Educación, ¿hasta cuándo?
Cada tres años, los argentinos recibimos un mensaje: están hipotecando su futuro con esta pobre educación. La evaluación de la Unesco, a través del programa PISA, nos dice no sólo que figuramos entre los peores países del mundo en términos de calidad, sino que además el tiempo y las generaciones van pasando y nada cambia. No cambia el abandono escolar del 30% en la secundaria, el escandaloso ausentismo docente (ambos en la escuela pública) ni la incapacidad del 50% de los que logran graduarse para entender lo que leen, aunque sea un volante de la calle. O sea, empeora. Pero no es evidente que ese mensaje sea escuchado en todo su dramatismo. El gobierno lo niega con argumentos débiles y paranoicos; los sindicatos no asumen el tema de la calidad como una preocupación; los padres más pobres se resignan; los padres menos pobres sacan a sus hijos de la escuela pública y todo sigue igual, o peor. Si vemos la actividad legislativa en el tema educativo durante estos últimos años, comprobaremos que la parálisis es total. La ley de financiamiento educativo está vencida y no se discutió; no ha habido ningún aporte nuevo o interesante que permita mejorar algo. Las palabras calidad y equidad no fueron mencionadas nunca en los discursos de los diputados oficialistas sobre el tema. O sea, como si todo anduviese tan bien que no es necesario tocar nada. Las consecuencias se llaman exclusión, pibes que no estudian ni trabajan, vidas perdidas, embarazo adolescente, droga, frustración y transmisión de la pobreza a la próxima generación. Una y otra vez. La enfermedad nace en el nivel inicial, corre por la primaria y la secundaria y culmina en una universidad pública que tiene de los peores índices de graduación de la región y que no produce los recursos humanos especializados que el país necesita desesperadamente. Baste sólo decir que se gradúan 1,5 ingenieros agrónomos y un físico por cada 100 abogados, en el país que quiere ser el granero del mundo. Y lo más extraño es que los militantes políticos que se proclaman de izquierda defienden un sistema liberal en el que no hay planificación. Lo más sorprendente de esta tragedia es que se da en un país que gasta sumas enormes en educar (6% de su PBI). A esta altura, es ya evidente que no se puede solucionar el drama educativo argentino con medias tintas. Que no tiene sentido seguir negando las cifras y escondiendo los resultados a la gente; discutiendo salarios sin discutir resultados; minimizando la importancia de la capacitación masiva y obligatoria de los docentes; reduciendo el papel de los directores a actores pasivos del sistema; no encarando la jornada extendida como un objetivo nacional; no desarrollando un programa modelo de apoyo a estudiantes muy pobres para asegurar su permanencia; no acordando metas de calidad en el Congreso como parte de un gran acuerdo político; permitiendo que la universidad pública sea una fuente de frustraciones individuales y sociales en lugar de un potenciador del crecimiento. Son desafíos fuertes. Veremos quién se anima a encararlos y por lo tanto a cambiar la Argentina. (*) Diputado nacional por el Frente Renovador
EDUARDO AMADEO (*)
Cada tres años, los argentinos recibimos un mensaje: están hipotecando su futuro con esta pobre educación. La evaluación de la Unesco, a través del programa PISA, nos dice no sólo que figuramos entre los peores países del mundo en términos de calidad, sino que además el tiempo y las generaciones van pasando y nada cambia. No cambia el abandono escolar del 30% en la secundaria, el escandaloso ausentismo docente (ambos en la escuela pública) ni la incapacidad del 50% de los que logran graduarse para entender lo que leen, aunque sea un volante de la calle. O sea, empeora. Pero no es evidente que ese mensaje sea escuchado en todo su dramatismo. El gobierno lo niega con argumentos débiles y paranoicos; los sindicatos no asumen el tema de la calidad como una preocupación; los padres más pobres se resignan; los padres menos pobres sacan a sus hijos de la escuela pública y todo sigue igual, o peor. Si vemos la actividad legislativa en el tema educativo durante estos últimos años, comprobaremos que la parálisis es total. La ley de financiamiento educativo está vencida y no se discutió; no ha habido ningún aporte nuevo o interesante que permita mejorar algo. Las palabras calidad y equidad no fueron mencionadas nunca en los discursos de los diputados oficialistas sobre el tema. O sea, como si todo anduviese tan bien que no es necesario tocar nada. Las consecuencias se llaman exclusión, pibes que no estudian ni trabajan, vidas perdidas, embarazo adolescente, droga, frustración y transmisión de la pobreza a la próxima generación. Una y otra vez. La enfermedad nace en el nivel inicial, corre por la primaria y la secundaria y culmina en una universidad pública que tiene de los peores índices de graduación de la región y que no produce los recursos humanos especializados que el país necesita desesperadamente. Baste sólo decir que se gradúan 1,5 ingenieros agrónomos y un físico por cada 100 abogados, en el país que quiere ser el granero del mundo. Y lo más extraño es que los militantes políticos que se proclaman de izquierda defienden un sistema liberal en el que no hay planificación. Lo más sorprendente de esta tragedia es que se da en un país que gasta sumas enormes en educar (6% de su PBI). A esta altura, es ya evidente que no se puede solucionar el drama educativo argentino con medias tintas. Que no tiene sentido seguir negando las cifras y escondiendo los resultados a la gente; discutiendo salarios sin discutir resultados; minimizando la importancia de la capacitación masiva y obligatoria de los docentes; reduciendo el papel de los directores a actores pasivos del sistema; no encarando la jornada extendida como un objetivo nacional; no desarrollando un programa modelo de apoyo a estudiantes muy pobres para asegurar su permanencia; no acordando metas de calidad en el Congreso como parte de un gran acuerdo político; permitiendo que la universidad pública sea una fuente de frustraciones individuales y sociales en lugar de un potenciador del crecimiento. Son desafíos fuertes. Veremos quién se anima a encararlos y por lo tanto a cambiar la Argentina. (*) Diputado nacional por el Frente Renovador
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