Volver a casa corriendo: Paula, el Patagonia Run y una historia de heridas, amor y segundas oportunidades
A los 37 años, Paula Fuentealba regresa al lugar donde nació, San Martín de los Andes, corriendo por primera vez el Patagonia Run. Hoy psicóloga y madre, su historia atraviesa una infancia marcada por la ausencia, una vida de cambios y un presente donde el running se convirtió en una herramienta para sanar.
¿Dónde vas a empezar a llorar Paula? Ya estoy llorando… Desde acá mismo y por dos días seguidos.
Hay historias que no avanzan en línea recta. La de Paula empieza en 1988, en San Martín de los Andes, cuando el pueblo todavía era chico y la infancia tenía forma de calle, de bicicleta y de libertad sin reloj. Estuvo sólo hasta los 9 años entre su gente a la que ahora, y a través del Patagonia Run, vuelve a reencontrar.
No fue fácil la vida de pequeña para ella, aunque en sus recuerdos no hay días para olvidar. Aquel San Martín era la sensación de estar siempre a salvo «porque en definitiva ese lugar es mi casa». Creció entre abuelos que fueron mucho más que abuelos y en un universo cotidiano donde todo parecía encontrar su lugar. Ellos fueron, de algún modo, sus padres.
Hoy Paula Fuentealba vuelve a la tierra que un día dejó sin querer partir, ya hecha una mujer, siendo madre, esposa y una chapa orgullosa que dice que es psicóloga. La excusa es el Patagonia Run, que lo transita por primera vez y en la distancia iniciática de todo corredor que está gastando sus primeras zapatillas: los 10k. Reside en General Roca y fue allí donde comenzó a contarnos su historia.
Una crianza repartida entre abuelos, tíos y padres, con idas idas y vueltas que no siempre fueron fáciles, pero que, de alguna manera, construyeron una red de contención. Una familia imperfecta que fue capaz de cuidar y de no soltar.

A los nueve años dejó este lugar que la había hecho libre. Después vinieron Buenos Aires, Roca, Chos Malal. Una vida nómade, atravesada por cambios, adaptaciones constantes, por esa sensación de no quedarse del todo en ningún lugar, aunque siempre con una certeza silenciosa: algún día iba a volver. Lo que no imaginaba es que fuera a través del deporte.
«Cuando sos chica y venís de esa disfuncionalidad, no hay plata para llevarte a un deporte. El dinero era para comer y nada más. Entonces, hoy que tengo la posibilidad de haber estudiado, haberme recibido, de tener todo lo que construí y poder pagarme yo las cosas, me di cuenta que podía, de grande, empezar a hacer algo nuevo», cuenta Paula de cómo arrancó con el running.
«A San Martín siempre que puedo voy de vacaciones, pero mi sueño es volver. Dije: ‘cumplo 40 y me vuelvo’. No sé si voy a poder por ahora, pero mi sueño es ese». En Paula, que ahora tiene 37 años, la emoción empieza a jugar su partido cuando habla de su pueblo. «Me da emoción, me da alegría. Siento cosas muy lindas y a la vez tengo mucha ansiedad. Siento que voy a respirar. San Martín y su entorno es sinónimo de esa libertad de espíritu».
El camino no fue sencillo. Quiso ser médica, pero la realidad le marcó otro rumbo. Tuvo que trabajar para sostenerse, estudiar como se podía e insistir incluso cuando todo parecía empujar en contra. La Universidad de Palermo le otorgó una beca ganada con esfuerzo y una red de personas forjadas en el afecto la sostuvieron cuando más lo necesitaba. Se recibió y se convirtió en la primera universitaria de su familia. Un logro que no es solo un título: es una conquista colectiva.

Desde su trabajo como psicóloga, entendiendo que «cuerpo, mente y alma no son piezas separadas», sino un mismo entramado. Lo que le recomendaba a sus pacientes empezó a interpelarla a ella. Y entonces, casi sin darse cuenta, empezó a correr.
«En un momento de mi vida apareció una persona que se llama Gonzalo Quevedo, que era paciente y después se transformó en mi profesor. Fue él quien me inició en el running, me motivó un montón para poder iniciarme en esto, porque la verdad que correr es un proceso. Al menos para mí».
Volver a San Martín de los Andes, pero ya no como aquella niña que andaba en bicicleta sin preocupaciones, sino como una mujer que atravesó ausencias, que entendió su historia y que hoy busca volver con otra mirada. Más allá de que diga que va estar llorando desde la largada misma, atravesada por sentimientos y emociones.

La coraza que aprendió a construir de chica para que las carencias no la lastimaran, se desvanece ante esta apuesta de poder volver a respirar el aire de su pueblo a través del deporte. Correr para ella fue mucho más que una actividad: fue una herramienta, un sostén, e incluso una forma de salvarse. También la psicología.
«Creo que la psicología me sirvió como para un poco entender mi historia, porque gracias a mis pacientes yo aprendo un montón de cosas . De hecho, gracias a un paciente también, hoy estoy corriendo. Pero la precarización emocional que tuve en mi infancia y adolescencia, y que sentí hasta no hace mucho, que me llevó a hoy construir lazos muy amorosos, muy contenedores. En ese lugar están las personas que me quieren y me ayudaron a llegar hasta donde llegué».
¿Qué te imaginás en la llegada a la Plaza Central de San Martín?
«En esa plaza, cuando yo iba al jardín, nos hacían pintar todas las veredas y decorarlas con nuestros dibujos. Así que me emociona volver a ir a ese lugar, además estar con mi hija que casi tiene la misma edad de cuando yo pintaba esas calles».

La escena final ya se la imagina. Su abuela, sus tíos, su familia. Todos ahí, esperándola. Dice que primero tiene que completar los 10 kilómetros «que para mí son un montón». Para Paula será una victoria sin importar el podio. Llegar será un desafío físico, pero lo verdaderamente inmenso será todo lo que hay detrás: el camino recorrido y las heridas transformadas.
Sabe que va a llorar. Y en ese cruce entre pasado y presente, entre la niña que fue y la mujer que es, hay algo más significativo que correr 10 kilómetros. Paula vuelve a «respirar»…

¿Dónde vas a empezar a llorar Paula? Ya estoy llorando... Desde acá mismo y por dos días seguidos.
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