías y abstracciones, afirman cosas que no vemos, que son imposibles de ver. No vemos los protones ni los electrones en los compuestos químicos pero sabemos que están, tenemos que creer que están. Con las realidades que intento mostrar en mis cuentos, pasa algo parecido. Es infinito lo que no vemos y podríamos ver.
P- ¿Trabajar por momentos en los bordes entre realidad y ficción implica en tu caso una decisión azarosa movida por el fluir libre de la escritura o pretender fijar posición de alguna manera sobre las categorías que rotulan o encorsetan la literatura?
R- Prefiero escapar a las categorías y las etiquetas. Me gusta escribir sin guías, y pensando que cada cuento es distinto al anterior. Trato de escribir lo que me gustaría leer, esa literatura que indaga desde las tripas, que no da respiro en cuanto a sorpresa. Me encanta ese momento en que llego a una situación o a un final impensado, que termina por sorprenderme a mí también.
Télam
Para dar cuenta de la multiplicidad del yo, de las impensadas y hasta siniestras facetas que conviven en una persona, a la escritora Yanina Rosenberg le gusta plantear escenarios cotidianos que se trastocan para dar paso a un orden fantástico y hostil: así se vinculan los cuentos que componen “La piel intrusa”, donde una mujer puede mutar en árbol o una madre pierde a su hija y la ve replicada en todos los departamentos vecinos.
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