Barquinazos por venir

Redacción

Por Redacción

Como si el interminable drama griego no les diera motivos suficientes como para preocuparse, los encargados de asegurar que la economía internacional no sufra otra convulsión sistémica parecida a la del 2008 se ven ante una serie de desafíos tan peligrosos como el planteado por el miembro más díscolo de la Eurozona. En China, la bolsa acaba de perder la tercera parte de su valor al esfumarse en menos de un mes el equivalente de 2,5 billones de dólares, el 25% del producto bruto del gigante asiático. Puede que sólo sea cuestión de dinero virtual, pero así y todo es alarmante que haya tanta inestabilidad en los mercados de un país que según algunos está por erigirse en una superpotencia. De frenarse de golpe la locomotora china, lo que según los presuntos expertos es poco probable –antes del colapso del banco de inversión Lehman Brothers minimizaban el riesgo de que estallara la burbuja inmobiliaria norteamericana–, las consecuencias se harían sentir en todos los países del mundo, ya que las repercusiones serían mucho más fuertes que las ocasionadas por las tribulaciones de un país tan pequeño como Grecia. Otra fuente de inquietud se encuentra en Puerto Rico, un “Estado libre asociado” que depende de Estados Unidos, que hace un par de días se declaró en bancarrota sin que Washington se sintiera obligado a rescatarlo, como haría de tratarse de una ciudad en quiebra como Detroit. También podría hundirse en cualquier momento Ucrania, que está procurando impedir que Rusia se apodere de más pedazos de su territorio, mientras que, en América Latina, Venezuela se ha entregado a una orgía de autodestrucción, Brasil está en graves problemas y nuestro país, ya en default parcial, está encaminándose alegremente hacia una nueva crisis. El panorama frente a la economía mundial, pues, dista de ser promisorio. Demasiados países se endeudaron excesivamente por suponerse capaces de aprovechar el crédito fácil para desarrollarse con rapidez, sólo para descubrir que hacerlo no sería tan sencillo como sus dirigentes políticos habían creído. Por desgracia, para que un “modelo” económico siga siendo viable es necesario cambiar muchas cosas –leyes laborales, el régimen impositivo, el nivel educativo de la población, el clima de negocios y así por el estilo– pero, por razones comprensibles, los esfuerzos por impulsar reformas se ven resistidos por los muchos que preferirían conservar el statu quo al cual se habían acostumbrado. Es lo que ha sucedido en Grecia y en muchos otros países, entre ellos la Argentina, donde conservadores apegados al orden ya tradicional manejan con fluidez envidiable el lenguaje del progresismo de anteayer, oponiéndose a medidas que, en teoría por lo menos, deberían permitir a sus países respectivos emular a los considerados avanzados. No cabe duda de que el canto de sirena de los enemigos jurados de “la austeridad” –o sea, de los intentos, por lo común tardíos, de vivir de acuerdo con los recursos disponibles– es mucho más seductor que el de quienes subrayan la importancia de la disciplina fiscal, pero aquellas sociedades que se dejen convencer por la prédica de quienes dicen que es inútil prestar atención a los números suelen caer esporádicamente en crisis inmanejables, como las que con tanta frecuencia han frustrado las esperanzas de nuestros populistas. No sólo Estados Unidos sino también China, el Reino Unido y, luego de una demora de varios años, la Unión Europea a través del Banco Central, reaccionaron frente al cataclismo del 2008 con programas de “facilitación cuantitativa”, el eufemismo que fue elegido para la creación ex-nihilo de un monto fenomenal de dinero. Parecería que en los países más desarrollados la estrategia ha funcionado, puesto que por ahora no se ha producido el estallido inflacionario que algunos escépticos previeron, pero en otros el tsunami de dinero barato sólo posibilitó un período limitado de crecimiento que ya ha llegado a su fin. Aunque Grecia ha sido el más golpeado por el abrupto cambio de expectativas, no es el único país en que una etapa de expansión “a tasas chinas” resultó ser meramente pasajera. A menos que tengamos mucha suerte, a la Argentina le aguardan a lo mejor, años de estanflación, a lo peor, crisis equiparables a tantas otras del pasado reciente, aunque las perspectivas ante la economía nacional son menos angustiantes que las enfrentadas por la venezolana.

Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 5.196.592 Director: Julio Rajneri Editor responsable: Guillermo Berto Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA Viernes 10 de julio de 2015


Como si el interminable drama griego no les diera motivos suficientes como para preocuparse, los encargados de asegurar que la economía internacional no sufra otra convulsión sistémica parecida a la del 2008 se ven ante una serie de desafíos tan peligrosos como el planteado por el miembro más díscolo de la Eurozona. En China, la bolsa acaba de perder la tercera parte de su valor al esfumarse en menos de un mes el equivalente de 2,5 billones de dólares, el 25% del producto bruto del gigante asiático. Puede que sólo sea cuestión de dinero virtual, pero así y todo es alarmante que haya tanta inestabilidad en los mercados de un país que según algunos está por erigirse en una superpotencia. De frenarse de golpe la locomotora china, lo que según los presuntos expertos es poco probable –antes del colapso del banco de inversión Lehman Brothers minimizaban el riesgo de que estallara la burbuja inmobiliaria norteamericana–, las consecuencias se harían sentir en todos los países del mundo, ya que las repercusiones serían mucho más fuertes que las ocasionadas por las tribulaciones de un país tan pequeño como Grecia. Otra fuente de inquietud se encuentra en Puerto Rico, un “Estado libre asociado” que depende de Estados Unidos, que hace un par de días se declaró en bancarrota sin que Washington se sintiera obligado a rescatarlo, como haría de tratarse de una ciudad en quiebra como Detroit. También podría hundirse en cualquier momento Ucrania, que está procurando impedir que Rusia se apodere de más pedazos de su territorio, mientras que, en América Latina, Venezuela se ha entregado a una orgía de autodestrucción, Brasil está en graves problemas y nuestro país, ya en default parcial, está encaminándose alegremente hacia una nueva crisis. El panorama frente a la economía mundial, pues, dista de ser promisorio. Demasiados países se endeudaron excesivamente por suponerse capaces de aprovechar el crédito fácil para desarrollarse con rapidez, sólo para descubrir que hacerlo no sería tan sencillo como sus dirigentes políticos habían creído. Por desgracia, para que un “modelo” económico siga siendo viable es necesario cambiar muchas cosas –leyes laborales, el régimen impositivo, el nivel educativo de la población, el clima de negocios y así por el estilo– pero, por razones comprensibles, los esfuerzos por impulsar reformas se ven resistidos por los muchos que preferirían conservar el statu quo al cual se habían acostumbrado. Es lo que ha sucedido en Grecia y en muchos otros países, entre ellos la Argentina, donde conservadores apegados al orden ya tradicional manejan con fluidez envidiable el lenguaje del progresismo de anteayer, oponiéndose a medidas que, en teoría por lo menos, deberían permitir a sus países respectivos emular a los considerados avanzados. No cabe duda de que el canto de sirena de los enemigos jurados de “la austeridad” –o sea, de los intentos, por lo común tardíos, de vivir de acuerdo con los recursos disponibles– es mucho más seductor que el de quienes subrayan la importancia de la disciplina fiscal, pero aquellas sociedades que se dejen convencer por la prédica de quienes dicen que es inútil prestar atención a los números suelen caer esporádicamente en crisis inmanejables, como las que con tanta frecuencia han frustrado las esperanzas de nuestros populistas. No sólo Estados Unidos sino también China, el Reino Unido y, luego de una demora de varios años, la Unión Europea a través del Banco Central, reaccionaron frente al cataclismo del 2008 con programas de “facilitación cuantitativa”, el eufemismo que fue elegido para la creación ex-nihilo de un monto fenomenal de dinero. Parecería que en los países más desarrollados la estrategia ha funcionado, puesto que por ahora no se ha producido el estallido inflacionario que algunos escépticos previeron, pero en otros el tsunami de dinero barato sólo posibilitó un período limitado de crecimiento que ya ha llegado a su fin. Aunque Grecia ha sido el más golpeado por el abrupto cambio de expectativas, no es el único país en que una etapa de expansión “a tasas chinas” resultó ser meramente pasajera. A menos que tengamos mucha suerte, a la Argentina le aguardan a lo mejor, años de estanflación, a lo peor, crisis equiparables a tantas otras del pasado reciente, aunque las perspectivas ante la economía nacional son menos angustiantes que las enfrentadas por la venezolana.

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