El poder en un país pluralista
El presidente Mauricio Macri celebró los primeros cien días de su mandato con una cantidad insólita de entrevistas “exclusivas” con distintos medios en que, entre muchas otras cosas, subrayó lo difícil que ha sido para su gobierno auditar lo que le entregó el kirchnerista, ya que en algunas dependencias en lugar de papeles “sólo encontramos trituradoras de papeles”. Aunque nadie esperaba que los funcionarios del gobierno saliente procurarían ayudar a sus sucesores, pocos creían que algunos se esforzarían tanto para privarlos de información esencial hasta que, al destapar una olla tras otra, se hizo evidente que tenían buenos motivos para ocultar la verdad. Sea como fuere, si el propósito era asegurar que la luna de miel de Macri resultara ser tan agitada que la ciudadanía no tardaría en darle la espalda, la maniobra ha fracasado. A pesar de la precariedad de su base de sustentación política, el nuevo oficialismo parece estar afirmándose, mientras que el kirchnerismo está perdiendo apoyo con rapidez sorprendente. El Frente para la Victoria no ha sabido aprovechar el 49,36% de los votos que consiguió su candidato Daniel Scioli en las elecciones del 22 de noviembre pasado para consolidarse como una fuerza opositora muy fuerte. Por el contrario, al negarse peronistas de actitudes más moderadas a sumarse a “la resistencia”, está degenerándose en una agrupación minoritaria rencorosa que, para brindar la ilusión de estar en condiciones de dominar la calle, necesita aliarse con trotskistas y los matones de Quebracho. Muchos critican a Macri por su falta de “carisma”, pero por tratarse de un don que casi siempre se pone al servicio de proyectos irracionales, es positivo que el presidente no intente hacer pensar que tiene poderes casi mágicos o que sea un orador capaz de enfervorizar multitudes. Lo mismo que en otras partes del mundo, aquí los líderes considerados carismáticos han creado más problemas que soluciones. Luego de una sobredosis de politización, lo que el país más necesita es un período prolongado de pragmatismo en que reparar los daños causados por movimientos que subordinaron absolutamente todo a sus propias prioridades políticas sin preocuparse por temas a su juicio menores como la eficiencia o la habitualmente molesta realidad económica. Macri entiende que en última instancia el bienestar del conjunto dependerá de lo que hagan millones de personas y que por lo tanto le convendría dejar atrás la tradición nacional de suponer que, para que todos alcancen cierto grado de bienestar, hay que enseñarles a homenajear al líder máximo. Aunque la forma de pensar de Macri carece de glamour, es más apropiada para una sociedad democrática de lo que son las alternativas voluntaristas. Si bien es casi universal la propensión a atribuir todo lo bueno o lo malo al gobierno de turno, minimizando así la importancia de lo que hacen los demás, en la Argentina la voluntad generalizada de ver concentrado el poder, y la responsabilidad, en un solo par de manos es más fuerte que en los países desarrollados, pero parecería que, de resultas de la llegada a la presidencia de un hombre que, para mantenerse en su cargo, necesita contar con la colaboración de quienes militan en agrupaciones no oficialistas, la cultura política nacional está cambiando. La transición hacia un mayor pluralismo que está en marcha se ve impulsada no por las exhortaciones en tal sentido de Macri y sus simpatizantes sino por la indignación ocasionada por la conducta de personajes vinculados con el gobierno anterior. Las revelaciones más recientes sobre los negocios maravillosamente provechosos de capitalistas amigos de la familia Kirchner como Lázaro Báez y Cristóbal López, que sólo han servido para confirmar lo que muchos ya sospechaban, han sido lo bastante contundentes como para poner en marcha partes de la notoriamente aherrumbrada maquinaria judicial. Asimismo el espectáculo brindado por lo que está sucediendo en Brasil, donde la presidenta actual Dilma Rousseff y su mentor, el muy respetado expresidente Luiz Inácio Lula da Silva, se ven acusados de delitos que podrían costarles su libertad, está incidiendo en la actitud de jueces que hasta hace poco parecieron más interesados en archivar causas que incomodaban a los kirchneristas que en tratarlas con la seriedad que con toda seguridad merecen.
