Lo que nos dice el mundo
JAMES NEILSON
Tanto aquí como en otros países en que los gobernantes se afirman resueltos a luchar contra cualquier forma de discriminación, a los políticos les gusta verse acompañados por especialistas en el lenguaje de señas para que los ayuden a comunicarse con los sordos. No extrañó, pues, ver la presencia entre los dignatarios que asistían a los funerales de Nelson Mandela de un mudo que movía las manos vigorosamente para presunto beneficio de quienes no podían oír las palabras de Barack Obama y otros visitantes ilustres, pero, como se reveló después, se trataba de un farsante cuyos gestos no significaban nada. Para un experto sudafricano en la materia, lo que vieron vaya a saber cuántos millones de televidentes desparramados por el mundo “fue horrible, un verdadero circo, pésimo”. Lo mismo podría decirse de la celebración carnavalesca de los treinta años de democracia por los kirchneristas encabezados por Cristina. Mientras que buena parte del país se autoacuartelaba por temor a las bandas de saqueadores que asolaban todo cuanto encontraban a su paso y aumentaba el tendal de muertos, en la poco concurrida Plaza de Mayo la presidenta batía un tambor y bailaba al compás de la música comercial de moda, mostrando así que había superado sus problemas de salud pero también que se sentía ajena a lo que estaba sucediendo en el resto del país. Sería una exageración comparar su conducta con la atribuida al emperador Nerón que, dicen, tocaba alegremente la lira mientras las llamas devoraban Roma. Con todo, acaso hubiera sido más apropiado que el gobierno celebrara las efemérides de manera un tanto menos festiva. Al fin y al cabo, la democracia, que es un asunto serio, está en problemas, Lo entienda o no Cristina, el país llegó malherido al trigésimo aniversario de un reencuentro que fue posibilitado no por los esfuerzos de los muchos que se jactan de haber “luchado” por la democracia sino por la conciencia de su propia incapacidad para gobernar el país de los militares. En buena lógica, el fracaso de la dictadura debería haberles advertido a sus sucesores civiles de que la tarea que estaban por emprender sería sumamente ardua, pero se negaron a interpretarlo de forma tan antipática. Por el contrario, los radicales, peronistas y otros se entregaron al optimismo irracional. A pesar de todo lo ocurrido desde diciembre de 1983, muchos integrantes de la gran clase política nacional siguen hablando como si a su entender gobernar fuera una empresa muy fácil. Si bien en la Argentina es “normal” que haya saqueos en las semanas previas a las fiestas navideñas, los de los días últimos han sido más graves que los de otros años con la sola excepción, hasta ahora, del 2001, cuando presagiaron la caída del gobierno constitucional del presidente Fernando de la Rúa. En aquella oportunidad, se pudo imputar lo que acontecía a un desplome económico vertiginoso y a las ambiciones personales de ciertos dirigentes peronistas del conurbano bonaerense que procuraron aprovechar el pánico que se había difundido por todo el país para expulsar a un intruso de la “casa de Perón”. En la actual, los saqueos se ven impulsados por la combinación nefasta de un deterioro económico menos rápido que el de inicios del milenio, pero que podría resultar ser igualmente destructivo, con una rebelión policial generalizada y la rapacidad incontrolable de miles, tal vez decenas de miles, de sujetos, entre ellos algunos que no parecen ser del todo pobres ya que llegan a las puertas de los supermercados en autos o camionetas, que no vacilan en comportarse como delincuentes profesionales. Como es su costumbre, Cristina ha detectado una mano negra detrás de los motines policiales y la ofensiva brutal de los saqueadores. Dice creer que todo fue “planificado” con “precisión quirúrgica” para perjudicarla. Si estuviera en lo cierto la presidenta, al gobierno no le resultaría difícil desbaratar el complot que ha denunciado para que el país recuperara “la normalidad”, pero por desgracia el desafío dista de ser tan sencillo como le gustaría suponer. A Cristina no le serviría para nada ordenar la captura de todos los eventualmente acusados de conspirar en su contra porque sus enemigos principales no son “golpistas” con nombre y apellido, individuos como el CEO de Clarín, Héctor Magnetto, sino la inflación, la corrupción institucionalizada, un tejido social hecho pedazos y el abismo creciente que se da entre las expectativas mínimas del grueso de los habitantes del país y lo que el país está en condiciones de ofrecerles. Parecería que cada diez años el “modelo económico” de turno se desmorona en un lapso muy breve, llevando consigo las esperanzas de una parte sustancial de la población al privarla de sus ahorros o su fuente de ingresos. Conforme a las pautas del mundo desarrollado, luego de una década de expansión macroeconómica china la mayoría abrumadora sigue siendo muy pobre; según las locales, a menos que uno confíe en el Indec, “sólo” se trata de diez millones de personas, de los que aproximadamente seis viven de subsidios. Por razones comprensibles, tanto ellos como muchos otros se sienten angustiados. Se les viene encima la apisonadora inflacionaria y no saben cómo apartarse de su camino. No podrá frenarla a tiempo el gobierno; los kirchneristas temen que cualquier medida que tomen para hacerlo podría desatar una conflagración social inmanejable en el depauperado conurbano bonaerense que rodea la capital federal como un garrote vil. Felizmente para Cristina, El Calafate queda lejos de las zonas más inflamables. Los médicos le han permitido viajar por avión a su lugar en el mundo, pero no le será dado separarse anímicamente de una crisis que está adquiriendo dimensiones alarmantes. Al intensificarse la puja distributiva, cada sector, corporación o grupo mira con atención lo que logren sus rivales. El éxito de la Policía cordobesa fue contagioso; en pocas horas, unidades en otras provincias reclamaron lo mismo. ¿Contarán los gobiernos con los recursos financieros necesarios? Si no los consiguen, la reacción de los defraudados podría ser explosiva. Y, sin esperar un minuto, los demás estatales se movilizaron; quieren aumentos “de emergencia” del 30, el 50% o más. Está por ponerse a prueba la teoría fantasiosa de aquellos sindicalistas que nos aseguran que aumentar los salarios no tiene por qué incidir en los precios. A menos que, para asombro de todos, hayan tenido razón, el siguiente capítulo del “relato” se verá protagonizado por algo muy parecido a la hiperinflación.
SEGÚN LO VEO
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