La santa religión
Por Jorge Gadano
El «amaos los unos a los otros» que preside el espíritu navideño estuvo presente en la recepción que el papa Juan Pablo II brindó en San Pedro a la familia real italiana, que regresó a Roma al cabo de 56 años de ausencia. Los Savoia tenían la entrada prohibida desde que huyeron en 1946, debido a que uno de sus más ilustres antepasados, Vittorio Emanuele número tres, aliado de Benito Mussolini, acompañó al dictador en sus más abominables crímenes.
Mussolini llegó al poder en 1922 con el apoyo del entonces rey de Italia, quien también favoreció la alianza con Adolfo Hitler y, consiguientemente, el ingreso del país a la Segunda Guerra Mundial. E hizo lo peor: firmó las leyes racistas que posibilitaron el envío de unos ocho mil judíos italianos a los campos de concentración del nazismo. Fueron pocos -Primo Levi uno de ellos- los que sobrevivieron. ¿Por un milagro?
En la constitución italiana de 1947 una norma prohibió el regreso al país de los Savoia, pero recientemente el Parlamento aprobó una ley que la modificó para hacer posible el regreso. De monarca a monarca, el Papa dijo al sucesor del amigo de Mussolini, también llamado Vittorio Emanuele, y a su familia, «sean ustedes bienvenidos». Fue un saludo que para muchos millones de italianos, católicos o no, debe haber resultado de difícil digestión.
Difícilmente Juan Pablo podría ser caracterizado como un progresista. Dos días antes de dar la bienvenida a la realeza residual fijó la fecha del 19 de octubre de 2003 para la beatificación de la Madre Teresa de Calcuta. Y como es imprescindible que la persona designada para la beatificación haya sido autora de un milagro -del tipo de los que suele atribuirse, por ejemplo, la Iglesia Universal del Reino de Dios- no tuvo empacho en quitarles a unos médicos el mérito de una curación y atribuirlo a Teresa.
El caso, ya tratado en esta columna, se produjo en un hospital oncológico de Calcuta, donde al cabo de un tratamiento con fármacos y quimioterapia una mujer se curó de un cáncer. Pero, ya en trámite el expediente de beatificación en la Congregación para la Causa de los Santos -conocida también como «la fábrica de santos»-, y al cabo de una «investigación» del asunto, el Papa decidió que la sanación se debía a que un grupo de mujeres que rezaban junto a la enferma le habían colocado una medalla que había sido bendecida por Teresa. Hay que creer, por lo tanto, que gracias a una medallita la larga batalla contra el cáncer ha terminado, o bien que otra larga batalla, la de la religión contra la ciencia -cuya más eminente víctima fue Galileo Galilei- continúa.
Richard Dawkins, un profesor de Ciencia en Oxford, escribió después del atentado a las Torres Gemelas un artículo titulado «La religión es un arma cargada» (publicado en «Página 12»).
Refiriéndose a los musulmanes que se inmolaron en el ataque, después de decir que «nadie es tan estúpido» como para dejarse convencer por Osama de que podrá sobrevivir a semejante atentado, lo que sí puede funcionar es la oferta de que después de la inevitable muerte encontrarán «un gran Oasis en el Cielo», donde «a cada uno le tocarán 72 vírgenes exclusivas y cachondas».
Sin ironía, Dawkins dice que si el avión en que uno viaja es copado por un secuestrador laico, siempre es posible negociar y salvar la vida de los pasajeros. Porque de lo que se trata es de obtener un rescate, o la liberación de presos en Israel, en Chechenia, o en cualquier país -hay muchos- donde haya «esa clase» de presos.
Pero es más complicado cuando se trata de destruir y matar. Para eso se necesitan seres humanos dispuestos a convertirse en misiles, a cuyo fin es preciso -volvemos a Dawkins- «alimentarlos con una mitología completa y consistente como para que la mentira, cuando llegue, no parezca tan increíble».
Ese sistema ya existe, y es milenario. «Se llama religión, y por razones que algún día entenderemos, la mayoría cae en sus redes… Todo lo que tenemos que hacer es encontrar a algunos de esos que creen en la religión y darles lecciones de vuelo».
Después del atentado, Dawkins habla, por su dolor y su indignación, del efecto devaluador que la religión tiene sobre la vida humana. La de otros, pero también la propia. «La religión -dice- enseña la peligrosa estupidez de que la muerte no es el fin».
Es tan estúpido como divulgar creencias en favor de la milagrería y en contra del saber científico. ¿Conviene más al tratamiento del cáncer el auxilio de la ciencia médica o los rezos y una medalla de oro, plata, aluminio o latón bendecida por alguno de los 465 santos consagrados por Juan Pablo?
El Vaticano considera que una curación es milagrosa cuando es «inexplicable» para la ciencia. Naturalmente, tampoco hay explicación para el milagro, pero lo que importa es que haya mucha gente que se lo crea -del mismo modo que creía que el Sol giraba en torno de la Tierra- hasta que la ciencia lo explica. Siempre, de todas maneras, quedará algo por explicar, y alguien que proclamará milagros. Sólo en la ceremonia dedicada a Teresa, Juan Pablo aprobó 14.
Esta columna volverá a estar con sus lectores el primer sábado de febrero.
El "amaos los unos a los otros" que preside el espíritu navideño estuvo presente en la recepción que el papa Juan Pablo II brindó en San Pedro a la familia real italiana, que regresó a Roma al cabo de 56 años de ausencia. Los Savoia tenían la entrada prohibida desde que huyeron en 1946, debido a que uno de sus más ilustres antepasados, Vittorio Emanuele número tres, aliado de Benito Mussolini, acompañó al dictador en sus más abominables crímenes.
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