Foodtrucks Gastronomía sobre ruedas

Camionetas y camiones equipados para ofrecer buenos platos de comida a precios accesibles, una moda que es furor en los Estados Unidos. A través de las redes sociales, informan la ubicación y los menúes.

Redacción

Por Redacción

¿Tacos, tapas, kebab, barbacoa, comida china, india, pasta tradicional italiana, un bimbimbab coreano o un choripán? Si es bueno saber que a la hora de comer hay variedad, mejor aún es tener todas las opciones a la vuelta de la esquina. Y a precios accesibles. Esos son los principios en los que se basa una creciente –y floreciente– moda gastronómica en Estados Unidos y otros países: los “foodtrucks”, camionetas-restaurantes que ofrecen a los clientes variedad y movilidad culinaria. Washington, capital de EE.UU., es una de las últimas ciudades en abrazar con entusiasmo una moda que ya lleva años en otros lugares, sobre todo en California y Nueva York. “Vengo una vez por semana al menos, es delicioso y una manera muy buena de socializar, de ver a gente, de hacer un poquito de ejercicio al caminar unas cuadras desde mi oficina, es perfecto”, celebra Dawn, una joven oficinista del centro de Washington. Poco antes del mediodía, se sienta pese a vestir una elegante y estrecha falda en el césped de una de las plazas de la ciudad, tras haber adquirido un menú indio. “Para cambiar, siempre pido coreano”, bromea. Un día cualquiera de la semana, pero sobre todo los viernes en que el ambiente de trabajo es por lo general más relajado, en algunas de las plazas del centro de Washington que es sede de incontables oficinas gubernamentales y organizaciones internacionales, se concentran en apenas unos centenares de metros cuadrados hasta dos decenas de variados foodtrucks. Uno de los más recientes está en manos de dos hermanos peruanos, Giuseppe y Mario Lanzone. Aunque abrieron sus puertas –o, para ser más precisos, su camioneta– apenas hace unos meses bajo el nombre de “Peruvian Brothers” (Hermanos Peruanos), las colas que se forman ante su “foodtruck” no tienen nada que envidiar a los más veteranos. “Por ahora la gente sigue regresando”, celebra Giuseppe, quien a sus 30 años ha dado un giro radical a su carrera: apenas hace un año, estaba en Londres compitiendo en remo para el equipo olímpico estadounidense y ahora se ha embarcado en un proyecto muy distinto que le exige la misma disciplina. “Tenemos que tener la comida perfecta todos los días, tenemos que tener un horario todos los días y eso me ayuda a hacer el cambio de ser un atleta olímpico a ser un propietario de negocio”, asegura. Se pasa buena parte del día vendiendo, con un menú centrado en los tradicionales sandwiches peruanos de carne, butifarra y barbacoa que, junto con empanadas, ensaladas de quinoa y postres como helado de lúcuma, elabora su hermano Mario, el chef, en base a recetas familiares con toque propio. “Siempre pienso que la gente no se lo va a comer todo para poder comérmelo yo más tarde, pero siempre lo vendemos todo”, se ríe Giuseppe. Pese a que algunos cuentan con permisos para trabajar más horas, por lo general los foodtrucks capitalinos saben que su hora punta es el mediodía. Lo cual no quiere decir que las horas de trabajo que se esconden tras esta limitada oferta no sean mucho más largas. Para la hora en que empiezan a llegar los primeros clientes, a veces incluso a partir de las 11, hace rato que los hermanos Lanzone llevan trabajando sin parar. EL DESAFÍO DE APROVECHAR EL ESPACIO En los escasos metros cuadrados de las camionetas sus dueños deben comprimir los equipos de cocina, un refrigerador, un lavadero, estanterías para ingredientes y cubiertos. El personal suele oscilar entre dos y tres personas apretujadas en poco espacio y con altísimas temperaturas. Todo un desafío que requiere un trabajo de gran precisión para poder tener lista y servir la comida a gran velocidad para que los clientes no tengan que pasar demasiado tiempo esperando bajo el sol. “Es cuestión de organización, el plan tiene que estar al cien por cien porque no puedes ser lento, las cosas tienen que estar calientes”, explica Mario. Mientras habla, este joven de 28 años no para. Coloca las bandejas de carne y las empanadas –elaboradas entre la noche y la mañana en su casa– en los calentadores, aliña las ensaladas, da los últimos toques a las salsas. Giuseppe, que llegó horas antes con su propio coche para reservar uno de los