Borrón y cuenta nueva

Redacción

Por Redacción

Lo mismo que los jacobinos franceses con su calendario “republicano” y los genocidas camboyanos de los Jemeres Rojos, que luego de declarar abolido el pasado hicieron de 1975 el “año cero”, muchos gobernantes nuestros han querido creerse protagonistas del inicio de la auténtica historia nacional. Los militares que en 1976 se apoderaron del país se imaginaban fundadores de una nueva república que, nos aseguraban, sería más racional, más equitativa e incluso más democrática que la versión caóticamente populista que habían derrocado. No serían los últimos en pensar así. Aunque aquellos radicales que fantaseaban con un “tercer movimiento histórico” no querían comenzar absolutamente todo de nuevo, sí esperaban consignar al olvido los períodos a su juicio menos aceptables del pasado reciente, saltando por encima de ellos para reconectarse con Hipólito Yrigoyen y, en cierto modo, Juan Domingo Perón, mientras que la presidenta Cristina Fernández de Kirchner acaba de informarnos que “la independencia en serio” data de mayo del 2003, o sea del día en el que Néstor Kirchner sucedió a Eduardo Duhalde como jefe de Estado. Parecería que, en su opinión, los casi dos siglos que transcurrieron entre 1816 y la nueva fecha patria sólo sirvieron para prepararnos para el gran acontecimiento. Tales pretensiones no importarían mucho si sólo fuera cuestión de síntomas de megalomanía, una enfermedad que afecta a muchos políticos, pero sucede que también refleja cierta incapacidad para enfrentar la realidad. Fracasaron el “Proceso” militar y, si bien por suerte de manera menos desastrosa, el cambio que fue propuesto por el gobierno del presidente Raúl Alfonsín y es más que probable que el destino que le aguarda al “proyecto” kirchnerista resulte igualmente decepcionante; tal y como están las cosas, el próximo diciembre la Argentina se encontrará frente a otra crisis socioeconómica fenomenal atribuible a la negativa del gobierno a intentar frenar la inflación cuando podía hacerlo sin emprender un ajuste feroz o desistir de continuar aumentando el gasto público por motivos proselitistas. En los tres casos citados, y en otros similares, la voluntad explícita del gobierno de hacer borrón y cuenta nueva, como si fuera posible romper netamente con el pasado colectivo, hacía prever que sus esfuerzos resultarían vanos, cuando no contraproducentes, por basarse en la negativa a tomar en cuenta el país que efectivamente existía. Siempre es escapista tratar el pasado como una aberración circunstancial, para entonces ponerse a gobernar una sociedad en buena medida ficticia, pero parecería que para muchos es irresistible la tentación de pensar así y de obrar en consecuencia. Tal actitud puede atribuirse a la conciencia de que, en un país en que abundan problemas gravísimos que no podrían solucionarse con facilidad, uno en que, para colmo, los comprometidos con intereses creados saben defenderse contra los dispuestos a impulsar cambios significantes, amplios sectores de la población prefieren que los dirigentes políticos les digan mentiras piadosas en lugar de verdades sumamente ingratas. A diferencia de los funcionarios o voceros informales de otros gobiernos, los del kirchnerista a menudo han brindado la impresión de entender muy bien que es tenue la relación con la realidad de la propaganda oficial, que “el relato” es una expresión de deseos que difunden no porque lo crean verosímil sino porque los ayuda a seducir y cohesionar a quienes podrían apoyarlo. En este ámbito por lo menos, sí son realistas. Con todo, es llamativo que ni siquiera los militares se animaran a manipular las estadísticas económicas con tanta desfachatez como han hecho los kirchneristas, los que, sin sonrojarse, “reformaron” el Indec para convertirlo en una usina de falsedades, una iniciativa emblemática que pronto motivarían protestas internas e internacionales y que, por cierto, no ayudó a atraer más inversiones. Asimismo, es de suponer que a esta altura la mayoría de los oficialistas sabe que “la democratización” es sólo un pretexto para hacer menos escandalosa la ofensiva cada vez más vigorosa que ha emprendido Cristina en contra del “partido judicial”, con miras a frustrar a los decididos a investigar en serio los centenares de denuncias de corrupción que se han formulado en los años últimos.

Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 5.196.592 Director: Julio Rajneri Editor responsable: Guillermo Berto Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA Jueves 16 de julio de 2015


Lo mismo que los jacobinos franceses con su calendario “republicano” y los genocidas camboyanos de los Jemeres Rojos, que luego de declarar abolido el pasado hicieron de 1975 el “año cero”, muchos gobernantes nuestros han querido creerse protagonistas del inicio de la auténtica historia nacional. Los militares que en 1976 se apoderaron del país se imaginaban fundadores de una nueva república que, nos aseguraban, sería más racional, más equitativa e incluso más democrática que la versión caóticamente populista que habían derrocado. No serían los últimos en pensar así. Aunque aquellos radicales que fantaseaban con un “tercer movimiento histórico” no querían comenzar absolutamente todo de nuevo, sí esperaban consignar al olvido los períodos a su juicio menos aceptables del pasado reciente, saltando por encima de ellos para reconectarse con Hipólito Yrigoyen y, en cierto modo, Juan Domingo Perón, mientras que la presidenta Cristina Fernández de Kirchner acaba de informarnos que “la independencia en serio” data de mayo del 2003, o sea del día en el que Néstor Kirchner sucedió a Eduardo Duhalde como jefe de Estado. Parecería que, en su opinión, los casi dos siglos que transcurrieron entre 1816 y la nueva fecha patria sólo sirvieron para prepararnos para el gran acontecimiento. Tales pretensiones no importarían mucho si sólo fuera cuestión de síntomas de megalomanía, una enfermedad que afecta a muchos políticos, pero sucede que también refleja cierta incapacidad para enfrentar la realidad. Fracasaron el “Proceso” militar y, si bien por suerte de manera menos desastrosa, el cambio que fue propuesto por el gobierno del presidente Raúl Alfonsín y es más que probable que el destino que le aguarda al “proyecto” kirchnerista resulte igualmente decepcionante; tal y como están las cosas, el próximo diciembre la Argentina se encontrará frente a otra crisis socioeconómica fenomenal atribuible a la negativa del gobierno a intentar frenar la inflación cuando podía hacerlo sin emprender un ajuste feroz o desistir de continuar aumentando el gasto público por motivos proselitistas. En los tres casos citados, y en otros similares, la voluntad explícita del gobierno de hacer borrón y cuenta nueva, como si fuera posible romper netamente con el pasado colectivo, hacía prever que sus esfuerzos resultarían vanos, cuando no contraproducentes, por basarse en la negativa a tomar en cuenta el país que efectivamente existía. Siempre es escapista tratar el pasado como una aberración circunstancial, para entonces ponerse a gobernar una sociedad en buena medida ficticia, pero parecería que para muchos es irresistible la tentación de pensar así y de obrar en consecuencia. Tal actitud puede atribuirse a la conciencia de que, en un país en que abundan problemas gravísimos que no podrían solucionarse con facilidad, uno en que, para colmo, los comprometidos con intereses creados saben defenderse contra los dispuestos a impulsar cambios significantes, amplios sectores de la población prefieren que los dirigentes políticos les digan mentiras piadosas en lugar de verdades sumamente ingratas. A diferencia de los funcionarios o voceros informales de otros gobiernos, los del kirchnerista a menudo han brindado la impresión de entender muy bien que es tenue la relación con la realidad de la propaganda oficial, que “el relato” es una expresión de deseos que difunden no porque lo crean verosímil sino porque los ayuda a seducir y cohesionar a quienes podrían apoyarlo. En este ámbito por lo menos, sí son realistas. Con todo, es llamativo que ni siquiera los militares se animaran a manipular las estadísticas económicas con tanta desfachatez como han hecho los kirchneristas, los que, sin sonrojarse, “reformaron” el Indec para convertirlo en una usina de falsedades, una iniciativa emblemática que pronto motivarían protestas internas e internacionales y que, por cierto, no ayudó a atraer más inversiones. Asimismo, es de suponer que a esta altura la mayoría de los oficialistas sabe que “la democratización” es sólo un pretexto para hacer menos escandalosa la ofensiva cada vez más vigorosa que ha emprendido Cristina en contra del “partido judicial”, con miras a frustrar a los decididos a investigar en serio los centenares de denuncias de corrupción que se han formulado en los años últimos.

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