Aferrados al pasado

Redacción

Por Redacción

Algunos dicen que hay países con “demasiada historia” y que, por su incapacidad para absorberla, son condenados a continuar reanudando conflictos que en otras partes ya se hubieran resuelto. Parecería que, a pesar de la relativa homogeneidad de su población y la brevedad de su historia como una nación independiente, la Argentina pertenece a dicho grupo. Aunque ya han transcurrido más de 40 años desde el golpe militar de 1976, muchos están resueltos a tratar aquel acontecimiento como si sucedió ayer y la dictadura resultante aún estuviera en el poder. Además de los cada vez menos que tienen motivos personales para aferrarse emotivamente a una etapa que para ellos fue trágica, hay miles que quieren aprovecharla por razones políticas, ideológicas e incluso, en algunos casos, económicas, para justificar actitudes extremas. Necesitan creer, o fingir creer, que sus adversarios actuales son virtualmente idénticos a los militares de casi dos generaciones atrás. Así, pues, en el fondo no habrá ninguna diferencia entre los partidarios de Cambiemos por un lado y, por el otro, los militares que, con la aprobación resignada del grueso de la clase política nacional y la ciudadanía, se apropiaron del gobierno de un país abrumado por una profunda crisis socioeconómica en el que día tras día docenas de bandas terroristas de mentalidad totalitaria cometían crímenes de lesa humanidad. Cuando Raúl Alfonsín, el primer presidente de la democracia recuperada, aludía al “colapso moral” que había sufrido el país no se limitaba a condenar “la metodología aberrante” empleada por la dictadura en la lucha contra el terrorismo. También pensaba en la indiferencia de sectores muy amplios frente a las desapariciones, los asesinatos y la tortura sistemática. En los primeros años del “proceso” los militares y los terroristas no eran los únicos que tomaban la preocupación por los derechos humanos por una maniobra propagandística ya de la izquierda combativa, ya del liberalismo “burgués”. Coincidían muchos otros hasta que, finalmente, el régimen militar perdiera la inicialmente muy popular guerra de las Malvinas. Sólo entonces se produjo el gran vuelco que posibilitaría el consenso actual a favor del respeto por la vida y de amnistiar a los terroristas, pasando por alto el hecho de que, al emprender una ofensiva cruenta cuando el país estaba en democracia, aseguraron que los militares regresarían al poder. En todas partes la memoria colectiva suele ser engañosa. Hay tantos intereses en juego que abundan los resueltos a modificarla con la esperanza de sacar partido. Con todo, en un mundo cambiante, es poco saludable negarse a permitir que etapas determinadas pierdan actualidad. En la década de los ochenta del siglo pasado, a 40 años de la guerra más feroz de la historia en la que se perpetraron atrocidades en escala industrial, los europeos occidentales se las habían arreglado para reconciliarse, superando los odios que tanto habían contribuido a la catástrofe, por entender que les sería desastroso permanecer atrapados en una época tan inenarrablemente terrible. El que aquí muchos jóvenes hayan heredado de los mayores la voluntad de continuar “la lucha” puede atribuirse a las frustraciones repetidas que ha experimentado el país a partir del “proceso” militar. Por parecerles tan gris el futuro, prefieren reeditar, de manera relativamente pacífica, las batallas de otros tiempos. Lejos de inducirlos a pensar más en cómo aprovechar las oportunidades para desarrollarse que podrían brindarles los próximos años, el “relato” kirchnerista sirvió para intensificar la extraña nostalgia que tantos sentían por un período en que, suponen, todo era en blanco y negro, sin matices de ningún tipo. Aunque el gobierno del presidente Mauricio Macri no ha confeccionado un “relato” tan específico como el kirchnerista, su discurso presupone un mayor compromiso con el futuro antes que con el pasado, lo que, para los obsesionados por delitos cometidos por los militares cuando sus propios padres eran niños o adolescentes y, no lo olvidemos, por integrantes de los escuadrones de la muerte de la Triple A formada por un gobierno peronista, es de por sí reaccionario, ya que en su mundo ser progresista significa resistirse a distanciarse anímicamente de los años setenta.


