Femicidio y hoguera

Por Redacción

Como una reacción aún más violenta y perversa al accionar en contra del maltrato a la mujer, el femicidio enfrenta su forma, quizás, más ominosa, la que remite a la memoria social de nuestra educación judeocristiana sobre el máximo castigo divino a la maldad: el fuego. Es imposible no conjurar las hogueras que condenaron a muerte, ejemplificadoramente, a cientos de miles de mujeres. “Bruja” fue el estigma cultural necesario para exterminar a quienes hasta entonces ejercían la medicina y otras ciencias, en la guerra que, como sabemos, ganó el sistema patriarcal. ¿Cómo es posible que en pleno siglo XXI resurja esta forma extrema de hostilidad, y que, peor aún, se incremente? En nuestro país, las cifras, tras los cuales hay personas, historias de vidas, son estremecedoras. El femicidio por fuego de Wanda Tadei, perpetrado por su pareja Eduardo Vázquez, ex baterista del grupo “Callejeros” hace justamente un año, dio visibilidad a una lista que tiene registros ya en 2009, con seis casos; en 2010, 11 casos; en lo que va de este año, ¡un mes y medio!, tres casos. Note usted que “registrados” quiere decir que pueden ser más, que no conocemos ni fueron denunciados. Todas las víctimas fueron prácticamente incineradas por sus compañeros sentimentales, tras discusiones domésticas. ¿Y por qué el fuego? La sicóloga Diana Vernaz, Presidenta de la Asociación Civil de Especialistas en Violencia Familiar, explica: “Suele ocurrir que los agresores han tenido en su historia personal, situaciones en las que el fuego estuvo presente como elemento destructor, y saben que brinda probados resultados. Quemar a la víctima significa arrasar con ella, con su cuerpo y su identidad toda. Si sobrevive, quedará desfigurada. Y es que siempre será difícil determinar quién y cómo se encendió el fuego, lo que permite al agresor casi siempre salir en libertad bajo el frecuente argumento de que “fue un fatal accidente”. Lo dicho: brinda probados resultados. Ante el incremento de mujeres incendiadas por sus parejas, Eva Rearte, sicóloga y coordinadora del Taller de Violencia Familiar del Hospital Penna, dijo, en una entrevista realizada por la periodista Romina Minotti en su programa “Sin límite”, que se transmite por Radio Argentina: “Son relaciones muy fuertes en términos de codependencia. Los celos, junto a otros indicadores, son signos de que el hombre toma a su mujer como cosa de dominio, una propiedad.” (Y agrego yo: mi querida amiga, ¿qué pasaría si después que él la presenta como “Fulanita, mi mujer”, usted retrucara “Fulanito, mi hombre?”) Sigue Rearte: “Los celos serían una parte de brillo donde se lee “me quiere”. Pero en realidad, ¿me quiere como qué? ¿Me quiere para qué?” “Vivimos en un sistema patriarcal donde todavía pesan muy fuerte en cierta población de mujeres la creencia de que su varón es quien marca las pautas culturales y de convivencia en la casa y en su vida. No es cuestión de edad ni de sector social; es un modo de reproducción de las relaciones amorosas o que parecen amorosas, porque no tienen que ver con el amor. Tienen que ver con el odio, con la hostilidad. Quemar a una mujer es una reacción absolutamente hostil donde lo que se intenta es destruirlas, desfigurarlas, si piensan distinto de él”. Mi hermana Nina, sicóloga de la vida, me hizo notar que “cuando un caso toma notoriedad por los medios, inmediatamente aparecen más, un rebote, como si motivara a los potenciales agresores. Pasó lo mismo cuando se hizo famoso el “caso Ludmila” acá en Córdoba. Los padres mataron a la bebé y al toque se dieron varios en todo el país”. Ah, los medios. Medios de comunicación, medios de ejemplificación, medios de transmisión de recetas: para robar, para matar… Afortunadamente, son también los medios de conocer, pisar tierra, y ojalá, activar más acciones positivas.

María emilia salto bebasalto@hotmail.com

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