Después del miedo

Redacción

Por Redacción

En la ciudad de Neuquén pasamos horas azarosas el último fin de semana desde que, el sábado a la tardecita, debimos desalojar las salas de los cines Village cuando una empleada que apareció luego de que se encendieran las luces nos trasmitió una orden de desalojo porque había una amenaza de saqueo. Nadie protestó, porque se impuso el miedo: tuvimos la certeza de que no había un solo policía dispuesto a asegurar que pudiéramos ver la película hasta que terminara. Dicho de otra manera, el Estado que monopoliza el uso de la fuerza había dejado de monopolizar. En otro lugar, un millar de policías que cortaban la calle Ricchieri y se habían apropiado de la jefatura de Policía le hacían ver al poder desapoderado que la mano venía pesada. Y en otro, un edificio en construcción que se alza en la esquina de Carlos H. Rodríguez y Jujuy, una paritaria del gobierno y la fuerza armada que, supuestamente, depende verticalmente del gobernador de la provincia negociaba discretamente un arreglo salarial iluminado por el resplandor de las pistolas. La respuesta seca y tajante de Jorge Sapag a los médicos que decía “no hay plata” se había desvanecido en el aire. Quien ofició como principal negociador del gobierno, el ministro de Energía, Guillermo Coco, supo en carne propia que debía mostrar sus dotes para hacer de prestidigitador del lenguaje oficial. No había plata pero pasaba que los sueldos policiales estaban atrasados (¿los de los médicos no?). Tan atrasados, pero tan atrasados, que la actualización concedida redondea entre un 60 y un 65%. Va a aumentar el déficit presupuestario pero Dios, o Vaca Muerta, proveerá. El lunes, por lo tanto, fue la hora del alivio, cuando nos enteramos del acuerdo que devolvió al jefe del Estado el monopolio de la fuerza. El jefe Raúl Laserna también respiró aliviado y, suponemos, pudo regresar a su sillón de la calle Ricchieri y hacer como que todo volvía a ser lo mismo. Ahora, un comunicado oficial dice que el gobierno “garantiza la seguridad”. Es cierto, aunque no del todo, porque se podría haber dado a entender, para mostrar las cosas tal cual son, que la policía es una condición sine qua non para poder gobernar. El comunicado agradeció la colaboración en las negociaciones que dieron los cegetistas locales encabezados por Sergio Rodríguez, del gremio de Empleados de Comercio. Ahora el gobierno deberá retribuir esa colaboración apoyando el reclamo de la CGT a favor de un aumento para sus representados, cuyos ingresos han quedado muy por debajo de los de los policías. Para el final de este glosario dedicado a los acontecimientos protagonizados por los muchachos –a quienes, hay que decirlo, de vez en cuando se les escapa un tiro–, no se puede dejar de lado la novedad de que la CGT haya participado en las negociaciones. Es que tales acontecimientos han demostrado que los policías hicieron algo más que “autoacuartelarse”. Solamente quienes no quieren ver lo que está a la vista de todos no han querido advertir que los policías se declararon en huelga, en uso de un derecho constitucional. Si no se presentaron ante el Ministerio de Trabajo para que se ponga en marcha el trámite de conciliación obligatoria es porque el Estado no los reconoce como gremio. Son –eso se pretende– una fuerza militarizada y vertical, cuyos integrantes usan uniforme, hacen la venia y cumplen órdenes. Ayer la Argentina celebró 30 años de democracia sin solución de continuidad. Viene bien la oportunidad de considerar si no convendría a la paz social un cierto grado de democratización de la Policía, por lo menos para que el poder de la Constitución pueda saber de sus inquietudes sin necesidad de que le ponga una pistola sobre la mesa. Y, dicho sea de paso, que también los sindicatos –que se mostraron en la negociación neuquina– se miren a sí mismos para ver la posibilidad de iniciar un debate sobre la democratización sindical. Por lo menos, para que se dé participación a las minorías en las conducciones gremiales. Porque ahora el que gana, aunque sólo sea por diez votos, gana todos los cargos. Así es como los dirigentes se perpetúan por décadas, con la facultad de manejar discrecionalmente fondos (obras sociales, mutuales, cuota sindical) que suelen ser cuantiosos.

