Una capa de invisibilidad

Redacción

Por Redacción

El empresario patagónico más famoso, Lázaro Báez, quiere que para esta Navidad Papá Noel le regale una capa de invisibilidad, como la del mago Harry Potter. La necesita con urgencia. Aunque es de suponer que Báez tiene en sus bóvedas vaya a saber cuántos miles de millones de dólares blue, euros e incluso pesos, no puede disfrutarlos lejos del mundanal ruido como quisiera. Que éste sea el caso le parecerá muy injusto. No soporta que en todas partes sujetos envidiosos hablen mal de él y de sus negocios, tratándolo como si fuera un delincuente. Espera que la Justicia lo ayude a silenciarlos para que en adelante no haya alusiones a su existencia u opiniones en torno a sus actividades en cualquier lugar: organismos públicos, portales de internet, medios de comunicación audiovisuales. Por motivos comprensibles, el hombre sueña con borrarse. A menos que consiga frenar las investigaciones que están en marcha, su propio futuro, y el de muchas otras personas, podría ser sumamente desagradable. Al adaptarse la familia judicial a nuevas circunstancias, tener la reputación de ser amigo de miembros del gobierno nacional está dejando de ser tan ventajoso como era. Por el contrario, a ojos de los deseosos de vengarse por años de lo que toman por trato humillante, será de por sí evidencia de culpabilidad. La Justicia politizada es un arma de doble filo; de cambiar el clima, quienes se habían habituado a verse beneficiados por todas las dudas concebibles corren peligro de caer víctimas del rencor de conversos vengativos. Desgraciadamente para Báez, volver al anonimato no le será fácil. Sus esfuerzos en tal sentido ya han sido contraproducentes. Si lo que busca es impedir que la gente se interese por sus negocios, ya se habrá dado cuenta de que cometió un error bastante grave al procurar amordazar no sólo a los periodistas del matutino porteño “La Nación”, acusándolos de conseguir información por medios ilícitos, sino también a todos los demás. Quisiera convertirse en un hombre invisible, pero sólo ha logrado ubicarse en el centro de un escenario bien iluminado al obligar a los preocupados por lo que está sucediendo en el país a prestar aún más atención que antes a sus vínculos con el poder político. Hasta el jefe de Gabinete, Jorge Capitanich, se sintió constreñido a intervenir en el asunto “a favor de la democracia plena y la libertad de expresión sin restricciones de ninguna naturaleza”. La razón por la que el contratista quiere desaparecer es sencilla. Nadie ignora que su transformación meteórica de empleado bancario humilde en magnate multimillonario se debió exclusivamente a su relación con el matrimonio Kirchner. Fue merced a la ayuda de la pareja, y al compromiso con “la burguesía nacional”, o sea el capitalismo de los amigos, del movimiento que improvisó, que Báez logró abrirse camino en la vida. ¿Hubo irregularidades? Depende del punto de vista de cada uno. Para los convencidos de que es perfectamente normal que políticos poderosos repartan favores entre sus amigos, el que los Kirchner hayan colaborado con un socio tan valioso no tiene nada de extraño. Mal que les pese a moralistas de ideas foráneas, así funcionan las cosas tanto