«La ficción del ahorro» o cómo el dinero moldea los deseos, miedos y fantasías de los argentinos, en la novela imprescindible de Carmen M. Cáceres
Carmen M. Cáceres habló con Lecton de su novela “La ficción del ahorro”. Una chica de veinte años vuelve desde Buenos Aires a la casa familiar, en Posadas, para ayudar a extraer los dólares de la caja de seguridad de un banco. Es el verano de 2001, y el malestar social creciente, el calor y todo lo que ve en este regreso a la ciudad natal despierta en ella una serie de especulaciones acerca del dinero y la familia, el pasado y el futuro, la riqueza y la pobreza, la Capital y el interior. La historia de una familia de clase media de Posadas es también la historia de un país, de sus deseos y fracasos.
A los argentinos nos cuesta hablar de dinero, pero lo pensamos todo el tiempo. En las páginas web de los diarios, la cotización del dólar es lo primero que aparece, una línea con números en alza o baja que puede marcar el humor de gobernantes, y sobre todo, del resto. El dinero, en la Argentina, es la medida de los sueños, y de los fracasos: por lo poco que alcanza, por lo que no sobra, por lo que compra, lo que vale, lo que se pierde. Es miedo, o una posibilidad, o un límite. También una forma de imaginar -o de no poder imaginar- un futuro.
El ahorro, esa palabra que en otros países remite a previsión o tranquilidad, acá es amuleto contra el derrumbe. De eso habla “La ficción del ahorro”, la novela de Carmen M. Cáceres, publicada por editorial Fiordo, un libro breve que cuenta esa trama íntima, a veces secreta y también colectiva, en la que el dinero termina siendo la médula de la vida familiar, el que moldea el deseo, su lugar en una escala social de pocos escalones, su imaginación.

Pero hay algo más en esta preciosa novela, premiada a fines de 2025 por Medifé, y es que narra la crisis del 2001 desde el interior. No hay manifestaciones en Plaza de Mayo, bancos porteños vallados, helicóptero ni cacerolas. Nada de eso aparece en la trama que también ocurre en aquel año inolvidable, pero que esta vez está contada desde Posadas, la capital de Misiones. Y aunque quede a 2.000 km del Alto Valle de Río Negro y Neuquén, parece tanto más próxima que todo lo visto y leído sobre aquellos días aciagos en Capital Federal. El libro abre con esta cita de Luis Chitarroni: “Toda literatura es provinciana. La literatura es provincia, tierra de vencidos”.
¿Cuándo se jodió la Argentina?
La historia arranca con una escena tan cinematográfica como argentina. Cualquier puede rescatarla, con variantes propias, del archivo de su memoria personal: una hija que estudia en Buenos Aires, vuelve a su ciudad natal para acompañar a su “segundo padre” (así será llamado, sin más explicaciones en toda la novela) a sacar los ahorros en dólares de una caja de seguridad, en pleno verano de 2001. Hace un calor húmedo y pesado que obliga a moverse lentamente. El método, para evitar una salidera, las miradas o las sospechas de quienes puedan cruzarse en la calle, es fajar los dólares, prolijamente guardados en varias bolsitas, alrededor del cuerpo de la joven con cinta embalar. Otra vez, un sistema bien argentino, y a la vez, una situación que cuenta un país, sus miedos, y crisis.

“En las provincias tenés un doble movimiento. Por un lado ves la crisis por la tele, porque nada que puedas hacer ejerce ningún tipo de diferencia:no tiene ningún sentido que te vayas a la plaza principal de tu ciudad a quejarte por las medidas del gobierno. No tiene ningún sentido, no existe, no tiene ninguna repercusión, ni para el gobierno provincial ni para el gobierno nacional. Pero por otra parte, como nada tiene repercusión, hace que no te sientas responsable ni corresponsable de ninguna decisión nacional. Hay también una especie de indiferencia. Está bien, porque tu voz no tiene repercusión, pero entonces, lo que ocurre es que ni siquiera emitís tu voz. Hay una distancia que te permite vivir quejándote sin hacer nada”, dice Carmen M. Cáceres desde el otro lado de la pantalla, a efectivamente 2000 kilómetros de distancia, desde Posadas.