disputados espacios para aparcar el camión, monta entretanto las cajas en las que meterá las raciones, pone el mantel y las flores que dan la bienvenida en la estrecha barra metálica instalada bajo la ventada desde la que atiende a los clientes y prepara el dinero en efectivo para dar el cambio. Trabajan casi en silencio aunque con música de fondo, de forma eficiente pese al creciente calor concentrado en el camión, con los movimientos coreografiados y calculados al milímetro. Con más de medio centenar de foodtrucks registrados en los últimos años, la competencia es feroz. Pese a ello, por lo general reina la camaradería, asegura Giuseppe. Como muestra, el plato que le prepara a un vecino –y competencia– que se acerca hasta el camión de los jóvenes peruanos a comprarles su almuerzo. Los foodtrucks son también sinónimo de modernidad. Y es que sin un lugar fijo donde situarse, buena parte de su éxito depende de que sean ubicados de forma correcta. Para ello, nada mejor que medios sociales como Twitter o Facebook, donde muchos de ellos anuncian cada día su nueva localización, extras del menú y fotos de la jornada. Una forma de publicidad, además, barata, algo que resulta clave para este tipo de negocios. La economía, de hecho, se esconde tras buena parte de estos chefs sobre ruedas. “Aquí para abrir un restaurante necesitas un montón de plata”, señala Mario, quien también trabaja en un bar de camarero pero que con su hermano Giuseppe llevaba tiempo acariciando la idea de montar un negocio propio de restauración. Tras estudiar varias posibilidades, dice, se decantaron por un foodtruck. “Estuvimos estudiando el tema de los trucks y era un boom”, asegura. “La gente, por más que seas un camioncito más grande, más feo, más bonito, la gente iba y comía y quería probar diferentes tipos de comida, y nos dijimos: ‘vamos a abrir uno nosotros ’ El tema del foodtruck nos pareció simpático”. Otro motivo: el encanto que conlleva este negocio sobre ruedas. “A la gente le gusta porque un restaurante es siempre en el mismo sitio, el mismo lugar, y cuando te apetece comer a ese restaurante, vas, pero el foodtruck está en todos lados”, explica Mario. “Si quieres comida de cualquier país, la vas a encontrar en este parque, tienes que venir a este parque para ver a qué país te quieres ir”, bromea. O no tanto. Por ejemplo, Craig y Jesse son dos amigos y compañeros de trabajo que, en cuanto sale el sol, se lanzan sobre todo los viernes a la búsqueda de una plaza con foodtrucks. “Los grandes restaurantes crean una atmósfera agradable, pero los camiones pequeños ofrecen una variedad de sabores, es una cultura creciente por aquí, lo adoraba en Nueva York”, asegura Craig, quien incluso se trajo una manta para hacer todo un picnic en su hora de comida. “Puedo venir aquí y elegir entre comida india, caribeña o americana, y todo está aquí a la mano en vez de tener que ir a un restaurante y limitarme a lo que ofrezca el menú. Y me gusta toparme con amigos aquí”, coincide, desde el otro lado del parque, Dawn. No todos, sin embargo, están felices por esta casi invasión de restaurantes sobre ruedas. Tras la enorme clientela que registran los viernes, las papeleras de las plazas donde se concentran los foodtrucks quedan totalmente desbordadas, con cajas de comida y tenedores de plástico por el suelo. Y aunque algunos restaurantes saludan la rivalidad sana, a muchos les molesta lo que ven como una competencia un tanto desleal, en vista de la abismal diferencia en materia de inversión que significa tener un local fijo o un camión móvil. Ayuntamiento, restauradores y representantes de los “foodtrucks” llevan meses en disputas y negociaciones –sin haber llegado aún a una solución– para acordar una regulación que estipule sobre todo los lugares donde se pueden estacionar los camiones y su número, algo que muchos de estos comerciantes rechazan. Tampoco para Craig y Jesse esto debería llevar a disputas. “Me gusta apoyar a los pequeños. Los restaurantes tienen negocio todo el tiempo. Nosotros vamos todo el tiempo a restaurantes de la zona en invierno y en verano, pero esta gente se está matando a trabajar en sus camiones todo el día, me siento bien al darles mi dinero”, dice. “Y es agradable estar en la calle”, agrega lanzando la mirada hacia el parque en busca de conocidos o, quizás, uno de los foodtrucks de postres. (DPA)


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