en la Argentina como en muchos otros países. En cambio, para ciertos individuos nostálgicos que se jactan de su adhesión a principios más severos, tales arreglos son corruptos porque sirven para que el poder político genere dinero, muchísimo dinero. Es lógico, pues, que muchos crean que Lázaro es un testaferro de sus padrinos, que, lo mismo que cuando era un cadete bancario, se dedica a cuidar el dinero ajeno. Para Cristina, los problemas del amigo Lázaro han de ser motivo de viva preocupación. Su propio destino podría depender de la evolución del caso todavía amorfo que está protagonizando el empresario. Aun cuando ella misma no haya participado activamente de la sociedad, formal o informal, de su extinto esposo con un contratista que se enriqueció haciendo negocios con el Estado, sabrá que su propio patrimonio no es fruto de su labor como “abogada exitosa”. Si bien Néstor Kirchner y su esposa se las arreglaron para adquirir muchas propiedades antes de insertarse en la clase política nacional, en las décadas que siguieron ambos dependieron, en teoría por lo menos, de sus ingresos como funcionarios públicos. Según la declaración jurada más reciente, hace algunos meses Cristina tenía ahorrados 40.213.189,19 pesos, una fortuna modesta que no debería motivar demasiadas sospechas. Sin embargo, siempre han sido tan laberínticas las finanzas de la familia reinante, y tantas las versiones acerca de las dimensiones auténticas de su patrimonio, que los hay que conjeturan que será llamativamente mayor. Por cierto, si por algún motivo la presidenta optara por retirarse de la vida pública, no le sería del todo fácil vivir por muchos años en el estilo al que se ha acostumbrado a base de un capital de aproximadamente cuatro millones de dólares, aun cuando se viera suplementado por una jubilación de privilegio, sobre todo si tuviera que encargarse de los gastos de sus hijos y otros parientes. Como suele ocurrir cuando un gobierno antes “hegemónico” pierde el apoyo popular, está propagándose con rapidez la propensión a atribuir buena parte de los problemas económicos y sociales del país a la corrupción. A juicio no sólo de políticos opositores y clérigos sino también de muchos otros, los saqueos y los motines policiales de las semanas últimas mostraron que “los de abajo” habían hecho suyo el código de valores de “los de arriba”. De entrar el país en una de sus periódicas fases moralistas, los más perjudicados serían con toda seguridad Cristina, sus colaboradores, comenzando con Amado Boudou, y socios como Báez. Para hacer frente al peligro así supuesto, los kirchneristas han emprendido una contraofensiva. Aunque ya es demasiado tarde para que “democraticen” la Justicia como querían antes de las elecciones legislativas de octubre pasado, todavía están en condiciones de aprovechar el poder que supieron acumular en el transcurso de la década ganada para intentar apartar a fiscales molestos como José María Campagnoli. En el corto plazo, tales maniobras podrían asegurarles algunos beneficios, pero, al consolidarse la impresión de que los kirchneristas están procurando garantizar su propia impunidad, los desprestigian cada vez más, privándolos de pedazos del blindaje político que tanto necesitan.

