La otra cara de Rafael Correa
EMILIO J. CÁRDENAS (*)
El autoritario presidente ecuatoriano Rafael Correa pasará a la historia como uno de los más encendidos enemigos de la libertad de prensa de nuestra región. Nada para aplaudir, por cierto. Todo lo contrario. Una marca indeleble que lo define como profundamente antidemocrático. Es así, ciertamente. Pero hay, en su haber, también algunas cosas positivas. No todo es de horror. Me refiero a que Correa aprovechó bien los años de “viento a favor” generados por el alza de los precios de las materias primas de exportación para modernizar la infraestructura de su país. En lugar de consumir alegremente (esto es gastar, lo que es muy distinto a invertir) los frutos de ese “viento a favor”. Y esto ha aumentado significativamente la productividad de la economía ecuatoriana. Lo que no es, para nada, un dato menor. Con la perseverancia que estos esfuerzos siempre exigen, además. Por esto Ecuador ha crecido, en cinco años, nada menos que treinta y cuatro puestos en el “ranking de la competitividad” que produce el “World Economic Forum”. Porque Correa, que es economista, ha mantenido –contra viento y marea– la decisión de invertir fuerte en la modernización de la infraestructura de su país, haciendo para ello obra pública y beneficiando a su pueblo con su conocido efecto multiplicador de la actividad económica. Ha construido, en rigor, unos 7.000 kilómetros de nuevas carreteras, en las que ha invertido unos 5.000 millones de dólares. Ha hecho puentes, puertos, autopistas de ocho carriles y reconstruido y modernizado ocho aeropuertos todo a lo largo y ancho de su país. Además construyó ocho centrales hidroeléctricas, incluyendo la de Coca-Codo Sinclair, de 1.500 megas, que estará lista el año próximo (apunta a generar con ellas –para el 2016– el 93% de la energía que consume su país), y está construyendo el primer subterráneo de Quito. Y modernizando rápidamente la Refinería del Pacífico. La inversión pública agregada ecuatoriana es del orden del 13% del PBI del país. Algo similar ha hecho respecto del capital humano, invirtiendo en educación más de 30 veces que los últimos siete gobiernos ecuatorianos sumados. Se animó asimismo hasta a cerrar universidades, cuando sus niveles académicos no eran los adecuados. La educación no debe ser un negocio sino una herramienta para que la gente crezca auténticamente. Por todo esto no sorprende que haya becado a unos 5.000 estudiantes ecuatorianos para que estudien en las mejores universidades del mundo, siguiendo así sus propios pasos cuando fuera un estudiante expatriado en la Universidad de Illinois, donde Correa estudiara economía. Puso asimismo en marcha un interesante plan de “nivelación” que ha permitido duplicar la matrícula de aquellos alumnos que provienen de los estratos más pobres de la población, los que carecen del entrenamiento primario que los demás tienen. En lo que hace a la innovación, Correa ha cuadruplicado los fondos dedicados a ello, llevándolos a casi 800 millones de dólares anuales. Y puesto en marcha el proyecto de Yachay, una ciudad dedicada esencialmente a la investigación e innovación tecnológicas. Buena parte de este esfuerzo por mejorar la competitividad ecuatoriana ha sido financiado por China, desde la moratoria del 2008. Lo que está lejos de ser materia para criticar, en esto, a Rafael Correa. Autoritario, dictatorial, caprichoso. Ocurre que hay en su haber, como queda visto, algunas cosas notables para imitar, además de un sinfín de errores que no deben repetirse. Correa es así. Genera rechazos y repulsión y, en paralelo, algunos deseos de imitar las cosas que lleva adelante dentro de la razonabilidad, con la convicción de quien sabe cuál es el camino de la modernidad. Una pena que existan estas contradicciones, pero aparentemente así es Rafael Correa. Con algunos aciertos, acompañados de otros tremendos desaciertos. (*) Exembajador de la República Argentina ante las Naciones Unidas
EMILIO J. CÁRDENAS (*)
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