Desmemorias de América Latina

Redacción

Por Redacción

editorial

Resulta curioso. La política latinoamericana hizo en los últimos años de la memoria una bandera inexpugnable, tanto por derecha como por izquierda. Las “herencias recibidas”, en materia económica o los “infiernos pasados” con las dictaduras y sus aberraciones, convocaron al discurso político de los gobiernos bajo una sola consigna: no olvidar. Pero cuando la memoria tiene que actuar para juzgar su pasado, la desmemoria parece convertirse en protagonista excluyente de sus acciones.

Corría 1992. El opositor Partido de los Trabajadores de Lula y Dilma Rousseff convocaba a su militancia a las calles para denunciar hechos de corrupción que salpicaban a Paulo Cesar Farias, un oscuro tesorero de la campaña oficialista. Todo había surgido a partir de una denuncia en su contra en la revista “Veja” de Pedro Collor de Mello, hermano, nada menos, que de Fernando, el presidente constitucional que había vencido en la última elección a Lula. Una bandera con fondo negro se desplegó a lo largo de un edificio en el centro de Río de Janeiro: “Impeachment ya”, decía. Las movilizaciones se multiplicaban por la avenida Paulista en San Pablo, las autopistas de Brasilia o las entrecortadas calles del Nordeste. Miles de jóvenes con las caras pintadas de negro pedían la renuncia de Collor. La crisis económica se hacía, además, insostenible. El presidente renunció el 29 de diciembre denunciando un golpe institucional de la oposición para desbancarlo. Dos años después, la Corte Suprema de Brasil lo absolvió por falta de pruebas. Igualmente, Collor nunca fue un modelo de transparencia: actual senador por el estado de Alagoas, es uno de los señalados por las escandalosas denuncias de coimas en Petrobras. Y fue Collor uno de los que levantó la mano la semana pasada para sellar la salida de Dilma Rousseff, que dejó el Palacio del Planalto denunciando… un golpe institucional de la oposición.

En julio de 2012, el joven abogado Enrique Peña Nieto se impuso en las elecciones mexicanas con una audaz campaña: “Te lo firmo y te lo cumplo”. El candidato presidencial prometía arrasar con todas las mañas que el unicato del PRI había impuesto en el país durante siete décadas… a pesar de que estaba afiliado al PRI desde los 18 años. Peña firmaba ante escribano público sus promesas de campaña: había utilizado esa estrategia de marketing durante su gestión como gobernador del estado de México. Con discursos de nueva política y una firme alianza con el poder económico que lo respaldó desde el vamos, no pudo con la realidad: a pesar de los fuegos de artificio, hoy, impunidad y corrupción –sumadas al drama del narcotráfico– lanzaron por un tobogán descendente la figura de Peña Nieto y el PRI volvió a hacer lo que era en la desmemoriada memoria de los mexicanos.

11 de noviembre de 2010. La presidente Cristina Kirchner decía en un encuentro del G-20 en Corea: “Recibí una visita de la CGT donde nos pedían para paliar la crisis que volviéramos a restablecer la doble indemnización o la prohibición de despido, y yo dije que era la mejor manera de agudizar y profundizar la crisis”.

Por estos días, la decisión del kirchnerismo de colar por las ventanas del Congreso una ley antidespidos para intentar paliar la crisis, una ley calcada de la que rechazaba la entonces presidenta está instalada en los titulares de los diarios.

Más allá de las acciones puntuales frente al ajuste económico –necesario para algunos, excesivo para otros–, la política, un órgano vital para la vida en libertad, languidece frente a estos ejercicios de desmemoria que no hace más que degradarla y desjerarquizarla. Y lo que es peor: esa desjerarquización llega de la mano de las propias dirigencias, en su desmedido afán por cabalgar el poder a toda costa no sólo en la Argentina. También en Brasil, en México y buena parte de América Latina.

“El poder se ha hecho más fácil de obtener, más difícil de usar y más fácil de perder”, resume el analista político venezolano Moisés Naím en su libro “El fin del poder”, aunque, como aliciente, se muestre optimista sobre este mundo que se viene: “Un mundo donde los monopolios, los cárteles, los autócratas, los dictadores y los tiranos están teniendo presiones y ya no se sienten tan seguros ni permanentes como antes”.


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