El presidente Mauricio Macri celebró los primeros cien días de su mandato con una cantidad insólita de entrevistas “exclusivas” con distintos medios en que, entre muchas otras cosas, subrayó lo difícil que ha sido para su gobierno auditar lo que le entregó el kirchnerista, ya que en algunas dependencias en lugar de papeles “sólo encontramos trituradoras de papeles”. Aunque nadie esperaba que los funcionarios del gobierno saliente procurarían ayudar a sus sucesores, pocos creían que algunos se esforzarían tanto para privarlos de información esencial hasta que, al destapar una olla tras otra, se hizo evidente que tenían buenos motivos para ocultar la verdad. Sea como fuere, si el propósito era asegurar que la luna de miel de Macri resultara ser tan agitada que la ciudadanía no tardaría en darle la espalda, la maniobra ha fracasado. A pesar de la precariedad de su base de sustentación política, el nuevo oficialismo parece estar afirmándose, mientras que el kirchnerismo está perdiendo apoyo con rapidez sorprendente. El Frente para la Victoria no ha sabido aprovechar el 49,36% de los votos que consiguió su candidato Daniel Scioli en las elecciones del 22 de noviembre pasado para consolidarse como una fuerza opositora muy fuerte. Por el contrario, al negarse peronistas de actitudes más moderadas a sumarse a “la resistencia”, está degenerándose en una agrupación minoritaria rencorosa que, para brindar la ilusión de estar en condiciones de dominar la calle, necesita aliarse con trotskistas y los matones de Quebracho. Muchos critican a Macri por su falta de “carisma”, pero por tratarse de un don que casi siempre se pone al servicio de proyectos irracionales, es positivo que el presidente no intente hacer pensar que tiene poderes casi mágicos o que sea un orador capaz de enfervorizar multitudes. Lo mismo que en otras partes del mundo, aquí los líderes considerados carismáticos han creado más problemas que soluciones. Luego de una sobredosis de politización, lo que el país más necesita es un período prolongado de pragmatismo en que reparar los daños causados por movimientos que subordinaron absolutamente todo a sus propias prioridades políticas sin preocuparse por temas a su juicio menores como la eficiencia o la habitualmente molesta realidad económica. Macri entiende que en última instancia el bienestar del conjunto dependerá de lo que hagan millones de personas y que por lo tanto le convendría dejar atrás la tradición nacional de suponer que, para que todos alcancen cierto grado de bienestar, hay que enseñarles a homenajear al líder máximo. Aunque la forma de pensar de Macri carece de glamour, es más apropiada para una sociedad democrática de lo que son las alternativas voluntaristas. Si bien es casi universal la propensión a atribuir todo lo bueno o lo malo al gobierno de turno, minimizando así la importancia de lo que hacen los demás, en la Argentina la voluntad generalizada de ver concentrado el poder, y la responsabilidad, en un solo par de manos es más fuerte que en los países desarrollados, pero parecería que, de resultas de la llegada a la presidencia de un hombre que, para mantenerse en su cargo, necesita contar con la colaboración de quienes militan en agrupaciones no oficialistas, la cultura política nacional está cambiando. La transición hacia un mayor pluralismo que está en marcha se ve impulsada no por las exhortaciones en tal sentido de Macri y sus simpatizantes sino por la indignación ocasionada por la conducta de personajes vinculados con el gobierno anterior. Las revelaciones más recientes sobre los negocios maravillosamente provechosos de capitalistas amigos de la familia Kirchner como Lázaro Báez y Cristóbal López, que sólo han servido para confirmar lo que muchos ya sospechaban, han sido lo bastante contundentes como para poner en marcha partes de la notoriamente aherrumbrada maquinaria judicial. Asimismo el espectáculo brindado por lo que está sucediendo en Brasil, donde la presidenta actual Dilma Rousseff y su mentor, el muy respetado expresidente Luiz Inácio Lula da Silva, se ven acusados de delitos que podrían costarles su libertad, está incidiendo en la actitud de jueces que hasta hace poco parecieron más interesados en archivar causas que incomodaban a los kirchneristas que en tratarlas con la seriedad que con toda seguridad merecen.
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