El desierto oficialista
Para muchos, las maniobras de último minuto que, en vísperas del cierre definitivo de las listas electorales, emprendió la presidenta Cristina Fernández de Kirchner sirvieron para confirmar que, a pocos meses del fin de su gestión, sigue dominando con mano de hierro el movimiento político que, con su marido, creó luego de instalarse en el poder. Sin embargo, el que la presidenta no haya podido pensar en un sucesor que le fuera más afín que el gobernador bonaerense Daniel Scioli puede considerarse evidencia de la llamativa debilidad del kirchnerismo, un movimiento que depende casi por completo de la popularidad de una sola persona. Aun cuando Scioli resultara ser tan inverosímilmente obsecuente como él mismo ha procurado hacer pensar, y como quisieran creer Cristina y sus allegados, a nadie se le ocurriría incluirlo entre los militantes más fervorosos del “proyecto” que fue puesto en marcha por el matrimonio santacruceño. Por el contrario, hasta la semana pasada virtualmente todos los oficialistas seguían tratando a Scioli como un conservador despreciable, un empresario irremediablemente burgués, con mucho más en común con Mauricio Macri que con cualquier otro integrante del elenco gubernamental. Hubieran preferido que el candidato oficial fuera el ministro del Interior y Transporte Florencio Randazzo, un personaje que había hecho suyo el combativo estilo K, pero al optar Cristina por respaldar formalmente a Scioli por entender que sería poco probable que su rival triunfara en las elecciones presidenciales obligó a sus simpatizantes a modificar drásticamente la postura. Huelga decir que quienes días antes hablaban pestes de Scioli se pusieron a elogiarlo con entusiasmo conmovedor. Por ser la Argentina un país de cultura política llamativamente caudillista, el kirchnerismo pudo prosperar en base al “carisma” atribuido a su jefa, pero la propensión de tantos a sentirse incómodos, a menos que el presidente de turno sea un autócrata “fuerte” que hasta ahora le haya brindado una ventaja decisiva, podría impedirle sobrevivir intacto en los años próximos. Fue gracias a la voluntad de una proporción sustancial de los dirigentes peronistas y sus aliados de la izquierda de acatar sin vacilar sus órdenes que la presidenta consiguió erigirse en una especie de monarca electivo, pero a los acostumbrados a obedecer les suele ser difícil transformarse en líderes auténticos. Aunque durante años Scioli lograba brindar la impresión de ser capaz de defender su autonomía, en los meses últimos el temor a verse privado de la candidatura oficialista lo hizo comportarse como un aplaudidor servil más. Si bien parecería que sus esfuerzos por congraciarse con Cristina tuvieron éxito, de ahora en adelante le será necesario procurar convencer al electorado de que no es un títere comparable con Héctor Cámpora que, hace cuatro décadas, despejó el camino de regreso del general Juan Domingo Perón, sino un presidenciable de verdad. Cristina parece confiar en que, siempre y cuando ella sea la titiritera, al electorado no le parecerá malo el arreglo que se le ha propuesto, pero no hay ninguna garantía de que ello ocurra o que un eventual presidente Scioli se resigne a dejarse manipular. La razón por la que el exmotonauta es el candidato presidencial del Frente para la Victoria es sencilla: de todos los aspirantes era el menos kirchnerista. La ambigüedad así supuesta le permitió sumar la intención de voto del oficialismo con aquella de una amplia franja de independientes que, a pesar de no comulgar con el “proyecto” de Cristina, creían que en el fondo el gobernador era un moderado que conservaría lo considerado bueno pero así y todo impulsaría muchos cambios. Para asegurarse el triunfo en las urnas, Scioli precisaría suplementar los votos kirchneristas con otros. Lo lógico, pues, sería que se concentrara en reconciliarse con los sectores aún indecisos, pero en tal caso correría el riesgo de enojar sobremanera a Cristina y al compañero de fórmula que le ha endosado, Carlos Zannini, aunque trataría de explicarles que sólo es cuestión de un ardid electoralista. Sea como fuere, el panorama sería muy distinto si entre los kirchneristas genuinos hubieran personas que, según las encuestas de opinión, estaban en condiciones de triunfar en las elecciones presidenciales, pero sucede que, para frustración de Cristina, no hubo ninguna.
Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 5.196.592 Director: Julio Rajneri Editor responsable: Guillermo Berto Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA Martes 23 de junio de 2015
Para muchos, las maniobras de último minuto que, en vísperas del cierre definitivo de las listas electorales, emprendió la presidenta Cristina Fernández de Kirchner sirvieron para confirmar que, a pocos meses del fin de su gestión, sigue dominando con mano de hierro el movimiento político que, con su marido, creó luego de instalarse en el poder. Sin embargo, el que la presidenta no haya podido pensar en un sucesor que le fuera más afín que el gobernador bonaerense Daniel Scioli puede considerarse evidencia de la llamativa debilidad del kirchnerismo, un movimiento que depende casi por completo de la popularidad de una sola persona. Aun cuando Scioli resultara ser tan inverosímilmente obsecuente como él mismo ha procurado hacer pensar, y como quisieran creer Cristina y sus allegados, a nadie se le ocurriría incluirlo entre los militantes más fervorosos del “proyecto” que fue puesto en marcha por el matrimonio santacruceño. Por el contrario, hasta la semana pasada virtualmente todos los oficialistas seguían tratando a Scioli como un conservador despreciable, un empresario irremediablemente burgués, con mucho más en común con Mauricio Macri que con cualquier otro integrante del elenco gubernamental. Hubieran preferido que el candidato oficial fuera el ministro del Interior y Transporte Florencio Randazzo, un personaje que había hecho suyo el combativo estilo K, pero al optar Cristina por respaldar formalmente a Scioli por entender que sería poco probable que su rival triunfara en las elecciones presidenciales obligó a sus simpatizantes a modificar drásticamente la postura. Huelga decir que quienes días antes hablaban pestes de Scioli se pusieron a elogiarlo con entusiasmo conmovedor. Por ser la Argentina un país de cultura política llamativamente caudillista, el kirchnerismo pudo prosperar en base al “carisma” atribuido a su jefa, pero la propensión de tantos a sentirse incómodos, a menos que el presidente de turno sea un autócrata “fuerte” que hasta ahora le haya brindado una ventaja decisiva, podría impedirle sobrevivir intacto en los años próximos. Fue gracias a la voluntad de una proporción sustancial de los dirigentes peronistas y sus aliados de la izquierda de acatar sin vacilar sus órdenes que la presidenta consiguió erigirse en una especie de monarca electivo, pero a los acostumbrados a obedecer les suele ser difícil transformarse en líderes auténticos. Aunque durante años Scioli lograba brindar la impresión de ser capaz de defender su autonomía, en los meses últimos el temor a verse privado de la candidatura oficialista lo hizo comportarse como un aplaudidor servil más. Si bien parecería que sus esfuerzos por congraciarse con Cristina tuvieron éxito, de ahora en adelante le será necesario procurar convencer al electorado de que no es un títere comparable con Héctor Cámpora que, hace cuatro décadas, despejó el camino de regreso del general Juan Domingo Perón, sino un presidenciable de verdad. Cristina parece confiar en que, siempre y cuando ella sea la titiritera, al electorado no le parecerá malo el arreglo que se le ha propuesto, pero no hay ninguna garantía de que ello ocurra o que un eventual presidente Scioli se resigne a dejarse manipular. La razón por la que el exmotonauta es el candidato presidencial del Frente para la Victoria es sencilla: de todos los aspirantes era el menos kirchnerista. La ambigüedad así supuesta le permitió sumar la intención de voto del oficialismo con aquella de una amplia franja de independientes que, a pesar de no comulgar con el “proyecto” de Cristina, creían que en el fondo el gobernador era un moderado que conservaría lo considerado bueno pero así y todo impulsaría muchos cambios. Para asegurarse el triunfo en las urnas, Scioli precisaría suplementar los votos kirchneristas con otros. Lo lógico, pues, sería que se concentrara en reconciliarse con los sectores aún indecisos, pero en tal caso correría el riesgo de enojar sobremanera a Cristina y al compañero de fórmula que le ha endosado, Carlos Zannini, aunque trataría de explicarles que sólo es cuestión de un ardid electoralista. Sea como fuere, el panorama sería muy distinto si entre los kirchneristas genuinos hubieran personas que, según las encuestas de opinión, estaban en condiciones de triunfar en las elecciones presidenciales, pero sucede que, para frustración de Cristina, no hubo ninguna.
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