Una orden marcada con la impronta de la justicia

Redacción

Por Redacción

La comunidad jesuita latinoamericana que ahora tiene su primer papa, a lo largo de su historia abogó por la justicia y la caridad en un continente marcado por la crítica y la persecución de los defensores de la progresista Teología de la Liberación. “Los jesuitas y la iglesia latinoamericana han traído a la Iglesia universal la conciencia de la importancia de la justicia, la conciencia de la importancia de la caridad con el compromiso histórico con los pobres para cambiar un modo injusto y desigual”, declaró el provincial de la Compañía de Jesús para Centroamérica, Jesús Sariego Rodríguez. Los jesuitas han tenido también un papel central en el continente en la formación intelectual de las elites dirigentes, a las que aportaron su impronta de progresismo y de rechazo a los poderes dictatoriales y a los grupos conservadores. En la actualidad mantienen la denominada Asociación de Universidades Jesuitas de América Latina (Ausjal), con casas de estudio en diferentes países como Argentina, Brasil, Colombia, Uruguay, México, Guatemala, El Salvador y Nicaragua. Desde su llegada, en 1549, a las costas de Brasil y sus “misiones” posteriores a Uruguay, Paraguay, Argentina, México y Centroamérica, la congregación siempre ratificó su compromiso con los oprimidos, papel que ya en aquellos años sufrieron los indígenas. Por cuestionar a la autoridad, entre 1767 y 1771 sufrieron el destierro, pero los jesuitas fueron persistentes y retornaron en múltiples ocasiones a tierras americanas. Con la Teología de la Liberación que surgió en América Latina después del Concilio Vaticano II (1962-1965) se impulsó la “opción preferencial por los pobres”, que acompañó los procesos sociales que buscaban la liberación de las clases oprimidas. En esa lucha por los pobres, sólo en El Salvador entre 1977 y 1989 fueron asesinados más de una docena de sacerdotes de la Compañía de Jesús. Entre los mártires por defender la opción preferencial por los pobres y oprimidos figura el arzobispo de San Salvador, Oscar Arnulfo Romero, ejecutado por escuadrones de la muerte de ultraderecha en marzo de 1980. Ese acontecimiento fue el detonante de una sangrienta guerra civil de doce años. Los jesuitas siguieron teniendo problemas con la autoridad y con el Vaticano. Mucho después del fin de la guerra civil salvadoreña el jesuita español Jon Sobrino, uno de los teólogos más cercanos al arzobispo Romero, fue sancionado en marzo del 2007 en una resolución aprobada por Benedicto XVI que le prohíbe enseñar en instituciones católicas. En Nicaragua, el poeta y sacerdote Ernesto Cardenal, educado por los jesuitas y destacada figura de la Teología de la Liberación, fue censurado frente a las cámaras de televisión en marzo de 1982 por el papa Juan Pablo II. Cardenal, quien era ministro de Cultura de la Revolución Sandinista, había desobedecido una orden del Vaticano que les pedía a varios sacerdotes separarse de la militancia política. (AFP)


La comunidad jesuita latinoamericana que ahora tiene su primer papa, a lo largo de su historia abogó por la justicia y la caridad en un continente marcado por la crítica y la persecución de los defensores de la progresista Teología de la Liberación. “Los jesuitas y la iglesia latinoamericana han traído a la Iglesia universal la conciencia de la importancia de la justicia, la conciencia de la importancia de la caridad con el compromiso histórico con los pobres para cambiar un modo injusto y desigual”, declaró el provincial de la Compañía de Jesús para Centroamérica, Jesús Sariego Rodríguez. Los jesuitas han tenido también un papel central en el continente en la formación intelectual de las elites dirigentes, a las que aportaron su impronta de progresismo y de rechazo a los poderes dictatoriales y a los grupos conservadores. En la actualidad mantienen la denominada Asociación de Universidades Jesuitas de América Latina (Ausjal), con casas de estudio en diferentes países como Argentina, Brasil, Colombia, Uruguay, México, Guatemala, El Salvador y Nicaragua. Desde su llegada, en 1549, a las costas de Brasil y sus “misiones” posteriores a Uruguay, Paraguay, Argentina, México y Centroamérica, la congregación siempre ratificó su compromiso con los oprimidos, papel que ya en aquellos años sufrieron los indígenas. Por cuestionar a la autoridad, entre 1767 y 1771 sufrieron el destierro, pero los jesuitas fueron persistentes y retornaron en múltiples ocasiones a tierras americanas. Con la Teología de la Liberación que surgió en América Latina después del Concilio Vaticano II (1962-1965) se impulsó la “opción preferencial por los pobres”, que acompañó los procesos sociales que buscaban la liberación de las clases oprimidas. En esa lucha por los pobres, sólo en El Salvador entre 1977 y 1989 fueron asesinados más de una docena de sacerdotes de la Compañía de Jesús. Entre los mártires por defender la opción preferencial por los pobres y oprimidos figura el arzobispo de San Salvador, Oscar Arnulfo Romero, ejecutado por escuadrones de la muerte de ultraderecha en marzo de 1980. Ese acontecimiento fue el detonante de una sangrienta guerra civil de doce años. Los jesuitas siguieron teniendo problemas con la autoridad y con el Vaticano. Mucho después del fin de la guerra civil salvadoreña el jesuita español Jon Sobrino, uno de los teólogos más cercanos al arzobispo Romero, fue sancionado en marzo del 2007 en una resolución aprobada por Benedicto XVI que le prohíbe enseñar en instituciones católicas. En Nicaragua, el poeta y sacerdote Ernesto Cardenal, educado por los jesuitas y destacada figura de la Teología de la Liberación, fue censurado frente a las cámaras de televisión en marzo de 1982 por el papa Juan Pablo II. Cardenal, quien era ministro de Cultura de la Revolución Sandinista, había desobedecido una orden del Vaticano que les pedía a varios sacerdotes separarse de la militancia política. (AFP)

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