Cortes sin sentido
No se equivoca el ruralista y asambleísta Alfredo De Angeli cuando dice que si se levanta el corte de ruta en Gualeguaychú «nadie más se acordará del problema de Botnia». De Angeli y quienes piensan como él están en lo cierto porque desde hace mucho tiempo «el problema» no consiste en los eventuales perjuicios ecológicos que podría ocasionar la pastera sino en la voluntad al parecer irrenunciable de los activistas de seguir bloqueando los accesos a Uruguay. Aunque a esta altura les es evidente que los cortes no sirven para nada, puesto que en los próximos años la planta de Botnia continuará produciendo papel, se niegan a levantarlos porque no les gusta perder. Lo que es de suponer comenzó como una protesta legítima contra la llegada de un emprendimiento industrial a una zona mayormente rural con aspiraciones turísticas se ha transformado en un acto casi religioso, ya que los que participan de los cortes están más interesados en confirmar su propia fe en su causa que en impulsar cambios concretos.
Hace algunos días, el gobernador de Entre Ríos, Sergio Urribarri, convencido de que la planta de Botnia no contaminaba, procuró persuadir a los asambleístas de deponer su actitud, pero por las razones resumidas por De Angeli se rehusaron a prestarle atención. Para ellos, lo que importa no es la pastera o su hipotético impacto en el medio ambiente sino hacer gala de su propia terquedad. Sucede que, según todas las fuentes no comprometidas con «la causa», la contaminación atribuible a la planta de Botnia es exclusivamente estética. Conforme a la Cancillería de nuestro país y al gobernador Urribarri, a pesar de que Botnia haya estado operando a pleno desde hace más de un año, no hay señales de que esté afectando las zonas circundantes. Y, como si esto no fuera suficiente, nuestro embajador en Montevideo acaba de afirmar que las protestas ya dejaron de producir daños económicos a Uruguay. Los cortes de ruta se han convertido en una especie de rito folclórico con cierto tufillo nacionalista, sin ningún sentido, que han dejado de provocar muchos inconvenientes porque quienes de otro modo utilizarían las rutas bloqueadas optan por aprovechar las alternativas que se dan.
Para el gobierno de nuestro país, la terquedad de los asambleístas gualeguaychuenses sí constituye un problema. Puesto que ni el nacional ni el provincial parecen dispuestos a ordenar a la Gendarmería desalojar a los manifestantes para que se respete el derecho a circular libremente por las rutas del país, lo único que pueden hacer es procurar persuadirlos de acatar la ley, lo que les sería fácil si los asambleístas fueran más racionales pero que debido a su intransigencia no lo es en absoluto. Aunque parecería que buena parte de la población del país, incluyendo a la mayoría de los entrerrianos, ya está harta de las protestas, los que como De Angeli las reivindican insisten en que no pueden modificar su actitud por tratarse de una causa que imaginan popular. A su manera, se asemejan a los miembros de grupúsculos de la extrema izquierda que, si bien virtualmente nadie los vota, creen ser los únicos representantes genuinos del «pueblo». Viven en un mundo privado pero reconocerlo les sería humillante.
El gobierno del en aquel entonces presidente Néstor Kirchner contribuyó a crear esta situación tragicómica cuando, por especulación política, decidió hacer de la lucha contra la mayor inversión económica que había recibido Uruguay en toda su historia una «causa nacional». Desgraciadamente para el gobierno y para los asambleístas, sus pretensiones pronto serían rechazadas por la Corte Internacional de La Haya y una larga serie de organizaciones, algunas de ellas comprometidas con la defensa del medio ambiente, al darse cuenta de que no se concretarían las catástrofes ecológicas previstas por los militantes contrarios a Botnia. Es factible que la relativa limpieza de la planta -sobre todo cuando se la compara con sus equivalentes en nuestro país- se haya debido a las presiones de De Angeli y compañía. En base a dicha posibilidad, podrían atribuirse un triunfo para después organizar protestas contra empresas que contaminan mucho más que Botnia, pero parecería que están tan habituados a cortar rutas en los alrededores de Gualeguaychú que tomarían cualquier alternativa por una derrota insoportable.
No se equivoca el ruralista y asambleísta Alfredo De Angeli cuando dice que si se levanta el corte de ruta en Gualeguaychú "nadie más se acordará del problema de Botnia". De Angeli y quienes piensan como él están en lo cierto porque desde hace mucho tiempo "el problema" no consiste en los eventuales perjuicios ecológicos que podría ocasionar la pastera sino en la voluntad al parecer irrenunciable de los activistas de seguir bloqueando los accesos a Uruguay. Aunque a esta altura les es evidente que los cortes no sirven para nada, puesto que en los próximos años la planta de Botnia continuará produciendo papel, se niegan a levantarlos porque no les gusta perder. Lo que es de suponer comenzó como una protesta legítima contra la llegada de un emprendimiento industrial a una zona mayormente rural con aspiraciones turísticas se ha transformado en un acto casi religioso, ya que los que participan de los cortes están más interesados en confirmar su propia fe en su causa que en impulsar cambios concretos.
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