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Amazonia: el mayor drama no es el fuego

La sequía provocada por el fenómeno de El Niño, el avance de la frontera agrícola y minera por los precios de las materias primas y el abandono de las políticas de Estado contra la deforestación se combinan para un desastre ecológico de escala planetaria.

Jorge Svartzman/AFP


El fenómeno climático de El Niño, el precio de las materias primas y las políticas de control explican las variaciones de tendencia de la deforestación y han puesto bajo intensa presión la selva amazónica, afirma el investigador brasileño Paulo Moutinho.


Un gráfico del Instituto Nacional de Investigaciones Espaciales (INPE) permite constatar que de 1988 a 2008 las áreas deforestadas de la Amazonia brasileña siempre se situaron por encima de los 11.000 km² anuales, con picos por encima de los 20.000 en cinco ocasiones (1988, 1995, 2002, 2003 y 2004). 

En el 2005 se inicia una clara reducción y a partir de 2008 el desmate nunca superó los 10.000 km², alcanzando un mínimo histórico de 4.600 km² en 2012.

La tendencia volvió a invertirse en los últimos años: en el 2016 hubo 7.500 km² de selva deforestada y “la estimación para 2019 es de algo cercano a los 10.000 km²”, afirma Moutinho, del Instituto de Investigación Ambiental de la Amazonia (IPAM), una organización científica no gubernamental. 

“Antes de 2005, se combinaban dos cosas: los periodos de sequía impulsados por El Niño [que multiplica los incendios de épocas de sequía] y la tentativa de avanzar en la expansión agrícola” para satisfacer la demanda interna y externa de commodities, agrega.

A diferencia de otros años, donde se quemaban áreas ya deforestadas, los incendios actuales destruyen selva.

En las últimas tres décadas, hubo dos eventos de El Niño calificados como muy intensos (meganiños), en 1997-98 y en 2004-2006. También hubo niños de intensidad media en 2002-2003 y 2009-2010. En 2003-2004 hubo además “una presión muy grande del mercado externo, que tenía precios muy altos” de los productos agropecuarios y “mucha especulación con tierras”.

La presión se redujo a partir del 2005 y la tendencia se refuerza con políticas públicas.
Moutinho cita entre ellas “la creación de áreas protegidas; las campañas contra la deforestación ilegal con el encarcelamiento de los deforestadores; la creación de una lista negra de municipios con mayor desmate, sometidos a embargos de bienes; y la no concesión de créditos bancarios a los deforestadores ilegales”.


Y destaca que pese a la desaceleración de la deforestación, Brasil “creció en la productividad de carne y granos” en tierras ya en uso de la región amazónica durante en esos años.


En los últimos años hubo un “aumento gradual” de la deforestación y con la llegada de Jair Bolsonaro al poder en enero de este año se produjo “un cambio de la visión gubernamental, con la desmovilización de políticas públicas de combate a la deforestación”, señala el investigador.
Moutinho hace notar que en la época estival suele haber muchos incendios de tierras ya deforestadas y que lo preocupante del alto número constatado este año no es tanto la cantidad como que “la mayoría son incendios de deforestación”. “El problema no es el fuego, es el origen del fuego”, señala.


Este año ya se produjeron más de 80.000 incendios en Brasil (un alza de caso 80% respecto al 2018). Más de la mitad de los focos (52%) se registraron en la región amazónica.


Las políticas de protección de territorios y poblaciones amazónicas se fueron implementando desde el retorno a la democracia en 1985, ya sea con presidentes de derecha, de centro-derecha o de izquierda.

Consecuencias globales
Los incendios tendrán graves consecuencias para el planeta como el incremento del calentamiento global, la pérdida de agua y la extinción de especies, consideró la directora del Jardín Botánico de Bogotá, Laura Mantilla.
Para la experta, ningún país está a salvo de las repercusiones medioambientales que tendrán las llamas en el llamado pulmón del mundo.
La importancia de la Amazonia consiste en que alberga una megabiodiversidad de flora, fauna y cultura incomparable.

Expertos estiman que muchos daños son irreversibles y podrían demorarse 200, 300, 500 años o más, para recuperar el ecosistema dañado.


Por ende, se trata de un ecosistema estratégico para el mundo en aspectos como la lucha contra el calentamiento global, ya que allí se captura grandes proporciones de dióxido de carbono que evitan la concentración de gases de efecto invernadero, los causantes del cambio climático, explicó Mantilla.


“Si de repente con un incendio todo eso desaparece, estos servicios también desaparecerán no solo para Brasil sino para todo el mundo”, explicó la especialista.


A pesar de que la naturaleza es resiliente, habrá flora y fauna de la Amazonia que se extinga porque su hábitat es exclusivamente de esa parte del mundo.


“No se dará abasto para recuperar los daños del Amazonas porque los que hoy están sucediendo son irreversibles y podrían demorarse 200, 300, 500 años, o más, para recuperar un ecosistema como este”, comentó.
Además, Mantilla ahondó que “al hablar de bosque maduro, hay que saber que existen árboles milenarios, y para que se recuperen, si es que lo hacen, pasarán otros miles de años”.


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