Paranoia y política

Redacción

Por Redacción

ALEARDO F. LARÍA aleardolaria@rionegro.com.ar

Por contagio son las paperas, la varicela o la rubeola, pero algunas cosas que pasan en la Argentina y algunas cosas que pasan en determinadas fechas y con determinados protagonistas no son por contagio, son por planificación y ejecución quirúrgica”. De este modo se refirió la presidenta CFK en su último discurso a los autoacuartelamientos de algunas policías provinciales que terminaron después con saqueos a numerosos comercios. Desde el fondo de la sala, según la crónica de “Página 12”, se escuchaban a los militantes kirchneristas respondiendo con una consigna que decía: “Yo sabía, yo sabía, que Magnetto maneja la policía”. El psicoanalista y escritor italiano Luigi Zoja acaba de presentar un notable estudio sobre la omnipresencia de la paranoia en la cultura política moderna (“Paranoia, la locura que hace la historia”, Fondo de Cultura Económica). Señala que “la tentación de rechazar nuestras responsabilidades y de atribuir el mal a los demás no constituye una excepción. Una voz interior nos insinúa que es una cuestión que nos conviene. Por más débil que sean, por más escondida que esté, existe en cada uno de nosotros”. En opinión de Zoja, la paranoia puede considerarse un residuo del instinto de supervivencia. La naturaleza hace que las potenciales víctimas de los depredadores reaccionen instintivamente de un modo exagerado ante un ruido o una sombra porque les va la vida en ello. De allí que la paranoia puede considerar la persistencia de una función de defensa instintiva en nuestra mente, que en el caso del hombre termina siendo trasladada al plano de la política como una atribución de propósitos destructivos a los que son considerados “enemigos”. De allí surge luego el deseo de destruirlos preventivamente o de acudir a la propaganda que pretende deshumanizarlos. Si repasamos los últimos treinta años de democracia, comprobaremos la facilidad con la que los dirigentes políticos acuden a las explicaciones paranoicas. Los alfonsinistas están convencidos de que el peronismo cooperó con el “golpe de mercado” que provocó la renuncia anticipada de Raúl Alfonsín. De la Rúa acusa a Eduardo Duhalde de haber instado los saqueos de diciembre del 2001. El expresidente Néstor Kirchner atribuyó las protestas del campo en el 2009 al ánimo “destituyente” de los agricultores. Todos encuentran razones poderosas para alentar su extremada suspicacia y minimizan la influencia de los errores no forzados que cometieron y precipitaron ciertos acontecimientos. La base de la paranoia consiste en eludir cualquier tipo de autocrítica. Una interpretación amigable –“el relato”– sirve para enmascarar la realidad y cubrirla de modo que no dañe el sentimiento de autoestima. Hay que ofrecer una imagen de seguridad y coherencia, para lo que hace falta también una enorme cuota de arrogancia y autoengaño. De modo que la paranoia arroja como resultado una falta de proporción en las valoraciones e interpretaciones de los mismos hechos. Como señala Zoja, estamos ante “una mentira en la que el sujeto cree y con la cual se engaña a sí mismo de una manera trágica”. La consecuencia práctica es que luego las políticas se implementan sobre diagnósticos errados. En el discurso populista, la paranoia aparece como pretensión que niega al adversario estatura moral, bajo una forma sutil de traslado de la culpabilidad. La sospecha permanente es proyectada sobre los “enemigos absolutos”, un rasgo que aparece en forma permanente en todas las formas de nacionalismo. En el caso de la izquierda latinoamericana, que recibió la influencia del marxismo-leninismo, la atribución obsesiva de responsabilidad por el atraso económico y social a las “oligarquías” –y ahora a las “corporaciones”– es una constante que caracteriza a todas las expresiones políticas del anticapitalismo. Un repaso por los dramas que atravesaron nuestra historia reciente muestra, de modo elocuente, la capacidad del pensamiento racional para ser moldeado por el instinto paranoico. Las organizaciones armadas de los años setenta justificaron el asesinato político como un mal necesario para alcanzar una sociedad más justa. Consiguieron así estimular un sentimiento natural de autoprotección de las fuerzas armadas que derivó en una paranoia generalizada, en la que la eliminación de la subversión justificaba la actuación violenta y la desaparición forzada de todo sobre el que recaía una mera sospecha. La recuperación de la democracia entraña básicamente el acuerdo para evitar la confrontación violenta y sustituirla por el debate de las ideas, respetando el derecho del otro a disentir. La posibilidad de un pensamiento distinto reposa en otorgarle al otro la misma estatura moral. Si descalifico el pensamiento del otro por atribuirle objetivos subalternos, mientras que me considero poseedor de las intenciones más elevadas, estoy cayendo en una trampa cognitiva, que me instala en un sistema permeable al autoengaño. La paranoia, que descarga toda la responsabilidad por el curso inesperado de los acontecimientos sobre mis adversarios, es la consecuencia inevitable de estas falsas concatenaciones mentales. El populismo kirchnerista ha hecho uso y abuso de las interpretaciones paranoicas. El expresidente Eduardo Duhalde ha pedido al gobierno “dejarse de embromar con el tema del complot”. En este final de ciclo existe un cierto cansancio por las enunciaciones conspirativas. Hay un deseo generalizado de terminar con el juego de reducir la política a esas gastadas estratagemas que guardan un aire de familia con los recursos que antaño usaban las madres para amedrentar a los niños más inquietos.


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