En guerra contra una idea
SEGÚN LO VEO
Ya no es noticia que los yihadistas del autoproclamado Estado Islámico maten a miles de hombres, mujeres y niños, que amenacen con dinamitar las ruinas grecorromanas de Palmira o que se hayan apoderado de una ciudad a apenas cien kilómetros de Bagdad. El mundo se ha acostumbrado a la presencia en una extensa zona de Oriente Medio de lo que inicialmente tomó por una pandilla de delincuentes sanguinarios, una versión musulmana de la Mara Salvatrucha centroamericana, pero que para asombro de muchos pronto se erigió en una potencia regional. Parecería que los gobiernos occidentales creen que, si minimizan el peligro que plantea, “el califato” se desinflará porque es un anacronismo absurdo, lo que les ahorraría la necesidad engorrosa de enfrentarlo, tarea ésta que, insisten, les corresponde a los gobernantes de Irak, Siria y países vecinos como Jordania y Arabia Saudita.
No hay señales de que esté funcionando la indiferencia estratégica, por llamar así a la opción elegida por los norteamericanos y sus aliados europeos. Por el contrario, el Estado Islámico, también conocido como ISIS por las siglas en inglés del nombre que adoptó en una etapa anterior, sigue atrayendo a cada vez más jóvenes procedentes no sólo de países mayoritariamente musulmanes sino también de otros que encuentran irresistible la combinación de brutalidad extrema y fanatismo religioso que ha hecho suya.
La expansión vertiginosa de ISIS sorprendió a los resueltos a convencerse de que, por ser la democracia pluralista tan claramente superior a los por lo común brutales esquemas políticos de otros tiempos, estaba por difundirse en Oriente Medio tal y como sucedió en América Latina luego de un período ensangrentado por terroristas mesiánicos y dictaduras militares. Por algunos meses creyeron que jóvenes familiarizados con el estilo de vida occidental asegurarían que la primavera árabe resultara ser el inicio de la largamente demorada modernización de países que aún se aferraban a modalidades arcaicas.
No se les ocurrió que muchos jóvenes que vivían en Europa, y por lo tanto ya disfrutaban de lo que presuntamente querían sus coetáneos de Oriente Medio, encontrarían irresistible una oportunidad para participar en una epopeya como las de antes. ¿Cómo explicar la voluntad de ciudadanos de sus propios países de contribuir al estallido de salvajismo que tanto sufrimiento estaba provocando en Irak y Siria? No sólo los progresistas occidentales sino también muchos conservadores coinciden en atribuirla a la pobreza, la falta de empleo y los prejuicios raciales o sectarios que, a pesar de los esfuerzos por erradicarlos, aún persisten.
¿Es así? Todo sería más sencillo si lo fuera, pero sucede que entre los yihadistas que se formaron en Occidente escasean los que podrían considerarse víctimas de la maldad social. Antes de comprometerse con la guerra santa contra el infiel, muchos eran profesionales exitosos o estudiantes que tenían buenos motivos para confiar en su propia capacidad para abrirse camino en la vida. En su caso, y en el de los recién convertidos al islam, no se trata de una rebelión contra una sociedad que les ha resultado insoportablemente ajena, sino del deseo de participar de una empresa que les parece heroica.
Los yihadistas son ambiciosos. Se proponen conquistar el mundo entero para que la bandera negra del islam flamee sobre la Casa Blanca, el Elíseo en París, el Palacio de Buckingham londinense y el Vaticano. En opinión de los líderes occidentales, tales aspiraciones son grotescamente desmedidas, casi tanto como las de otro grupo de sujetos extravagantes que, hace aproximadamente noventa años, hablaban de lo fundamental que a su juicio era la pureza racial y el destino sagrado del pueblo alemán que un día dominaría la Tierra.
Cuando los nazis hicieron su entrada al escenario mundial, la mayoría los tomó por payasos. Confiaba en que la negativa a tomarlos en serio sería suficiente para poner fin a su aventura insensata. Se equivocaba. De haber reaccionado con contundencia a tiempo, el Reino Unido y Francia hubieran podido eliminar el nazismo sin correr más riesgo que el de merecer el desprecio indignado de los progresistas locales, pero optaron por no hacer nada hasta darse cuenta de que no les quedaba más alternativa que librar una guerra atroz que, antes de terminar, causaría la muerte de más de cincuenta millones de personas.
Por fortuna, el Estado Islámico no es equiparable con la Alemania de Adolf Hitler, una nación avanzada que poseía el ejército más demoledor jamás visto. Con todo, sería un error subestimar su capacidad destructiva. Ya ha logrado consolidarse en las zonas sunnitas de Irak y Siria y cuenta con la adhesión entusiasta de movimientos igualmente mortíferos en el norte de Nigeria, Libia, Somalia y otros países. Continuará creciendo hasta chocar contra una fuerza dispuesta a frenarlo, pero hasta ahora quienes están en condiciones de hacerlo han preferido insistir en que, pensándolo bien, el Estado Islámico no tiene nada que ver con el islam auténtico y que, de todos modos, se trata de algo que no les incumbe.
Mal que nos pese, en una parte sustancial del mundo el “poder blando” de los yihadistas ha resultado ser mayor que el de Estados Unidos y Europa. Para muchos en países de cultura musulmana, la idea que “el califato” encarna, la de un renacimiento del espíritu marcial del islam después de más de un siglo de derrotas humillantes en un sinnúmero de campos de batalla, es más seductora que la reivindicada por los apóstoles de la democratización universal y el respeto mutuo cuya influencia se limita a ciertas elites urbanas. Puede que sea una idea retardataria, pero también lo era el credo de aquellos nazis que se sentían inspirados por borrosos mitos germánicos y una interpretación arbitraria de la historia mundial.
Lo mismo que el nazismo en su momento, el islamismo militante se alimenta no sólo de sus propios éxitos sino también de las vacilaciones de sus enemigos. Los norteamericanos y europeos se enorgullecen de su propia cautela. Por motivos comprensibles, son reacios a intervenir militarmente en países de cultura radicalmente distinta. Saben que los habitantes de Oriente Medio cerrarían filas contra los intrusos pero, a menos que aporten algo más que cierto apoyo aéreo, en pequeñas dosis, a la guerra que está librando el gobierno iraquí contra ISIS, los yihadistas seguirán tomando ciudades, matando con ferocidad a correligionarios que en su opinión no son musulmanes auténticos, liquidando a yazidíes y cristianos y, desde luego, destruyendo todo cuanto antedata la llegada del islam y que, según los infieles, pertenece al “patrimonio de la humanidad”.
JAMES NEILSON
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