Cerrando filas

Redacción

Por Redacción

Para enfrentar la fase final, y con toda probabilidad más tumultuosa, de sus ocho años como presidenta de la república, Cristina Fernández de Kirchner acaba de dar aún más poder a La Cámpora al nombrar secretario general de la presidencia a Eduardo “Wado” de Pedro, un joven “cuadro” que, a diferencia de muchos conmilitones de la organización creada por Máximo Kirchner, no parece incluir al gobernador bonaerense Daniel Scioli en su lista negra particular de enemigos de la causa nacional y popular. Podría tratarse de una señal de que Cristina se ha resignado a que Scioli sea el candidato oficialista en las elecciones próximas, pero no extrañaría que pronto decidiera intentar hacerlo tropezar, ya que en su relación con el exvicepresidente de origen menemista se ha habituado a alternar períodos de amistad aparente con otros de hostilidad apenas disimulada en los que ha brindado la impresión de querer destituirlo. Sea como fuere, tanto la llegada a un puesto de privilegio de un camporista como la salida del desafortunado Jorge Capitanich, que dejó la jefatura de Gabinete con la esperanza de ser elegido intendente de Resistencia luego de algunos meses como gobernador de Chaco, y la del hasta el jueves pasado ministro de Salud, Juan Manzur, que tiene los ojos puestos en la gobernación de Tucumán, reflejan la voluntad de Cristina de prepararse para una etapa que amenaza con serle sumamente difícil. Por ser tan graves los problemas frente al país, sería lógico que la presidenta procurara ampliar su base de sustentación formando un gobierno de unidad nacional pero, huelga decirlo, no se le ocurrió pensar en tal opción. Para Cristina, lo que más importa es la lealtad hacia su propia persona de los integrantes de su equipo, razón por la que le parecería insensato pedir la ayuda de sus adversarios políticos. Al fin y al cabo, sería poco realista esperar que una presidenta que se resiste a dialogar con los representantes de agrupaciones opositoras reconociera que, dadas las circunstancias, le convendría tanto a ella misma como al país que el gobierno contara con la participación de dirigentes con peso propio. Desde el punto de vista de Cristina la oposición, que según parece a su juicio es congénitamente “golpista”, es mucho más peligrosa que la crisis socioeconómica que está agravándose mes tras mes. El lugar en el equipo de Cristina que tuvo Capitanich ha sido tomado por Aníbal Fernández, el que, después de un período como senador nacional primero y, brevemente, como secretario general de la Presidencia, ha regresado al cargo de jefe de Gabinete que fue suyo casi un lustro atrás. Es de prever que Fernández se concentre en fabricar las barbaridades retóricas a las que nos tiene acostumbrados: antes de celebrarse la marcha de silencio de 18F para homenajear al fiscal Alberto Nisman, dijo que la habían convocado “narcos” y “antisemitas”, pero después nos sorprendió afirmando que le “hubiese gustado estar” en ella. Aunque Capitanich procuró emular al quilmeño pronunciando frases memorables, sus esfuerzos en tal sentido resultaron contraproducentes porque nunca pudo librarse del aire de solemnidad pomposa que siempre lo ha acompañado, razón por la que su defensa apasionada de todo lo hecho por el gobierno y los ataques vehementes, formulados en un lenguaje rebuscado, contra sus muchos adversarios que culminaron con la ruptura ante las cámaras de un ejemplar del matutino “Clarín”, que según los kirchneristas es responsable de todos los males nacionales, terminaron motivando más risas que preocupación. Si bien el estilo de Aníbal Fernández es aún más combativo que el del chaqueño, podrá salirse con la suya porque, guiños cómplices mediante, sabe brindar la impresión de no tomarse demasiado en serio. Sea como fuere, el que Cristina crea que lo que más necesita en este momento es contar con voceros capaces de decir virtualmente cualquier cosa con el propósito de dejar demudados a sus críticos hace prever que muy poco cambiará en los meses venideros. Puede que el famoso relato kirchnerista no sea más que una obra de ficción, pero así y todo la presidenta parece resuelta a seguir reivindicándola, de ahí la decisión de confiar la jefatura del Gabinete a un político que es mejor conocido por su agresividad, combinada con cierto sentido del humor, que por sus eventuales dotes administrativas.

Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 5.196.592 Director: Julio Rajneri Codirectora: Nélida Rajneri de Gamba Vicedirector: Aleardo F. Laría Rajneri Editor responsable: Ítalo Pisani Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA – Domingo 1 de marzo de 2015


Para enfrentar la fase final, y con toda probabilidad más tumultuosa, de sus ocho años como presidenta de la república, Cristina Fernández de Kirchner acaba de dar aún más poder a La Cámpora al nombrar secretario general de la presidencia a Eduardo “Wado” de Pedro, un joven “cuadro” que, a diferencia de muchos conmilitones de la organización creada por Máximo Kirchner, no parece incluir al gobernador bonaerense Daniel Scioli en su lista negra particular de enemigos de la causa nacional y popular. Podría tratarse de una señal de que Cristina se ha resignado a que Scioli sea el candidato oficialista en las elecciones próximas, pero no extrañaría que pronto decidiera intentar hacerlo tropezar, ya que en su relación con el exvicepresidente de origen menemista se ha habituado a alternar períodos de amistad aparente con otros de hostilidad apenas disimulada en los que ha brindado la impresión de querer destituirlo. Sea como fuere, tanto la llegada a un puesto de privilegio de un camporista como la salida del desafortunado Jorge Capitanich, que dejó la jefatura de Gabinete con la esperanza de ser elegido intendente de Resistencia luego de algunos meses como gobernador de Chaco, y la del hasta el jueves pasado ministro de Salud, Juan Manzur, que tiene los ojos puestos en la gobernación de Tucumán, reflejan la voluntad de Cristina de prepararse para una etapa que amenaza con serle sumamente difícil. Por ser tan graves los problemas frente al país, sería lógico que la presidenta procurara ampliar su base de sustentación formando un gobierno de unidad nacional pero, huelga decirlo, no se le ocurrió pensar en tal opción. Para Cristina, lo que más importa es la lealtad hacia su propia persona de los integrantes de su equipo, razón por la que le parecería insensato pedir la ayuda de sus adversarios políticos. Al fin y al cabo, sería poco realista esperar que una presidenta que se resiste a dialogar con los representantes de agrupaciones opositoras reconociera que, dadas las circunstancias, le convendría tanto a ella misma como al país que el gobierno contara con la participación de dirigentes con peso propio. Desde el punto de vista de Cristina la oposición, que según parece a su juicio es congénitamente “golpista”, es mucho más peligrosa que la crisis socioeconómica que está agravándose mes tras mes. El lugar en el equipo de Cristina que tuvo Capitanich ha sido tomado por Aníbal Fernández, el que, después de un período como senador nacional primero y, brevemente, como secretario general de la Presidencia, ha regresado al cargo de jefe de Gabinete que fue suyo casi un lustro atrás. Es de prever que Fernández se concentre en fabricar las barbaridades retóricas a las que nos tiene acostumbrados: antes de celebrarse la marcha de silencio de 18F para homenajear al fiscal Alberto Nisman, dijo que la habían convocado “narcos” y “antisemitas”, pero después nos sorprendió afirmando que le “hubiese gustado estar” en ella. Aunque Capitanich procuró emular al quilmeño pronunciando frases memorables, sus esfuerzos en tal sentido resultaron contraproducentes porque nunca pudo librarse del aire de solemnidad pomposa que siempre lo ha acompañado, razón por la que su defensa apasionada de todo lo hecho por el gobierno y los ataques vehementes, formulados en un lenguaje rebuscado, contra sus muchos adversarios que culminaron con la ruptura ante las cámaras de un ejemplar del matutino “Clarín”, que según los kirchneristas es responsable de todos los males nacionales, terminaron motivando más risas que preocupación. Si bien el estilo de Aníbal Fernández es aún más combativo que el del chaqueño, podrá salirse con la suya porque, guiños cómplices mediante, sabe brindar la impresión de no tomarse demasiado en serio. Sea como fuere, el que Cristina crea que lo que más necesita en este momento es contar con voceros capaces de decir virtualmente cualquier cosa con el propósito de dejar demudados a sus críticos hace prever que muy poco cambiará en los meses venideros. Puede que el famoso relato kirchnerista no sea más que una obra de ficción, pero así y todo la presidenta parece resuelta a seguir reivindicándola, de ahí la decisión de confiar la jefatura del Gabinete a un político que es mejor conocido por su agresividad, combinada con cierto sentido del humor, que por sus eventuales dotes administrativas.

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