SEGÚN LO VEO

JAMES NEILSON


El empresario patagónico más famoso, Lázaro Báez, quiere que para esta Navidad Papá Noel le regale una capa de invisibilidad, como la del mago Harry Potter. La necesita con urgencia. Aunque es de suponer que Báez tiene en sus bóvedas vaya a saber cuántos miles de millones de dólares blue, euros e incluso pesos, no puede disfrutarlos lejos del mundanal ruido como quisiera. Que éste sea el caso le parecerá muy injusto. No soporta que en todas partes sujetos envidiosos hablen mal de él y de sus negocios, tratándolo como si fuera un delincuente. Espera que la Justicia lo ayude a silenciarlos para que en adelante no haya alusiones a su existencia u opiniones en torno a sus actividades en cualquier lugar: organismos públicos, portales de internet, medios de comunicación audiovisuales. Por motivos comprensibles, el hombre sueña con borrarse. A menos que consiga frenar las investigaciones que están en marcha, su propio futuro, y el de muchas otras personas, podría ser sumamente desagradable. Al adaptarse la familia judicial a nuevas circunstancias, tener la reputación de ser amigo de miembros del gobierno nacional está dejando de ser tan ventajoso como era. Por el contrario, a ojos de los deseosos de vengarse por años de lo que toman por trato humillante, será de por sí evidencia de culpabilidad. La Justicia politizada es un arma de doble filo; de cambiar el clima, quienes se habían habituado a verse beneficiados por todas las dudas concebibles corren peligro de caer víctimas del rencor de conversos vengativos. Desgraciadamente para Báez, volver al anonimato no le será fácil. Sus esfuerzos en tal sentido ya han sido contraproducentes. Si lo que busca es impedir que la gente se interese por sus negocios, ya se habrá dado cuenta de que cometió un error bastante grave al procurar amordazar no sólo a los periodistas del matutino porteño “La Nación”, acusándolos de conseguir información por medios ilícitos, sino también a todos los demás. Quisiera convertirse en un hombre invisible, pero sólo ha logrado ubicarse en el centro de un escenario bien iluminado al obligar a los preocupados por lo que está sucediendo en el país a prestar aún más atención que antes a sus vínculos con el poder político. Hasta el jefe de Gabinete, Jorge Capitanich, se sintió constreñido a intervenir en el asunto “a favor de la democracia plena y la libertad de expresión sin restricciones de ninguna naturaleza”. La razón por la que el contratista quiere desaparecer es sencilla. Nadie ignora que su transformación meteórica de empleado bancario humilde en magnate multimillonario se debió exclusivamente a su relación con el matrimonio Kirchner. Fue merced a la ayuda de la pareja, y al compromiso con “la burguesía nacional”, o sea el capitalismo de los amigos, del movimiento que improvisó, que Báez logró abrirse camino en la vida. ¿Hubo irregularidades? Depende del punto de vista de cada uno. Para los convencidos de que es perfectamente normal que políticos poderosos repartan favores entre sus amigos, el que los Kirchner hayan colaborado con un socio tan valioso no tiene nada de extraño. Mal que les pese a moralistas de ideas foráneas, así funcionan las cosas tanto en la Argentina como en muchos otros países. En cambio, para ciertos individuos nostálgicos que se jactan de su adhesión a principios más severos, tales arreglos son corruptos porque sirven para que el poder político genere dinero, muchísimo dinero. Es lógico, pues, que muchos crean que Lázaro es un testaferro de sus padrinos, que, lo mismo que cuando era un cadete bancario, se dedica a cuidar el dinero ajeno. Para Cristina, los problemas del amigo Lázaro han de ser motivo de viva preocupación. Su propio destino podría depender de la evolución del caso todavía amorfo que está protagonizando el empresario. Aun cuando ella misma no haya participado activamente de la sociedad, formal o informal, de su extinto esposo con un contratista que se enriqueció haciendo negocios con el Estado, sabrá que su propio patrimonio no es fruto de su labor como “abogada exitosa”. Si bien Néstor Kirchner y su esposa se las arreglaron para adquirir muchas propiedades antes de insertarse en la clase política nacional, en las décadas que siguieron ambos dependieron, en teoría por lo menos, de sus ingresos como funcionarios públicos. Según la declaración jurada más reciente, hace algunos meses Cristina tenía ahorrados 40.213.189,19 pesos, una fortuna modesta que no debería motivar demasiadas sospechas. Sin embargo, siempre han sido tan laberínticas las finanzas de la familia reinante, y tantas las versiones acerca de las dimensiones auténticas de su patrimonio, que los hay que conjeturan que será llamativamente mayor. Por cierto, si por algún motivo la presidenta optara por retirarse de la vida pública, no le sería del todo fácil vivir por muchos años en el estilo al que se ha acostumbrado a base de un capital de aproximadamente cuatro millones de dólares, aun cuando se viera suplementado por una jubilación de privilegio, sobre todo si tuviera que encargarse de los gastos de sus hijos y otros parientes. Como suele ocurrir cuando un gobierno antes “hegemónico” pierde el apoyo popular, está propagándose con rapidez la propensión a atribuir buena parte de los problemas económicos y sociales del país a la corrupción. A juicio no sólo de políticos opositores y clérigos sino también de muchos otros, los saqueos y los motines policiales de las semanas últimas mostraron que “los de abajo” habían hecho suyo el código de valores de “los de arriba”. De entrar el país en una de sus periódicas fases moralistas, los más perjudicados serían con toda seguridad Cristina, sus colaboradores, comenzando con Amado Boudou, y socios como Báez. Para hacer frente al peligro así supuesto, los kirchneristas han emprendido una contraofensiva. Aunque ya es demasiado tarde para que “democraticen” la Justicia como querían antes de las elecciones legislativas de octubre pasado, todavía están en condiciones de aprovechar el poder que supieron acumular en el transcurso de la década ganada para intentar apartar a fiscales molestos como José María Campagnoli. En el corto plazo, tales maniobras podrían asegurarles algunos beneficios, pero, al consolidarse la impresión de que los kirchneristas están procurando garantizar su propia impunidad, los desprestigian cada vez más, privándolos de pedazos del blindaje político que tanto necesitan.

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