Instalada en la capital misionera desde hace cinco años, madre de dos hijos pequeños, Carmen M. Cáceres es ilustradora y traductora, además de escritora (tiene publicados “Al borde de la boca. Diez intuiciones en torno al mate”, y “Una verdad improvisada, Un año con los ojos cerrados” en coautoría con su marido, el escritor Andrés Barba). Vivió en Buenos Aires, en Madrid, en Nueva York. Quizás por todas esas distancias, la novela no tiene una mirada romantizada de la vida en el interior.
“Para eso necesitas alguien que se haya ido o alguien que es de afuera. Lo que pasa es que el que es de afuera no tiene la visión local. El que nunca se fue no puede verlo desde afuera. Siempre tiene que ser el animal híbrido el que lo ve así, porque tiene los códigos de allá y tiene los códigos de acá. Y como es una cosa muy de gente del interior, yo no creo que haya nadie, incluso de Córdoba, que es una gran ciudad, o de Rosario, que no sienta ese rumrum de que no le encaja su realidad cuando esta en Capital, y cuando vuelve su realidad no está siendo leída. Eso es algo muy de lo federal de nuestro país. Yo creo que ahora hay novelas que transcurren más en provincias, que dan cuenta de eso, pero eso es un fenómeno de los últimos 10, 15 años con toda la furia”, dice.
-La madre y el segundo padre de Belén, la protagonista y narradora, tienen una relación completamente distinta con el dinero. Para ella hablar de dinero es obsceno, para él es una cifra de la que agarrarse.
-Esta es una novela que me llevó mucho tiempo escribir. De hecho, la dejé varios años quieta. Pero, en uno de esos movimientos de reescritura, entendí que esta novela iba más sobre el dinero y no tanto sobre Posadas. Entonces, me di cuenta que lo que tenía que definir a cada personaje por su relación con el dinero. Cómo se relaciona cada persona con el dinero depende de cómo lo gana, si lo gana, si viene de arriba, si no lo gana y lo tiene que pedir, si lo gana porque tiene un sueldo, si lo gana porque no tiene un sueldo y tiene que correr atrás, todo eso marca un carácter . Cómo cada uno se relaciona con el dinero muestra la psicología de cada personaje, porque al final no nos gusta pensar que el dinero nos determina tanto, pero sí lo hace, sí marca cómo gastamos, en qué cosas decidimos ser miserables, porque todos somos miserables, y en qué cosas somos dadivosos.
-La familia del libro es de clase media, y en ese caso, el ahorro es la medida de las fantasías futuras. ¿En qué medida el ahorro estructura eso?
-Eso fue algo que descubrí escribiendo el libro: uno no se puede imaginar muchas clases hacia arriba ni muchas clases hacia abajo. Hay algo en nuestra imaginación que se vuelve torpe. No puedo imaginar -más allá de la fantasía del yate de 3 millones de dólares en el Mediterráneo- los miedos y dónde le patina la relación con el dinero a alguien que tiene mucho, y tampoco tres clases más abajo; solo puedo asistir a ciertas carencias como con una especie de fascinación de cómo vive si solo tiene para ese día. El ahorro delimita esa imaginación posible. No es el dinero en tu billetera, sino el ahorro porque quien más quien menos, tiene algo en la cuenta o en el terrenito que sabe que le va a dejar su abuelo, algo de ahorro. El dinero, tal como se habla en el libro, tiene la erótica de la efímero, y el ahorro, en cambio, es estructura. El ahorro condiciona el presente porque organiza los síes y los noes: a tus hijos, a tus padres, a las personas que trabajan para vos y a las personas para las cuales trabajás. Solemos pensar que el dinero es un tema en la familia cuando muere alguien y hay que repartir una pequeña herencia, por ejemplo, o cuando hay distintas necesidades entre hermanas o hermanos, pero todas esas diferencias ya están plantadas en la infancia bajo la forma de futuros posibles. Eso lo vivo ahora como madre: cuando veo ciertas actitudes de mis hijos, pero también cuando siento tranquilidad porque pude guardar algo o miedo porque no, porque desahorré. “No hay que tocar esa guita por si pasa algo o porque capaz algún día alcance para comprar una casa”. Las cifras de dinero dan forma a lo que soy capaz de imaginar.
