Cada vez más burros
MARCELO ANTONIO ANGRIMAN (*)
El informe PISA de la OCDE es, después de 13 años y cinco ediciones, la más conocida evaluación internacional sobre los resultados escolares de todo el mundo. Casi nadie discute la importancia de una colosal base de datos que contiene todo tipo de información acerca de cientos de miles de alumnos entre 15 años y tres meses y 16 años y dos meses a nivel mundial. En esta última prueba han participado 295.416 jóvenes de 65 países y regiones. Los responsables del estudio declaran que su objetivo no es descubrir si los alumnos conocen los contenidos de las asignaturas o las áreas de estudio, sino evaluar lo que saben hacer con lo que han aprendido, es decir, lo que han llamado destrezas en lectura, matemáticas y ciencias. Nuestro país se ubica ahora en el puesto 59 con 388 puntos, cayendo una posición respecto del 2009, el año del último informe. Cinco territorios asiáticos copan la parte alta del ranking estrictamente académico: Shanghai (613 puntos), Singapur, Hong Kong, Taiwán y Corea del Sur. El primero de los países latinoamericanos es Chile seguido de México, Uruguay, Costa Rica, Brasil y Argentina. En este sentido, siete de cada diez estudiantes argentinos no alcanzan conocimientos básicos en matemáticas. En la compresión de lectura el país sacó 396 puntos. Ello indica al decir del exministro Eduardo Llach: que “algo más del 50% de los alumnos argentinos no comprenden cabalmente lo que leen”. En Ciencia, a su vez, el PISA 2012 reveló que el 50% de los chicos se ubicó en el nivel 1 y por debajo de ese escalón mínimo. La educación no interesa En rigor de verdad, las cifras que arrojan el último informe de PISA no sorprenden, ya que mal puede competir quien no se prepara para ello. Al decir de Guillermo Jaim Etcheverry, en la Argentina “no existe un interés real por la educación”. Tal concepto es reafirmado por Gabriela Ramos, directora de la OCDE al afirmar: “Desafortunadamente América Latina es un continente cuyo desempeño es decepcionante porque son países con renta media, en su mayoría emergentes, que están muy insertados en la economía global; sin embargo, no demuestran haber puesto la educación como uno de los elementos más importantes de construcción nacional”. Mientras que en Finlandia, el descenso en la calificación del informe, se evaluó como una catástrofe y en el mismísimo Uruguay, el presidente Mujica lo ha considerado un grave problema; el ministro de Educación, Eduardo Sileoni, sólo ha atinado a consolarse por el magro desempeño de países vecinos para luego, ante la evidencia, tener que responsabilizarse ante la prensa. Sin embargo, Brasil y México están entre los seis países cuyos alumnos han mejorado en matemáticas ininterrumpidamente, año tras año, desde el 2003. De hecho, el gigante sudamericano ha sido el que ha tenido una mejora más sustancial en los últimos diez años, avance que también se percibió en ciencias y lectura. El secreto según la OCDE residió en que el clima disciplinario en las escuelas del Brasil fue mejor en el 2012 que en 2003, y las escuelas fueron capaces de retener a profesores cualificados más fácilmente. Por su parte, el nuevo gobierno mexicano se ha planteado la “normalidad mínima” como objetivo: que haya clase todos los días, los materiales necesarios, que asistan alumnos y maestros, padres comprometidos con el aprendizaje de sus hijos y un clima escolar que permita enseñar y aprender. Es que más allá de la aplicación del conocimiento de nuestros jóvenes –tema preocupante por cierto– deberíamos preguntarnos cuáles son las bases estructurales en las que se cimenta nuestra educación actual. Es allí donde afloran flaquezas de todo tipo –en cuestiones actitudinales básicas– de las cuales la escuela nunca debió abdicar. En mi humilde entender, éstas son: Falta de estímulo a la superación: la educación se ha empecinado en igualar para abajo. No hay estímulos para el que estudia, para el que no falta a clases. Por el contrario, el facilismo ha arrasado con el más elemental sentido del esfuerzo. Valorar la importancia de la formación: una de las claves de los buenos resultados de Shanghai o Singapur “es que la mayoría de los niños ha interiorizado que su rendimiento en la escuela tendrá mucha influencia en el futuro”. El informe sostiene que “mimar a los estudiantes que tienen mejor rendimiento y tratar de mejorar los rendimientos bajos no son cosas mutuamente excluyentes”. Valorar el costo de la educación: por cada alumno que concurre a una escuela pública hay una persona que paga sus impuestos. Es un pecado pensar que da lo mismo que un alumno vaya o no a clase. A los evaluados se les preguntó cuántos días habían faltado a la escuela en las últimas dos semanas. Los argentinos fueron los que no asistieron más cantidad de días. Nuestras aulas resultaron ser las más desordenadas. Ausentismo y capacitación docente: sostiene Gustavo Iaies que no existe un indicador consolidado de ausentismo docente, pero el Observatorio de la Educación Básica, en el 2011, midió las “horas libres” en una muestra representativa de segundos años de todo el país. Sólo el 22% de las aulas de escuelas estatales había tenido todas las horas de clase en la semana de la encuesta. Nadie aprende en una escuela anómica. La presencia y calidad del docente es determinante en la calidad de aprendizaje del alumno. Acuerdo de padres-docentes: se debe recuperar el pacto padres docentes, sinergia imprescindible a la hora de la formación que nace en la casa y se consolida en la escuela. Es necesario, a partir de tal acuerdo, reafirmar la autoridad del educador y apuntalar su tarea. Interesar a los jóvenes Con la excepción de la Argentina, los estudiantes latinoamericanos de secundaria son mucho más felices en la escuela que la media. Éste parece ser otro dato no menor. Los jóvenes son interesables en la medida en que se les dé protagonismo, se les preste atención y no se los subestime. Mientras no se llegue a la sensibilidad del joven, a entenderlo como constructor de su propio futuro, a acompañar y premiar sus logros, será difícil esperar un salto de calidad en sus vidas. No olvidemos que estos mismos jóvenes son aquellos que en julio pasado dieron muestra de una conmovedora prueba de esperanza cuando el papa visitó Río de Janeiro. Francisco –uno de los pocos casos de ejemplaridad en quienes los jóvenes confían– en aquella oportunidad, sencillamente les dijo: “No hay una verdadera promoción del bien común, ni un verdadero desarrollo del hombre, cuando se ignoran los pilares fundamentales que sostienen una nación, sus bienes inmateriales: la vida, que es un don de Dios, un valor que siempre se ha de tutelar y promover; la familia, fundamento de la convivencia y remedio contra la desintegración social y la educación integral, que no se reduce a una simple transmisión de información con el objetivo de obtener ganancias…”. (*) Abogado y profesor nacional de Educación Física. marceloangriman@ciudad.com.ar
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