“Nuestro federalismo es de utilería”
Para Juan José Llach, autor de “Federales y unitarios en el siglo XXI”, la Argentina nunca practicó definidamente el sistema federal asumido por nuestra Constitución nacional. Muy por el contrario, a lo largo de más de un siglo y medio se sigue consolidando un unitarismo que, ejercido por Nación, maneja discrecionalmente la inmensa masa de recursos financieros coparticipables con las provincias, en una cultura de ejercicio del poder que enferma al conjunto de la economía. Desde su sólida y documentada investigación, Llach no se detiene sólo en el diagnóstico, sino que suma propuestas para colocar al país en tren al sistema federal que pregona mucho pero no asume. La que sigue es la entrevista de Llach con “Debates”.
–Su libro es, en alguna medida, un retorno al tema por el cual durante más de 60 años, en el siglo XIX, los argentinos se mataron en guerras civiles. Y si hoy no se matan, persiste en términos de centralidad la dicotomía unitarios y federales…
–La centralidad comienza con los recursos del Tesoro, los recursos nacionales que hace más de un siglo y medio llamábamos los recursos que dejaba la Aduana. En mi libro cito una reflexión de Ernesto Quesada de 1898, en la que dice que el Tesoro es el “eje de toda la política argentina”. Y que meterse en esa cuestión es “picar en arena candente”…
–Cómo es posible la persistencia de esta colisión por la distribución de recursos entre el poder central y las provincias?
–Sus razones expresan un tramado muy complejo de intereses. Son dos siglos de tramado, porque cuando Artigas da instrucciones a los diputados de la Banda Oriental para hablar del manejo de la Aduana de Buenos Aires como proveedora de recursos, la cuestión comienza a instalarse…
–¿La causa es esencialmente política?
–Por supuesto. Mire desde donde se lo se mire, emerge de una manera u otra la persistente cultura de ejercer el poder nacional en términos hegemónicos. Hacer valer, desde Nación, recursos que son de todos pero ella se apropia. Incluso en democracia, como lo expresa la década K. Pero aquella cultura llega de muy lejos…
–¿Qué tiene de nuevo, en todo caso, en relación con todo ese pasado el kirchnerismo?
–No sé si algo nuevo. En todo caso es un sistema de decisión que nunca se planteó, aun en los largos momentos en que estuvo ayudado por todos los vientos de cola imaginables y con el respaldo que tuvo, ni se permitió incorporar una mirada amplia sobre el problema del federalismo, que sigue siendo un federalismo de utilería. El kirchnerismo no contempla el ejercicio de poder como construcción enriquecedora para el conjunto. Es permanente búsqueda –y prejuiciosa además– de hegemonía…
–No hay metáfora en ese estilo…
–No la hay. Un dato que vuelco en el libro: en estos 10 años el sistema fiscal se ratificó en su unitarismo. En el lapso 2003-2012, Nación incrementó su participación en el campo de recursos financieros. Se quedó con 130.000 millones de dólares de los que, apreciados a valor del 2012, sólo canalizó a las provincias y municipios 52.500 millones. Pero claro, acá viene la otra perversidad que alienta la cultura del hegemonismo en el ejercicio del poder. El grueso de esos 52.000 millones de dólares se distribuyó entre provincias y municipios amigos del poder K.
–En el libro usted señala que la existencia de desequilibrios entre lo que recaudan las provincias y lo que gastan, las hace prisioneras de Nación. Necesitan sus recursos para sueldos, para obras, etc. ¿Cómo salir de esa relación tan enferma?
–A lo que se suma, y en un tema muy grave, que la Argentina tiene un sistema impositivo muy opuesto a la producción. ¿Cómo se sale? En el libro planteo un menú de alternativas direccionadas a avanzar hacia un federalismo sano, estimulante. Por ejemplo, un punto de partida: las provincias deben tener mayor poder tributario, también los municipios. Por usos, costumbres, decisiones de Nación, se les ha quitado mucho de esas facultades. Pero revertir esto implica, con independencia de otras decisiones, un acuerdo por parte de las provincias. Y yo realmente –y mire que camino este país– cuando hablo con funcionarios provinciales dedicados al tema tributario no encuentro definida voluntad de luchar por recuperar espacio y decisión en esta cuestión. Y en esto hace a muchas cuestiones…
–¿Están muy personalizadas las relaciones entre Nación y provincias? Es decir, ¿no juegan en esa articulación otras instancias como el cara a cara de un gobernador y un jefe de Gabinete?
–Y esa personalización es un problema: hace y deshace según voluntades, estados de ánimo, favores de naturaleza política. Hay de todas maneras algunos gobernadores que alzan la voz. Hoy hay gobernadores, por caso, que reclaman la devolución del 15% de la masa coparticipable que fue a la seguridad social, lo cual es muy razonable. O también reclaman la coparticipación del impuesto a los créditos y débitos bancarios. Pero no hay mucho más en materia de reclamos en conjunto. Este déficit de hacer valer derechos legítimos se da, además, en el arco que media entre la reforma a la Constitución Nacional de 1994 y donde se decidió votar una nueva ley de coparticipación pero nunca se dictó.
–En la presentación de su libro en la Universidad Di Tella quedó flotando para la reflexión una de sus propuestas para saldar en procura de un mejor sistema federal: la creación del Fondo de Convergencia. Usted dijo ahí que ese fondo daría una de las razones de ser del federalismo. ¿Cómo es esto?
–En el libro mostramos que en el período 1950–2010, esos 60 años cubren casi toda la vigencia del régimen de coparticipación que se inicia en la década del 30. En todo ese lapso no hubo suficiente convergencia en el nivel de vida de las provincias, o sea… sí, sí, la razón de ser del régimen de coparticipación que sí hace a un mejor federalismo…
–¿El caso de Canadá es un paradigma de esa convergencia?
–Uno de los muy buenos ejemplos. Canadá, en algo que podemos definir como un principio operativo de lo institucional-político, asume que cualquiera de sus ciudadanos, en cualquier lugar que habiten de su territorio, tienen que tener la misma calidad de bienes y servicios públicos. Y eso hace a un proyecto de convergencia bien plasmado…
–¿Cómo plasmarlo aquí?
–Bueno, eso hace a trabajar con racionalidad, madurez sobre lo que ya no puede seguir siendo un sistema federal. Hace a decisiones fundadas en mudanzas de culturas políticas, de ejercicio del poder. Pero se puede avanzar. Mire, el Fondo de Convergencia hace o está englobado en nuestra propuesta de crear un Fondo de Desarrollo Humano, que pivotea en mucho en la educación. El Fondo de Convergencia puede integrarse con un tramo del porcentaje del aumento de gama de impuestos coparticipables o no. También con recursos provenientes de la reducción de subsidios a la energía, transportes. Una parte de ese volumen de recursos se canalizaría a programas de nutrición, promoción social y otros rangos. Otra a infraestructura. Los recibirían varios tipos de provincias, cada una con su naturaleza…
–¿Por ejemplo?
–Le doy un caso nomás. Aquellas provincias que tengan un PBI por habitante inferior al promedio nacional que lo reciban deben cumplir, por caso, con emparejar con recursos propios, estamos hablando de provincias que hayan recuperado poder recaudador del que ya hablamos, y de esta manera equilibrarían los fondos recibidos. Éste es uno de los caminos que señalamos en el libro, uno. No se debería descartar que los recursos del Fondo de Convergencia sustituyan, en el correr del tiempo, las transferencias discrecionales con que Nación se relaciona con las provincias…
Carlos torrengo
carlostorrengo@hotmail.com
Entrevista: Juan José LLach
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