JORGE GADANO jorgegadano@gmail.com


En la ciudad de Neuquén pasamos horas azarosas el último fin de semana desde que, el sábado a la tardecita, debimos desalojar las salas de los cines Village cuando una empleada que apareció luego de que se encendieran las luces nos trasmitió una orden de desalojo porque había una amenaza de saqueo. Nadie protestó, porque se impuso el miedo: tuvimos la certeza de que no había un solo policía dispuesto a asegurar que pudiéramos ver la película hasta que terminara. Dicho de otra manera, el Estado que monopoliza el uso de la fuerza había dejado de monopolizar. En otro lugar, un millar de policías que cortaban la calle Ricchieri y se habían apropiado de la jefatura de Policía le hacían ver al poder desapoderado que la mano venía pesada. Y en otro, un edificio en construcción que se alza en la esquina de Carlos H. Rodríguez y Jujuy, una paritaria del gobierno y la fuerza armada que, supuestamente, depende verticalmente del gobernador de la provincia negociaba discretamente un arreglo salarial iluminado por el resplandor de las pistolas. La respuesta seca y tajante de Jorge Sapag a los médicos que decía “no hay plata” se había desvanecido en el aire. Quien ofició como principal negociador del gobierno, el ministro de Energía, Guillermo Coco, supo en carne propia que debía mostrar sus dotes para hacer de prestidigitador del lenguaje oficial. No había plata pero pasaba que los sueldos policiales estaban atrasados (¿los de los médicos no?). Tan atrasados, pero tan atrasados, que la actualización concedida redondea entre un 60 y un 65%. Va a aumentar el déficit presupuestario pero Dios, o Vaca Muerta, proveerá. El lunes, por lo tanto, fue la hora del alivio, cuando nos enteramos del acuerdo que devolvió al jefe del Estado el monopolio de la fuerza. El jefe Raúl Laserna también respiró aliviado y, suponemos, pudo regresar a su sillón de la calle Ricchieri y hacer como que todo volvía a ser lo mismo. Ahora, un comunicado oficial dice que el gobierno “garantiza la seguridad”. Es cierto, aunque no del todo, porque se podría haber dado a entender, para mostrar las cosas tal cual son, que la policía es una condición sine qua non para poder gobernar. El comunicado agradeció la colaboración en las negociaciones que dieron los cegetistas locales encabezados por Sergio Rodríguez, del gremio de Empleados de Comercio. Ahora el gobierno deberá retribuir esa colaboración apoyando el reclamo de la CGT a favor de un aumento para sus representados, cuyos ingresos han quedado muy por debajo de los de los policías. Para el final de este glosario dedicado a los acontecimientos protagonizados por los muchachos –a quienes, hay que decirlo, de vez en cuando se les escapa un tiro–, no se puede dejar de lado la novedad de que la CGT haya participado en las negociaciones. Es que tales acontecimientos han demostrado que los policías hicieron algo más que “autoacuartelarse”. Solamente quienes no quieren ver lo que está a la vista de todos no han querido advertir que los policías se declararon en huelga, en uso de un derecho constitucional. Si no se presentaron ante el Ministerio de Trabajo para que se ponga en marcha el trámite de conciliación obligatoria es porque el Estado no los reconoce como gremio. Son –eso se pretende– una fuerza militarizada y vertical, cuyos integrantes usan uniforme, hacen la venia y cumplen órdenes. Ayer la Argentina celebró 30 años de democracia sin solución de continuidad. Viene bien la oportunidad de considerar si no convendría a la paz social un cierto grado de democratización de la Policía, por lo menos para que el poder de la Constitución pueda saber de sus inquietudes sin necesidad de que le ponga una pistola sobre la mesa. Y, dicho sea de paso, que también los sindicatos –que se mostraron en la negociación neuquina– se miren a sí mismos para ver la posibilidad de iniciar un debate sobre la democratización sindical. Por lo menos, para que se dé participación a las minorías en las conducciones gremiales. Porque ahora el que gana, aunque sólo sea por diez votos, gana todos los cargos. Así es como los dirigentes se perpetúan por décadas, con la facultad de manejar discrecionalmente fondos (obras sociales, mutuales, cuota sindical) que suelen ser cuantiosos.

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