Atado con alambre
Sin proponérselo, el jefe de Gabinete del gobierno kirchnerista, Aníbal Fernández, declaró muerto el “modelo” económico al afirmar que, si el gobierno levantara el cepo cambiario, “perderíamos las reservas en tres días”. Aunque el vocero más locuaz del oficialismo insiste en que “la Argentina y los argentinos tenemos una moneda fuerte”, a juzgar por su extraña forma de decirlo sabe muy bien que sólo se trata de una ilusión, puesto que sin el cepo el peso se desplomaría en una cuestión de horas. Comparte su diagnóstico Alejandro Vanoli. Según el presidente del Banco Central, lo que realmente quieren los contrarios al cepo es “una fuerte devaluación” que se vería seguida por el vaciamiento de las reservas. Dicho de otro modo, tanto Fernández como Vanoli entienden que la cotización del peso no depende de la marcha de la economía, la que claramente no está en condiciones de sostenerlo, sino de un conjunto de controles policiales, ya que es virtualmente nula la confianza de la gente en la gestión del cada vez más excéntrico Axel Kicillof. No es necesario ser financista para prever cómo terminará esta historia. A través de los años, el país se ha acostumbrado a que gobiernos de distinto tipo procuren minimizar la importancia de un atraso cambiario que está causando estragos en las economías regionales y depauperando a millones de familias, atribuyendo las presiones de los preocupados a especuladores deseosos de provocar un “golpe de mercado”, hasta que un buen día se imponga la realidad, con consecuencias nefastas para muchísimas personas. El gobierno de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner espera que la corrección –para emplear el eufemismo habitual cuando la moneda nacional se ve bajo ataque– se dé después de las elecciones presidenciales del 25 de octubre. Puede que tenga éxito en tal empresa, pero no cabe duda de que cuanto más se demore la hora de la verdad, mayor será el impacto de la devaluación previsible. Es por este motivo que, de levantarse las restricciones, miles de empresarios y ahorristas menores tomarían por asalto las casas de cambio para comprar dólares, de tal modo cumpliendo la profecía alarmista de Aníbal Fernández. Lo mismo que los funcionarios de muchos otros gobiernos anteriores, por un rato los del encabezado por Cristina parecieron convencidos de que, si se mantuvieran en sus trece, casi todos perderían interés en el dólar, pero, gracias a la franqueza insólita del jefe de Gabinete, es razonable suponer que hace tiempo se dieron cuenta de que el cepo y otras medidas sólo han servido para hacer aún más atractivo el billete norteamericano. Si les aguardaran algunos años más en el poder, los kirchneristas se sentirían obligados a adoptar una estrategia más pragmática, pero les queda menos de medio año, y por lo tanto se creen capaces de defender el esquema vigente para que el ganador de las elecciones se encargue del problema. Puesto que ningún candidato presidencial disfruta de la aprobación de Cristina, desde su punto de vista entregarle a su sucesor una bomba de tiempo armada para estallar en sus manos podría resultar beneficioso. Las perspectivas frente al país serían distintas si el gobierno saliente quisiera ayudar al siguiente, pero escasean los motivos para suponer que le interesa hacerlo. Puede que no se le haya ocurrido ensayar un “plan bomba” con el propósito de prepararse para un regreso triunfal, como dicen algunos opositores, y que a pesar de todo Cristina sinceramente crea que la política económica actual es la correcta, pero dadas las circunstancias es comprensible que muchos hayan atribuido la terquedad del gobierno a una estrategia maquiavélica. Sea como fuere, si “el modelo” es tan precario que sin el cepo las reservas se evaporarían en un lapso tan breve como el previsto por Aníbal Fernández, ello quiere decir que es urgente reemplazarlo por otro un tanto mejor. Sin embargo, por una cuestión de orgullo, Cristina y sus incondicionales se resisten a admitir que la política económica que durante años han reivindicado con pasión está llevando el país a una nueva crisis terminal, una que, si tenemos suerte, no resulte ser tan grave como la que estalló en diciembre del 2001, pero que así y todo amenaza con ser tan destructiva como muchas otras que la antecedieron.
Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 5.196.592 Director: Julio Rajneri Editor responsable: Guillermo Berto Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA Miércoles 5 de agosto de 2015
Sin proponérselo, el jefe de Gabinete del gobierno kirchnerista, Aníbal Fernández, declaró muerto el “modelo” económico al afirmar que, si el gobierno levantara el cepo cambiario, “perderíamos las reservas en tres días”. Aunque el vocero más locuaz del oficialismo insiste en que “la Argentina y los argentinos tenemos una moneda fuerte”, a juzgar por su extraña forma de decirlo sabe muy bien que sólo se trata de una ilusión, puesto que sin el cepo el peso se desplomaría en una cuestión de horas. Comparte su diagnóstico Alejandro Vanoli. Según el presidente del Banco Central, lo que realmente quieren los contrarios al cepo es “una fuerte devaluación” que se vería seguida por el vaciamiento de las reservas. Dicho de otro modo, tanto Fernández como Vanoli entienden que la cotización del peso no depende de la marcha de la economía, la que claramente no está en condiciones de sostenerlo, sino de un conjunto de controles policiales, ya que es virtualmente nula la confianza de la gente en la gestión del cada vez más excéntrico Axel Kicillof. No es necesario ser financista para prever cómo terminará esta historia. A través de los años, el país se ha acostumbrado a que gobiernos de distinto tipo procuren minimizar la importancia de un atraso cambiario que está causando estragos en las economías regionales y depauperando a millones de familias, atribuyendo las presiones de los preocupados a especuladores deseosos de provocar un “golpe de mercado”, hasta que un buen día se imponga la realidad, con consecuencias nefastas para muchísimas personas. El gobierno de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner espera que la corrección –para emplear el eufemismo habitual cuando la moneda nacional se ve bajo ataque– se dé después de las elecciones presidenciales del 25 de octubre. Puede que tenga éxito en tal empresa, pero no cabe duda de que cuanto más se demore la hora de la verdad, mayor será el impacto de la devaluación previsible. Es por este motivo que, de levantarse las restricciones, miles de empresarios y ahorristas menores tomarían por asalto las casas de cambio para comprar dólares, de tal modo cumpliendo la profecía alarmista de Aníbal Fernández. Lo mismo que los funcionarios de muchos otros gobiernos anteriores, por un rato los del encabezado por Cristina parecieron convencidos de que, si se mantuvieran en sus trece, casi todos perderían interés en el dólar, pero, gracias a la franqueza insólita del jefe de Gabinete, es razonable suponer que hace tiempo se dieron cuenta de que el cepo y otras medidas sólo han servido para hacer aún más atractivo el billete norteamericano. Si les aguardaran algunos años más en el poder, los kirchneristas se sentirían obligados a adoptar una estrategia más pragmática, pero les queda menos de medio año, y por lo tanto se creen capaces de defender el esquema vigente para que el ganador de las elecciones se encargue del problema. Puesto que ningún candidato presidencial disfruta de la aprobación de Cristina, desde su punto de vista entregarle a su sucesor una bomba de tiempo armada para estallar en sus manos podría resultar beneficioso. Las perspectivas frente al país serían distintas si el gobierno saliente quisiera ayudar al siguiente, pero escasean los motivos para suponer que le interesa hacerlo. Puede que no se le haya ocurrido ensayar un “plan bomba” con el propósito de prepararse para un regreso triunfal, como dicen algunos opositores, y que a pesar de todo Cristina sinceramente crea que la política económica actual es la correcta, pero dadas las circunstancias es comprensible que muchos hayan atribuido la terquedad del gobierno a una estrategia maquiavélica. Sea como fuere, si “el modelo” es tan precario que sin el cepo las reservas se evaporarían en un lapso tan breve como el previsto por Aníbal Fernández, ello quiere decir que es urgente reemplazarlo por otro un tanto mejor. Sin embargo, por una cuestión de orgullo, Cristina y sus incondicionales se resisten a admitir que la política económica que durante años han reivindicado con pasión está llevando el país a una nueva crisis terminal, una que, si tenemos suerte, no resulte ser tan grave como la que estalló en diciembre del 2001, pero que así y todo amenaza con ser tan destructiva como muchas otras que la antecedieron.
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