El deporte y la justicia por mano propia

Redacción

Por Redacción

MARCELO ANTONIO ANGRIMAN (*)

La justicia por mano propia es una conducta reprochable para todo aquel que vive en sociedad. Para evitar incurrir en tal comportamiento, el hombre reprime sus impulsos y debe recurrir a la autoridad de un juez. Así lo indica la ley. En materia deportiva sucede exactamente lo mismo. Son los deportistas quienes deben ajustar su comportamiento a la letra del reglamento de la disciplina. Quien se encarga de velar por ello es el árbitro del encuentro. De verificarse una falta grave podrá el referí expulsar y hasta emitir un informe dando intervención al Tribunal de Disciplina de la asociación o federación correspondiente, quien finalmente determinará la sanción definitiva a aplicar. Una de estas desdorosas inconductas podría ser la de ejercer justicia por mano propia. Aun más, si el deportista daña con intención o imprudencia manifiesta a un espectador, juez u otro participante, apartándose groseramente del reglamento de la actividad –siendo sujeto pasivo de una demanda–, deberá responder civilmente. Ello por cuanto se acreditarían, además de los restantes presupuestos, el requisito de antijuridicidad y la violación al deber general de no dañar (art. 1109 C.C.). Ello quiere decir que en el deporte no hay un bill de indemnidad que otorgue impunidad sino que el deportista debe siempre preservar su buena conducta. Recientemente hemos visto escenas lamentables de pugilato entre jugadores adversarios, como las ocurridas tras la finalización del partido entre Godoy Cruz y Boca Juniors o escasos días más tarde entre Arsenal y Gimnasia y Esgrima La Plata. Pasando al deporte de los puños propiamente dicho, difícil será olvidar al inefable “Mole” Moli pegar impunemente a un boxeador arrodillado e indefenso, desatando de dicho modo una gresca generalizada de descomunales dimensiones. Estas versiones dantescas de la justicia por mano propia son incompatibles con el concepto de deporte y rayan la ilegalidad. Los fallos habidos en la materia lejos están de ser ejemplarizadores, transformándose en una ordinaria invitación, para que hechos como los expuestos se vuelvan a repetir. Una demostración de cómo el negocio se burla, una vez más, de la esencia misma del deporte. A contrario sensu y aunque parezca extraño, de tanto en tanto suceden situaciones donde la justicia por mano propia deportiva pasa a convertirse en un obrar virtuoso. Tal es el caso del exdelantero peruano de Independiente Franco Navarro, quien dirigiendo a León de Huánuco excluyó a su mejor jugador de un final –el argentino Gustavo Rodas– por entender que había sido injusto el fallo de la Federación peruana que lo sobreseyó de culpa y cargo, tras una batahola en la que claramente fue protagonista. “Yo tengo esta manera de ver el fútbol. Por más que lo necesitemos, no me parece correcto que juegue”, dijo a los periodistas. El medio local interpretó la actitud como la bofetada más dura en la cara de una dirigencia a la que un hombre del fútbol “le demostró cómo hacer las cosas”. Otra perla en este mismo sentido puede verse por estos días en YouTube. Se dio en un partido de la Liga de Arabia Saudita entre los primeros equipos del Al Nahdha (camiseta similar a la de la Selección Argentina) y el Taisir al Antaif (de casaca amarilla y negra). Cuando el partido iba empatado 2 a 2, el ‘7’ del equipo aurinegro de apellido Jobson ayudó a atarle los cordones al arquero del equipo rival (el ‘ 21’ Calantaif), quien debía sacar desde su propio arco. El uso de guantes por parte del guardavalla le impedía hacerlo con comodidad. Luego de tal asistencia, el golero lo saludó agradeciéndole y el delantero le retribuyó amigablemente el gesto. Tras cartón procedió a patear el balón “alto, fuerte y lejos”. Insólitamente el árbitro interpretó la situación como un ardid para hacer tiempo, razón por la cual pitó tiro libre para el equipo de Jobson. El guardameta, absorto por el “fallo” arbitral, tuvo que formar la barrera de seis hombres, ya que la distancia de remate era inmejorable para convertir gol. Cuando el juez dio la orden, Leo el ‘29’ del “tachero saudita” pateó la pelota mansamente fuera del campo de juego. Lo llamativo –al menos para nuestras costumbres– fue ver como tanto las hinchadas como los jugadores de ambos equipos aplaudieron acaloradamente esta verdadera demostración de fair play. La imagen –que debiera ser exhibida tanto a las divisiones menores como a las escuelas de formación de técnicos de nuestro país– demuestra cómo se puede intentar ganar sin recurrir a la especulación ni a sacar provecho de los errores de juzgamiento. Resulta a su vez una lapidaria respuesta a una pésima decisión arbitral que no respeta el espíritu del juego. En buena hora que estas noticias se divulguen contrastando tantas otras de violencia y estupidez humana. Con más gestos de este tipo que provengan desde el mismo rectángulo de juego, mucho se contribuiría a dar otro mensaje a la gente y, sobre todo, a los chicos. Un pequeño símbolo de paz, en medio de tanto caos y crispación. (*) Abogado. Profesor nacional de Educación Física. marceloangriman@ciudad.com.ar


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