Algunos dicen que hay países con “demasiada historia” y que, por su incapacidad para absorberla, son condenados a continuar reanudando conflictos que en otras partes ya se hubieran resuelto. Parecería que, a pesar de la relativa homogeneidad de su población y la brevedad de su historia como una nación independiente, la Argentina pertenece a dicho grupo. Aunque ya han transcurrido más de 40 años desde el golpe militar de 1976, muchos están resueltos a tratar aquel acontecimiento como si sucedió ayer y la dictadura resultante aún estuviera en el poder. Además de los cada vez menos que tienen motivos personales para aferrarse emotivamente a una etapa que para ellos fue trágica, hay miles que quieren aprovecharla por razones políticas, ideológicas e incluso, en algunos casos, económicas, para justificar actitudes extremas. Necesitan creer, o fingir creer, que sus adversarios actuales son virtualmente idénticos a los militares de casi dos generaciones atrás. Así, pues, en el fondo no habrá ninguna diferencia entre los partidarios de Cambiemos por un lado y, por el otro, los militares que, con la aprobación resignada del grueso de la clase política nacional y la ciudadanía, se apropiaron del gobierno de un país abrumado por una profunda crisis socioeconómica en el que día tras día docenas de bandas terroristas de mentalidad totalitaria cometían crímenes de lesa humanidad. Cuando Raúl Alfonsín, el primer presidente de la democracia recuperada, aludía al “colapso moral” que había sufrido el país no se limitaba a condenar “la metodología aberrante” empleada por la dictadura en la lucha contra el terrorismo. También pensaba en la indiferencia de sectores muy amplios frente a las desapariciones, los asesinatos y la tortura sistemática. En los primeros años del “proceso” los militares y los terroristas no eran los únicos que tomaban la preocupación por los derechos humanos por una maniobra propagandística ya de la izquierda combativa, ya del liberalismo “burgués”. Coincidían muchos otros hasta que, finalmente, el régimen militar perdiera la inicialmente muy popular guerra de las Malvinas. Sólo entonces se produjo el gran vuelco que posibilitaría el consenso actual a favor del respeto por la vida y de amnistiar a los terroristas, pasando por alto el hecho de que, al emprender una ofensiva cruenta cuando el país estaba en democracia, aseguraron que los militares regresarían al poder. En todas partes la memoria colectiva suele ser engañosa. Hay tantos intereses en juego que abundan los resueltos a modificarla con la esperanza de sacar partido. Con todo, en un mundo cambiante, es poco saludable negarse a permitir que etapas determinadas pierdan actualidad. En la década de los ochenta del siglo pasado, a 40 años de la guerra más feroz de la historia en la que se perpetraron atrocidades en escala industrial, los europeos occidentales se las habían arreglado para reconciliarse, superando los odios que tanto habían contribuido a la catástrofe, por entender que les sería desastroso permanecer atrapados en una época tan inenarrablemente terrible. El que aquí muchos jóvenes hayan heredado de los mayores la voluntad de continuar “la lucha” puede atribuirse a las frustraciones repetidas que ha experimentado el país a partir del “proceso” militar. Por parecerles tan gris el futuro, prefieren reeditar, de manera relativamente pacífica, las batallas de otros tiempos. Lejos de inducirlos a pensar más en cómo aprovechar las oportunidades para desarrollarse que podrían brindarles los próximos años, el “relato” kirchnerista sirvió para intensificar la extraña nostalgia que tantos sentían por un período en que, suponen, todo era en blanco y negro, sin matices de ningún tipo. Aunque el gobierno del presidente Mauricio Macri no ha confeccionado un “relato” tan específico como el kirchnerista, su discurso presupone un mayor compromiso con el futuro antes que con el pasado, lo que, para los obsesionados por delitos cometidos por los militares cuando sus propios padres eran niños o adolescentes y, no lo olvidemos, por integrantes de los escuadrones de la muerte de la Triple A formada por un gobierno peronista, es de por sí reaccionario, ya que en su mundo ser progresista significa resistirse a distanciarse anímicamente de los años setenta.

Registrate gratis

Disfrutá de nuestros contenidos y entretenimiento

Suscribite por $1500 ¿Ya estás suscripto? Ingresá ahora

Comentarios

Estimados/as lectores de Río Negro estamos trabajando en un módulo de comentarios propio. En breve estará habilitada la opción de comentar en notas nuevamente. Mientras tanto, te dejamos espacio para que puedas hacernos llegar tu comentario.


Gracias y disculpas por las molestias.



Comentar