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Tan claro que Cuba está cambiando como que aún conserva una gran cantidad de postales de hace medio siglo. La transición llevará tiempo. Mientras, visitar la isla caribeña puede ser una oportunidad para ver cómo fueron la cosas y para imaginar cómo pueden llegar a ser.

Con la intención de descubrir cómo es Cuba sin pisar ni un resort, recorrimos la isla de un extremo al otro. Nos alojamos en casas de familias. En un registro de notas diarias, durante 3.300 kilómetros me propuse capturar instantáneas: personajes, anécdotas y sensaciones.

El plan: pintar -mostrar, no explicar- la experiencia en el país que fue gobernado por Fidel Castro durante casi 50 años. Una trinchera donde el corazón de la economía es la industria del turismo, de gran crecimiento los últimos años.
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~ La Habana ~

La señora de la casa donde nos hospedamos tiene sus manos y la cabeza en la reja que da a la calle. Mira a la gente que camina por la vereda. “¿Qué tal la película hoy?”, pregunto. Ríe. La noche anterior me había dicho: “Mirar por la ventana es como ir al cine”. También me había contado que dejó su trabajo en el Estado: “Ganaba muy poco y me cansaba mucho”. Prefiere limpiar su casa y recibir turistas. Pero tampoco es fácil: “Me duele la espalda, me agoto. Y estoy aburrida”, dice.

Cuba en auto, de punta a punta: <br/> 3.300 km en 21 días
Los balcones, un respiro al calor.
Panadería.

“¿Me compra un pastel de fruta?”, escucho. Una señora mayor, con un vestido amarillo patito, agita su mano y estira el brazo para darme monedas.

-Pero hay una fila -digo, y siento veinte miradas.

-Por eso, para no hacer la fila -replica ella.

-¡¿Eh?! Señora, hay mucha gente atrás.

-Ah, bueno, gracias -dice, siempre sonriendo.

La señora guarda las monedas y sale de la panadería. Me pregunto si fui justo con los veinte que están detrás o un insensible, incapaz de ahorrarle tiempo.

Comunismo.

Una mujer se baja del taxi-colectivo y se queja porque el conductor no la deja tres cuadras más adelante. Paga 10 pesos cubanos, y sigue protestando: “Que era más adelante”, insiste, sonriendo. “Que no puedo, ¿por dónde me meto? No me apriete más”, dice el conductor. “El que aprieta es el comunismo”, replica la mujer, antes de cerrar la puerta y caminar en dirección al Capitolio.

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Almuerzo.

Oficialmente, los cubanos ganan unos 25 dólares al mes. Almorzando en Habana Vieja gastamos algo más que eso. Me está dando culpa, hasta que a nuestro lado veo que una pareja local gasta el doble. ¿Consumirán en una hora lo que ganan en un mes? Charlamos. El hombre dice: “Acá, todos tenemos una segunda, tercera o cuarta vía de ingresos”.

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Engaño y consuelo.

Ella cubana y él británico: ambos periodistas amigos. Hablamos de la vida en Cuba y de los temas que molestan al gobierno, como cárceles y turismo sexual. Ella, que recién volvió al país tras una década, sufrió una gran decepción. Su tío está internado y solo hubo una forma de que fuera bien atendido: “Hacer regalos al médico. Es muy triste: siento que crecí engañada por la revolución”. Y encuentra consuelo: “Todo el mundo lo está yendo a visitar. La gente acá tiene tiempo y mi tío nunca está solo”.

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Auto.

Nos habían advertido que era complicado alquilar auto porque hay pocos. Vamos a tres agencias y no hay. Pero alguien -en Cuba siempre hay un “pero” y un “alguien”- nos dice que vayamos al hotel Habana Libre. Allí pedimos reservarlo para dentro de dos días. “No. Tiene que ser ahora. En dos días no le puedo garantizar nada”, insiste el vendedor. En La Habana no necesitamos auto. Volvemos dos días después. Delante nuestro, a una pareja de británicos le dicen que no hay autos. Acto seguido, a nosotros nos dicen que sí hay. Detalle: mientras esperábamos, un empleado recorrió la fila y preguntó por cuántos días queríamos alquilar. Los británicos dijeron que para cuatro, nosotros para 16.

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Sonrisas.

Hay muchas sonrisas por todos lados. Como una señora, cargada con bolsas en las manos, que corre sonriendo por la avenida 23 para alcanzar un colectivo. Pero no llega. Y se queda en la parada sola, sonriendo.

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Disfraz como atracción turística.
Dólar ambulante.

Recorremos el centro de La Habana con un mapa de papel. Un hombre -camisa, corbata y saco- pregunta a dónde vamos. Solo paseamos. Se ofrece como guía por 20 dólares, y promete revelarnos los mejores bares. Gracias, pero no. A los pocos días de haber llegado, ya es incómodo convivir con la sensación de llevar el símbolo del dólar sobre la cabeza. Pero es entendible: el dinero llega de afuera y somos -los extranjeros- una gran oportunidad.

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~ Playa Girón ~

A 200 kilómetros de La Habana, un español, acompañado por una morena tres veces menor, nos indica por donde bajar a la arena. Así llegamos a la playa más conocida del lugar: agua turquesa, palmeras y dos puestos rústicos de venta. Uno de bebidas: coco, coco loco -con ron- y mojito. El otro de comida: plato de pescado, arroz y plátano frito (4 dólares). Por un dólar compro un coco frío. Carli, el morocho flaquito que me atiende, me habla de Messi y se declara fanático del crack.

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Parientes.

