“¡Ah, la Patagonia!”

Redacción

Por Redacción

Porteño, 69 años. Casado. Cuatro hijos y nietos que se suman. Católico. Hincha de Rosario Central, pero ya no gasta la redonda. Y amante de la ópera. Economista y sociólogo. Culto. Espíritu inquieto. Estilo directo, amable. Y un rostro que amaga parecerse al de Bertrand Russell. Juan José Llach está merecidamente situado entre los más rigurosos pensadores que tiene el país a la hora de reflexionar sobre los problemas nacionales. Un intelecto inquisitivo forjado en el estudio, en el convencimiento del valor de la racionalidad que va por la duda y ésta acicatea la llegada a “ese más allá” diría Heidegger, que es la certidumbre. Huelga en éstas los antecedentes profesionales de Llach. Conocidos. Un hombre que tiene a la Patagonia siempre presente a la hora de escribir sobre el país, ya que su padre, muy ligado a la orden de los salesianos, vivió aquí. “¡Ah, la Patagonia!”, suele decir cuando ésta emerge en el trámite de ideas sobre el país. Hace 16 años, en su libro “Otro siglo, otra Argentina”, se cruzó a cierto determinismo que recorre el imaginario europeo sobre la Patagonia como un imposible para la vitalidad creadora. Citaba incluso a Jean Baudrillard, quien presentía que la Patagonia es la “desolación de las desolaciones”… “una región de exilio, un lugar de desterritorialización, una especie de Triángulo de la Bermudas”. Juan José Llach resiste esa visión. En caprichosa síntesis, puede decirse que su pensamiento sobre la región se organiza desde las posibilidades que en aquel libro él llamó “racimos productivos” y “redes locales de empresas basadas en los recursos naturales”. Esto con independencia del vector energético. Pero en línea a lo primero, en los trabajos de Llach siempre emerge el Alto Valle del Río Negro. En su flamante “Federales y unitarios en el siglo XXI”, lo denomina “desarrollo endógeno”. La conjunción de capital humano, inversión e innovación.


Porteño, 69 años. Casado. Cuatro hijos y nietos que se suman. Católico. Hincha de Rosario Central, pero ya no gasta la redonda. Y amante de la ópera. Economista y sociólogo. Culto. Espíritu inquieto. Estilo directo, amable. Y un rostro que amaga parecerse al de Bertrand Russell. Juan José Llach está merecidamente situado entre los más rigurosos pensadores que tiene el país a la hora de reflexionar sobre los problemas nacionales. Un intelecto inquisitivo forjado en el estudio, en el convencimiento del valor de la racionalidad que va por la duda y ésta acicatea la llegada a “ese más allá” diría Heidegger, que es la certidumbre. Huelga en éstas los antecedentes profesionales de Llach. Conocidos. Un hombre que tiene a la Patagonia siempre presente a la hora de escribir sobre el país, ya que su padre, muy ligado a la orden de los salesianos, vivió aquí. “¡Ah, la Patagonia!”, suele decir cuando ésta emerge en el trámite de ideas sobre el país. Hace 16 años, en su libro “Otro siglo, otra Argentina”, se cruzó a cierto determinismo que recorre el imaginario europeo sobre la Patagonia como un imposible para la vitalidad creadora. Citaba incluso a Jean Baudrillard, quien presentía que la Patagonia es la “desolación de las desolaciones”... “una región de exilio, un lugar de desterritorialización, una especie de Triángulo de la Bermudas”. Juan José Llach resiste esa visión. En caprichosa síntesis, puede decirse que su pensamiento sobre la región se organiza desde las posibilidades que en aquel libro él llamó “racimos productivos” y “redes locales de empresas basadas en los recursos naturales”. Esto con independencia del vector energético. Pero en línea a lo primero, en los trabajos de Llach siempre emerge el Alto Valle del Río Negro. En su flamante “Federales y unitarios en el siglo XXI”, lo denomina “desarrollo endógeno”. La conjunción de capital humano, inversión e innovación.

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