El libro está dividido en tres partes. La primera narra el presente, en 2001: la búsqueda de los dólares del banco hasta su salida a la calle. La segunda viaja al pasado, 1995 -con la imagen de unos dólares guardados entre medias hechas un bollo y un revólver-, al origen de esos dólares, y se centra en la familia ensamblada de Belén: sus padres, Carla, su hermana mayor, y Natalia, la hija de su segundo padre, y el recuerdo del suicidio de una vecina adolescente, un hecho oscuro, velado. Por último, una tercera, que retoma la salida del banco hasta la llegada a la casa familiar con los dólares, con un altercado en el río en el medio. Cada parte comienza con una fórmula (“conviene tener siempre”) que varía levemente. Conviene tener siempre, en orden de aparición: un presente, un pasado y un futuro a disposición.
El tiempo, en la novela, es una materia tan importante como el dinero. Ahorrar es vivir en otro tiempo; desahorrar es vivir en un presente radical. Y en un país donde el futuro es una sospecha, esa tensión se vuelve central.
-La novela no romantiza ni vuelve exótico el interior: lo muestra como un espacio donde conviven la economía informal, la desigualdad, los prejuicios. Y lo hace sin subrayados, con la naturalidad de quien conoce ese territorio desde adentro.
-Lejanamente, tenía la idea de narrar Posadas a raíz de que la ciudad había cambiado muchísimo en los últimos 20 años, y entre esos cambios, los principales están relacionados con la construcción de la costanera. Cuando se terminó la represa Yaciretá, eso hizo que se comieran los márgenes tanto argentinos como paraguayos, se hizo un lago, y esa ciudad, donde estaba mi casa, desapareció. Entonces, la idea era contar un poco esa ciudad ya desaparecida, que es la ciudad de mi infancia. Contar Posadas era importante en parte porque mucha de la literatura regional va siempre sobre lo mismo: los guaraníes, como si no hubiera acá una clase media urbana, como si todos estuviéramos todavía como hace 100 años, como Quiroga, en una balsa a la deriva, en el río.
-Hay una definición ya casi sobre el final del libro, que dice que el gran logro de la clase media es permanecer. Me interesa saber cómo pensás la clase media.
-Tenía mucho miedo, cuando el libro se publicó en España, de que lo leyeran como “la novela que viene a corroborar todos los clichés de Argentina: corralito, obsesión con el dólar, etc. Por suerte no fue así. Sacando el folclore nacional, mucha gente de clase media tiene los mismos problemas en cualquier parte del mundo: el de la vivienda, por ejemplo. Es un problema un poco transversal en este modelo económico: las clases medias no están pudiendo mantenerse en ningún lugar del mundo. Y pasa lo mismo con el ahorro porque no sólo ahorrar es difícil en todas partes y para todos, sino porque el ahorro como horizonte de lo posible es más chiquito. Nadie se va a comprar una casa ahorrando. Para bien o para mal, acá la fortuna es sinónimo de golpe de suerte.
“La ficción del ahorro” es una novela breve, de menos de 100 páginas, inolvidable; una novela sobre el dinero, sí, pero también sobre el tiempo, la pérdida, la ciudad que ya no existe, la clase media que se sostiene como puede y la imaginación que se achica cuando el ahorro se vuelve imposible. Con esos ingredientes condensa una historia de la Argentina, con sus crisis cíclicas, sus obsesiones, sus horizontes, sus pequeños aciertos, los sueños y fantasías, por acotados que sean, y sus fracasos.
A los argentinos nos cuesta hablar de dinero, pero lo pensamos todo el tiempo. En las páginas web de los diarios, la cotización del dólar es lo primero que aparece, una línea con números en alza o baja que puede marcar el humor de gobernantes, y sobre todo, del resto. El dinero, en la Argentina, es la medida de los sueños, y de los fracasos: por lo poco que alcanza, por lo que no sobra, por lo que compra, lo que vale, lo que se pierde. Es miedo, o una posibilidad, o un límite. También una forma de imaginar -o de no poder imaginar- un futuro.
El ahorro, esa palabra que en otros países remite a previsión o tranquilidad, acá es amuleto contra el derrumbe. De eso habla “La ficción del ahorro”, la novela de Carmen M. Cáceres, publicada por editorial Fiordo, un libro breve que cuenta esa trama íntima, a veces secreta y también colectiva, en la que el dinero termina siendo la médula de la vida familiar, el que moldea el deseo, su lugar en una escala social de pocos escalones, su imaginación.
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