Desaparecidos: el horror que no cesa

Por Alejandro Lifschitz

Redacción

Por Redacción

Con decenas de lápidas como testigos, José se reencontró ayer con Susana, su esposa hasta aquel día de agosto de 1976 cuando fueron fusilados en un descampado y pasaron a ser parte de los miles de desaparecidos que dejó la última dictadura militar argentina.

Debieron transcurrir casi 24 años hasta que un grupo de antropólogos forenses pudiera reconocer a José Daniel Bronzel en medio de un montón de huesos que habían estado sepultados en un cementerio de Buenos Aires bajo el rótulo «NN».

Un año atrás, en junio de 1999, los mismos antropólogos habían identificado a su esposa, Susana Elena Pedrini, que en el momento de su secuestro -el 27 de julio de 1976- llevaba en su vientre a un bebé de dos meses que murió con ella.

Desde ayer, los restos de José, quien tenía 29 años cuando fue asesinado, descansan en el pequeño Cementerio Británico de Buenos Aires, en la misma tumba donde desde el año pasado yace Susana.

«En medio de tanto horror es una bendición poder estar enterrando a José y Susana juntos», dijo entre lágrimas Noemí Pedrini, la hermana de Susana, mientras la vista se le perdía en un manojo de flores que cubría la urna con los huesos de su cuñado.

José y su esposa fueron fusilados en un descampado y dinamitados junto con otras 28 personas el 20 de agosto de 1976, en lo que se dio en llamar como la «Masacre de Fátima», por la ciudad de la provincia de Buenos Aires donde sucedió.

Cinco meses antes, una junta de gobierno comandada por las Fuerzas Armadas había tomado el poder y dado comienzo a un régimen de terror dirigido contra todo aquel considerado opositor y que dejó un saldo de entre 15.000 y 30.000 desaparecidos. A pesar de la magnitud de la cifra, pocas familias pudieron recuperar los restos de sus seres queridos.

Durante el régimen de facto, que culminó en 1983, efectivos militares y agentes policiales secuestraban a los sospechosos de participar en la guerrilla izquierdista y los trasladaban a centros detención.

Muchos de ellos morían como consecuencia de las torturas y otros eran arrojados vivos al mar o al Río de la Plata desde aviones en los macabros «vuelos de la muerte», según incontables testimonios. En 1985, los jefes de la dictadura fueron condenados por sus violaciones a los derechos humanos pero recuperaron su libertad cinco años después por un indulto del presidente Carlos Menem, aunque muchos de ellos ahora enfrentan cargos por el robo de bebés nacidos en cautiverio entre 1976 y 1983.

José y su esposa estuvieron detenidos antes de su fusilamiento en el actual Cuartel Central de la Policía Federal, en el centro de Buenos Aires y a pocos centenares de metros del Congreso de la Nación.

«Acá estamos una vez más enterrando a uno de nuestros 30.000 desaparecidos. Ver esa urna, ver ese montoncito, cuando ellos estaban llenos de vida (…) es una cosa que indigna y duele», dijo a Reuters Tati Almeyda, del grupo de derechos humanos Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora.

Luego de la Masacre de Fátima, los restos de los fusilados fueron enterrados como NN en el cementerio de Pilar, una ciudad 50 kilómetros al norte de Buenos Aires. En los 90, estas tumbas fueron descubiertas y antropólogos forenses comenzaron el lento proceso de identificación. De los 30 fusilados en Fátima, 13 ya fueron identificados. Entre los que aún esperan reconocimiento pueden estar los restos de Cecilia Podolsky, la mamá de José, que murió junto a su hijo en ese siniestro descampado. (Reuters)


Con decenas de lápidas como testigos, José se reencontró ayer con Susana, su esposa hasta aquel día de agosto de 1976 cuando fueron fusilados en un descampado y pasaron a ser parte de los miles de desaparecidos que dejó la última dictadura militar argentina.

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