“Pícale el coco al argentino”, le dice Carli a su ayudante, un grandote con una camiseta desteñida del Barcelona, estampada con el “10” y “Messi”. Tras un par de machetazos secos, me devuelven el coco listo para comer. Atardece. Carli nos ofrece hospedaje en lo de su cuñado. Vamos a la casa pero está ocupada. El cuñado dice que tiene una habitación en lo de su madre, que es cerca. Allí hay dos ancianas sentadas en la cocina: “Mamá y la tía”, las presenta. La habitación es oscura y pequeña. El baño queda en la otra punta de la casa, dentro de otra habitación, que es de su hermana pero que no se alquila. “Ella vive hace 30 años en Canadá. Esto es verdad, eh, yo también voy a ir a Canadá, a trabajar en la construcción”, dice el cuñado. “Sí, sí, eso es verdad, eh”, insiste Carli. Prefiero ver otros lugares. Mientras me pregunto qué no es verdad de todo lo anterior, Carli nos lleva a lo de José, “un primo”, a un par de cuadras. Ahí dormimos, en el barrio donde todos parecen parientes.

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Piscina natural.

Carli nos pasó el dato: a 8 kilómetros de Playa Girón está Caleta Buena. La entrada (15 dólares) incluye desayuno, almuerzo y bebida libre. El menú: pollo, cerdo, pescado frito, arroz con azafrán, ensaladas, sopa y pan. La barra: cerveza tirada y tragos con alcohol de poca calidad en vasos de plástico. Lo mejor: la piscina natural formada por rocas. El agua: turquesa de lejos, transparente de cerca. Se ven peces de todos los colores.

Cuba en auto, de punta a punta: <br/> 3.300 km en 21 días
Caleta Buena, gran opción para hacer snorkel.
Tú sabes.

Estoy por zambullirme pero me interrumpe un saludo. Es el español del día anterior: panzón, en sunga, tiene una cruz en el pecho y una cerveza en la mano. Me cuenta: creció en Venezuela, vivió mucho en Centroamérica y cada tanto vuelve a La Coruña, donde se aburre. “Por mi trabajo viajo mucho. Cuba me encanta, tú sabes”, dice. “Me gusta estar con jóvenes. Para viejo estoy yo”, dice, y suelta una carcajada. “Nunca me casé, y eso que reconocí cuatro hijos con distintas mujeres. Con la última fue un problema no casarme. Se enfadó mucho. Y ahora, las vueltas de la vida: esta niña me tiene ‘enganchao’. ‘Alfonso, cásate conmigo’, dice la niña. Vamos un año y medio así, y yo no sé”, dice. Le pregunto en qué trabaja. Me mira, lleva los ojos al cielo, sonríe, y me vuelve a mirar: “Si te digo, no me lo vas a creer”.

-¿Por qué?

-Soy representante.

-¿De futbolistas?

-No, de artículos religiosos, los vendo.

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El malecón de La Habana, símbolo de la isla, se extiende por 8 kilómetros.
Negocios.

Me zambullo en el agua. Me echo al sol. Tomo apuntes. Me interrumpe Alfonso: “¿Qué hay?”. Cierro la libreta. El español lleva un vaso de plástico con un líquido verde fosforescente. La chica, con calzas rosas y una camiseta gris de manga larga, saluda con la mano sin hablar. Escucha reggaetón en el celular. Comento que iremos a Cienfuegos. “Sin prisa, tú sabes”, acota Alfonso -guiña un ojo, cómplice, no sé de qué-. “¿Tienen dónde dormir?”, pregunta él. Digo que algo encontramos. “Hombre, tú sabes, con dólares todo se consigue”, añade, sonriendo. La cubana parece ausente. “Ya le he dicho a esta niña -sigue Alfonso- que se busque un extranjero con pasta, porque yo no tengo. ¿Qué me has visto?, le pregunto. Insiste en casarse. ¿Quién sabe? A lo mejor la saco de Cuba. Aunque acá vienen años buenos de negocios... Tú sabes, ¿no?”.

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¿Querés ir? Lo que tenés que saber:
Lo mejor: escuchar música en Casa de la Trova, Casa de la Música o Casa de las Tradiciones. Genuinas, siempre la pena visitarlas y están casi todos los lugares.
Dato: el turismo explotó en los últimos años. Cuba superó en 2016 por primera vez los 4 millones de visitantes, y este año se espera que crezca aún más.
Vuelos: desde Viedma/Neuquén a La Habana, a partir de 18.000 pesos.
Moneda: conviene llevar euros. U$S1=1 CUC (peso convertible cubano)=26,5 CUP (pesos cubanos). Atento: las monedas y los billetes cubanos se confunden fácil y se puede perder mucho en un vuelto.
Visas. La Tarjeta de Turista se saca en el día en la Embajada de Cuba en Bs.As: (11)4782-9049 / embacuba@arnet.com.ar. Consultar por otras opciones.
Recorrido: La Habana, Playa Girón (Nota I); Cienfuegos, Trinidad, Camagüey, Santiago de Cuba, Baracoa, Guardalavaca, La Llanita (Nota II); Cayo Coco, Santa Clara, Viñales, Cayo Jutías (Nota III).
Kilómetros: 3.300 en 21 días
Auto. Sin alquilar vehículo es imposible hacer este recorrido -además de las escapadas- en tres semanas. El transporte público apenas funciona.
Rutas: gran parte en mal estado. De noche hay poca o ninguna iluminación.
Dormir. En casas particulares (tienen un logo azul que las identifica) desde 20-25 dólares por noche para 2 personas.
Desayunar: desde 5 dólares las casas particulares sirven desayuno.
Comer: desde 5 dólares por persona. Los paladares (restaurantes) para los locales son más económicos.

Fotos y Textos de Juan Ignacio Pereyra

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